jueves, 22 de agosto de 2013

Altos de Celadas

 
 
En ese otero desde donde se divisan Cella al oeste y Teruel a lo lejos y el viento sopla con tal fuerza que duelen los oídos. Todos llevan un velo leve, una especie de gasa como la que cubre las estatuas de Corradini. En la retaguardia, un soga de cabalgaduras extrañas, parecidas a onagros, carga con los bultos. Debo entrecerrar los ojos para confirmar quién se oculta tras ese esfumado, el hombre alto que avanza a grandes zancadas, el que marcha en cabeza mientras me hace una breve seña con la mano. Román, le digo, qué bien volver a verte (hacía tiempo que le daba por pasto de un sombrío festín). Otro gesto casi imperceptible muestra que comprende, aunque no pueda responder. Quiénes son, grito contra el viento, quiénes son esos que van contigo. Y esos animales, qué son. De sus pulmones viejos brotan sonidos tan tenues que sólo alcanzo a escuchar dos palabras: "Trincheras". "Encebros".
 
El sueño me ha devuelto a ese verano invertido en rescatar los nombres arrojados a los pozos de Caudé, en pasear por el muladar del tiempo. Calle de San Francisco, al otro lado del Turia, siguiendo los pasos al cojo Cora. El cojo se sentó en una terraza y el camarero sirvió un Campari y un plato de esas aceitunas negras, prietas y arrugadas que da la tierra. Todo un trago de Campari dudé si debía interrumpirle y preguntarle si alguna vez pensaba en la familia de los colorados de Cella o si aquella sombra encorvada y consumida por los años que sorbía el líquido rojo entre bramidos nasales ya no se reconocería en el hombre que fue.

lunes, 19 de agosto de 2013

Mene mene tekel u'farsin

Detalle: Mene mene tekel u'farsin (Rembrandt)
 
(...) Pero hay una segunda razón, al menos tan poderosa, y es la determinación, llamémosla así, con que se ha actuado hacia los judíos, fueran éstos ortodoxos o no, practicantes o no. Los marranos españoles (por no remontarnos a las víctimas de progromos más lejanos) llevaban la marca de David por mucho que sacudieran las alfombras en viernes, comieran cerdo a dos carrillos en público y demás alharacas para sosegar a sus vecinos. En la Alemania del año 35, un cuarto de “sangre judía” bastaba para que cayese sobre ti todo el peso de las leyes de Núremberg, aunque tus antepasados se hubieran convertido al protestantismo hace un siglo y tú hubieras sido bautizado en la mismísima catedral de Bonn. Los gobiernos colaboracionistas tampoco hicieron distingos entre los llamados “judíos cristianos” y los que acudían a la shul cada Shabat, ni entre asimilados y jasídicos. Esta “condena de sangre” se percibe incluso hoy en cuanto en una conversación en principio distendida sobre el conflicto palestino alguien descubre o tú haces explícita tu filiación. Tus argumentos pasan a valer un pimiento, y poco importa que haya judíos antisionistas, sionistas gentiles y judíos que defendemos la solución de los dos Estados, o que el interlocutor en cuestión (que suele ignorar supinamente los detalles de la historia del pueblo de Israel, los vericuetos de las decenas de negociaciones fracasadas o la infinita gama de grises de la política judía) no sepa más que marear cuatro ideas enlatadas y te muevan a risa (o a indignación, según el temple del día) los consabidos prejuicios paranoicos sobre nuestra omnipotencia. La condición judía se nos impone por encima de nuestra nacionalidad y de nuestra ideología.
 
Así que cómo quieres que no sea en efecto, antes que cuatrocaminero y madrileño por nacimiento, belga por la crianza que Bruselas me dio, chicaguense por agradecimiento, ginebrino por adopción, piel roja por sentimentalismo, romano por vocación y apátrida por ideología, por encima de todo judío. Y lo seré tanto más cuanto más difíciles (mene mene tekel u'farsin) sean nuestras circunstancias. Porque así se encargarán de decírmelo desde fuera y porque así lo deseo por dentro.

