jueves, 1 de agosto de 2013

Rarely, rarely comest thou



Un calor sofocante y una situación que sobrellevo gracias a los viejos consejos de A. Y aún faltan horas para que pueda coger un vuelo y enfrentarme a un panorama mucho más difícil. La muerte natural me produce en este caso una desazón mucho mayor que esta brutal violencia que arranca arbitrariamente la vida. La tensión se libera durante el sueño. Anoto sonámbulo las frases:

"El cielo está demasiado bajo para las águilas" / "Un sable de arena corta la cabeza, se desintegra en el aire, se camufla entre las dunas disfrazado de inocente montón de arena. Desaparecido el corpus delicti, no hay pena"/ "Rarely, rarely, spirit of delight" / "Haz que respeten la vida de ese mendigo y yo cumpliré mi palabra".

Luego me vuelvo a tumbar sobre las sábanas, empapado en sudor.

***

Pero soy una víctima incorregible del optimismo y me entran ataques de risa cuando bajo la guardia.

Según Scholem, me cuenta muy serio, el primer estadio de la religión es el mítico. Mítico, no místico, subraya. El mundo está lleno de dioses, la naturaleza es el escenario de la relación entre los hombres y Dios, y aún no se ha destruido la armonía entre Adonai, nosotros y el universo. Luego llega la ruptura, el extrañamiento, la dualidad insalvable. Es el segundo estadio; ahí es cuando aparecen el Texto y la oración. Adonai ya no se puede comunicar con nosotros más que a través de su voz, de la revelación, y nosotros sólo podemos atravesar el abismo a través de nuestra voz, de la oración. El drama ya no se desarrolla en la naturaleza, sino en la historia. Y luego el tercer estadio: el misticismo, la Cábala. La fuente del conocimiento no puede brotar sólo del Texto, sino del propio corazón. Es, sigue sin perder la compostura, como si la Revelación no se hubiese dado en un solo acto, allí en el Sinaí, sino que tuviera que reproducirse una y otra vez, en cada hombre. A veces los visionarios se las apañan para no entrar en conflicto con la religión institucionalizada. Mira Isaac el Ciego, quien por cierto era sefardí. Pero otras veces la cosa acaba como el rosario de la aurora.

Lo que cuenta me interesa, pero no puedo dejar de reír. Sí, le contesto: como acabó Shabtai Tzví. ¿Pero adónde quieres ir a parar con todo esto? Se queda mirándome muy fijamente, como si esperase desde el comienzo esta pregunta.

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En este hotel indistinguible de tantos otros, junto a esta terraza del octavo piso por donde entra el rescoldo del último sol, la excitación de oír pronunciar tu nombre una y otra vez entre un montón de palabras de otro idioma. Palabras cuyo significado exacto desconoces pero que transportan, secreto como el flujo de vida que esos visionarios sentían palpitar bajo la corteza de lo literal, el deseo.