domingo, 11 de agosto de 2013

Destellos en un cristal quebrado

 
 
Me crié en la trinchera equivocada. Las primeras palabras que oí sobre los cheyenne son las que pronuncia el teniente de caballería al comienzo de La legión invencible. Corre el año 1876 y los cheyenne, en una alianza excepcional con varias tribus sioux, han masacrado a las tropas de Custer en Little Big Horn. El teniente presenta al capitán Brittles como prueba de la implicación cheyenne una flecha a franjas amarillas, rojas y blancas. Es igual que las que usan los Bannock y los Sneak, pero lleva tallado el símbolo de los guerreros-perro. Brittles concede: entonces no hay duda, son cheyenne del sur. Me hice el firme propósito de no olvidar jamás estos detalles, por si en algún momento dependiera de ellos mi vida. Nunca he tenido que echar mano de mis dispersos y estrambóticos conocimientos sobre la tribu para salvar la vida en un desfiladero, tal y como imaginaba que sin duda algún día sucedería cuando tenía siete años, pero no los he olvidado.
 
Años después, me han servido para dormir a otro niño que tampoco tenía interés por las generalidades, sino por los detalles, cuanto más precisos mejor. Por ejemplo, por cómo Maheo hizo cargar a la Madre Tortuga con un puñado de barro sobre su caparazón. ¿Y el barro? Y el barro se convirtió en colina, y de la colina brotaron la hierba y los árboles. Cómo Dull Knife mató al gran grizzly hundiéndole un cuchillo sin afilar hasta el corazón. ¿Pero dónde vio Dull Knife al oso? Fue en un campo de fresas salvajes, en el condado de Rosebud. Cómo escaparon los ciento cincuenta una noche de invierno de Fort Robinson y murieron a decenas en el valle del Río Blanco. ¿Por qué? Porque sus aguas son del color de la ceniza. Cómo Little Wolf avanzó hacia el norte para regresar al viejo territorio de Montana y fue interceptado por un capitán al que le unía cierta amistad. ¿Qué capitán? William Philo Clark, que conocía el lenguaje de signos de las tribus indias. Cómo Roman Nose, uno de los jefes de los guerreros-perro, murió en la batalla de Beecher Islands por haber violado el precepto del hombre medicina. ¿Qué precepto? No comer nada que hubiera tocado el hierro. ¿Y por qué lo comió? No lo sabía: fue culpa de la cocinera sioux. Que quería que muriera. No, que no sabía nada de aquellas instrucciones. Y por esta noche basta. Duérmase.
 
Salgo de la habitación y rebusco hasta encontrarla: “No me diga que la luna brilla. Muéstreme el destello de la luz en un cristal quebrado” (Anton Chejov).