Un abrazo cordial,
L.A.

viernes, 16 de agosto de 2013

Saetilla



1991. Cuando no era más que un joven con muy poca experiencia en el terreno y él rondaba ya unos espléndidos 70, le preguntó qué es lo que le había llevado a invertir su mucha capacidad en defender a nazis y terroristas islámicos. Cómo a un hombre tan dotado no le había traicionado el estómago delante de un tipo como Barbie o como George Ibrahim Abdalá. Era una pregunta muy ingenua que se hubiera abstenido de hacer años más tarde. Murió ayer y no puede lamentar su muerte, pero sí que el hálito de aristocracia y prestigio que le rodeaba les acompañara hasta las cloacas de Lyon y Lannemezan.

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No sé si es peor el calor húmedo de T. o esta caldera que es DB. Por la noche me mantengo despierto hasta que compruebo que se ha dormido. Pero por la mañana no logro despertar más allá de las nueve. Combato el cansancio acumulado del viaje africano, de las horas de conducción hasta aquí y de la falta de sueño con tazas de café negro y la lectura del libro de Scholem, con el que me hice nada más aterrizar en Madrid. Qué le llevaría a instalarse en este pueblo, me pregunto. Pero si desplazo el telescopio hacia mi propia vida veo cuánto me parezco a él. Distintas aficiones y quehaceres, pero idéntica pasión por las causas perdidas y los muñecos rotos.

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Gusta de montar en su cabeza complejas estrategias y fantasear sobre las consecuencias en sus destinatarios. Estos días anda en alguna de ellas. Me l@ figuro en un enloquecido diálogo mental, ponderando riesgos, regocijándose ante hipotéticos triunfos, sufriendo cuando entrevé la posibilidad de una derrota bajo el signo de la indiferencia o la chanza. "Hay muchas personas obsesionadas con la pureza / pero que, por más que se pasen la vida barriendo / jamás llegarán a vaciar su mente" (Keizan Zenji, Denkoroku - Crónicas de la transmisión de la luz). Como esa pobre gente que habla consigo misma por la calle, y cuyos gestos inconscientes, ora el ceño fruncido de la contrariedad, ora la media sonrisa de la venganza satisfecha, delatan que en ese momento, contra lo que parece, no están solos, sino acompañados de una legión de aliados y enemigos imaginarios.
 
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He soñado en un reloj cuyas manecillas corrían en sentido contrario al habitual. No es difícil de interpretar: en el propio sueño, razonaba que las agujas que se desplazan hacia la derecha invitan a pensar en un tiempo que correrá por siempre, mucho después de que nosotros andemos a saber dónde, mientras que la saetilla soñada está marcando una cuenta atrás. Mientras nos aproximamos a la casilla de llegada, paso los días contándole proyectos y haciéndole reír, única forma de que el miedo no nos raspe el alma.
 
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Hay dos escritores contemporáneos, aunque muertos, de los que debo alejarme si no quiero terminar garabateando a su manera, Max Sebald y Henri Michaux. De Michaux traduzco estos días, contraviniendo el consejo, fragmentos de Face aux verrous:
 
"El rostro del transeúnte desconocido que me salió al paso era tan triste, que en el tiempo que tardó en recorrer los pocos metros que nos separaban grabó en el mío arrugas profundas, ... duras arrugas apoyadas en toda su desconsolada miseria de las que ya no he podido deshacerme.
 
Desde entonces, modelada a mi pesar por la cicatriz de este pasado terrible, mi vida ha cambiado, transcurre entre compañías hastiadas y miserables, inmerso en dramas abrumadores que no me estaban destinados donde me hundo o me pierdo... todo a causa de haberme dejado sorprender un día en la calle por un rostro afectado del más profundo de los dolores".

martes, 13 de agosto de 2013

Resistencia


L. está leyendo La resistencia, de Sábato. Me muerdo la lengua, recuerdo que también yo a esas edades escuchaba a Paco Ibáñez, leía a los patafísicos y tenía en mi cuarto un cartel con Lenin y Trotski atravesando la Plaza Roja, y la conversación discurre por las posibles formas de resistencia en el mundo excedentario. Le hablo de P.O. como el ejemplo más reciente de resistencia que conozco.

