jueves, 22 de agosto de 2013

Altos de Celadas

 
 
En ese otero desde donde se divisan Cella al oeste y Teruel a lo lejos y el viento sopla con tal fuerza que duelen los oídos. Todos llevan un velo leve, una especie de gasa como la que cubre las estatuas de Corradini. En la retaguardia, un soga de cabalgaduras extrañas, parecidas a onagros, carga con los bultos. Debo entrecerrar los ojos para confirmar quién se oculta tras ese esfumado, el hombre alto que avanza a grandes zancadas, el que marcha en cabeza mientras me hace una breve seña con la mano. Román, le digo, qué bien volver a verte (hacía tiempo que le daba por pasto de un sombrío festín). Otro gesto casi imperceptible muestra que comprende, aunque no pueda responder. Quiénes son, grito contra el viento, quiénes son esos que van contigo. Y esos animales, qué son. De sus pulmones viejos brotan sonidos tan tenues que sólo alcanzo a escuchar dos palabras: "Trincheras". "Encebros".
 
El sueño me ha devuelto a ese verano invertido en rescatar los nombres arrojados a los pozos de Caudé, en pasear por el muladar del tiempo. Calle de San Francisco, al otro lado del Turia, siguiendo los pasos al cojo Cora. El cojo se sentó en una terraza y el camarero sirvió un Campari y un plato de esas aceitunas negras, prietas y arrugadas que da la tierra. Todo un trago de Campari dudé si debía interrumpirle y preguntarle si alguna vez pensaba en la familia de los colorados de Cella o si aquella sombra encorvada y consumida por los años que sorbía el líquido rojo entre bramidos nasales ya no se reconocería en el hombre que fue.