P.O. lo perdió todo hace tres años, después de dirigir durante doce temporadas una compañía especializada casi exclusivamente en textos cervantinos. El verano pasado improvisé una visita a Almagro y quedé impresionado por su versión de El licenciado Vidriera. Luego, un buen día, empezaron a llover requerimientos municipales. P.O. es un hombre extremadamente tímido y poco amigo del pasilleo. No quiso llamar a ninguna puerta y la compañía quebró, llevándose por delante su exiguo patrimonio personal. Era la crónica de una muerte anunciada. En el mercado de los clásicos sobrevivieron los de siempre, los paniaguados, aquellos a los que nunca parecen llegar los requerimientos, o los que los sortean sin necesidad de apoquinar un duro o soltando parte de los que les llegan en forma de subvenciones. Y P.O. se retiró a vivir a un pueblo de la sierra norte de Madrid.
 
El azar quiso que conociera a uno de los actores colombianos que habían trabajado con él. Me proporcionó el contacto y le invité a cenar. Hice lo imposible por embarcarle en un proyecto que sin él me parecía complicado sacar adelante. Pero insistía en que no quería volver al teatro. Su pasión de tantos años se había desvanecido. Dedicaba sus horas a pintar y pasear, tallar extrañas formas en las raíces que recogía en los bosques de Cuelgamuros, leer poco, pensar mucho. ¿Vas a dejarles que ganen la batalla?, le pregunté. La respuesta fue un largo silencio. Callado frente al plato con la mirada perdida, el tenedor olvidado en vertical sobre un trozo de carne, el ruido de cubiertos y el rumor quedo de las conversaciones a nuestro alrededor pronunciando aún más si cabe su aislamiento. Mientras esperaba respetuoso a que reflotara de su ensimismamiento, me pregunté qué habría sido de él de haber nacido en Nueva York, o incluso en Buenos Aires.
 
Seguí mi camino acompañado de una antigua ñaque también expulsada de las tablas. Me puse manos a la obra con Rinconete y Cortadillo. Hace unos días, cuando ya había acabado la faena, recibí en el correo su adaptación de dos de las novelas ejemplares, acompañada de un escueto: "Vale, vamos a ello". Tiré a la papelera mi miserable versión y volví a imaginármelo en otra ciudad: tanto talento y tanta energía echados por borda. ¿Qué estamos haciendo de este país? Le respondí también breve: "A por ello. Hasta en la cárcel, como el manco".

domingo, 11 de agosto de 2013

Destellos en un cristal quebrado

 
 
Me crié en la trinchera equivocada. Las primeras palabras que oí sobre los cheyenne son las que pronuncia el teniente de caballería al comienzo de La legión invencible. Corre el año 1876 y los cheyenne, en una alianza excepcional con varias tribus sioux, han masacrado a las tropas de Custer en Little Big Horn. El teniente presenta al capitán Brittles como prueba de la implicación cheyenne una flecha a franjas amarillas, rojas y blancas. Es igual que las que usan los Bannock y los Sneak, pero lleva tallado el símbolo de los guerreros-perro. Brittles concede: entonces no hay duda, son cheyenne del sur. Me hice el firme propósito de no olvidar jamás estos detalles, por si en algún momento dependiera de ellos mi vida. Nunca he tenido que echar mano de mis dispersos y estrambóticos conocimientos sobre la tribu para salvar la vida en un desfiladero, tal y como imaginaba que sin duda algún día sucedería cuando tenía siete años, pero no los he olvidado.
 
Años después, me han servido para dormir a otro niño que tampoco tenía interés por las generalidades, sino por los detalles, cuanto más precisos mejor. Por ejemplo, por cómo Maheo hizo cargar a la Madre Tortuga con un puñado de barro sobre su caparazón. ¿Y el barro? Y el barro se convirtió en colina, y de la colina brotaron la hierba y los árboles. Cómo Dull Knife mató al gran grizzly hundiéndole un cuchillo sin afilar hasta el corazón. ¿Pero dónde vio Dull Knife al oso? Fue en un campo de fresas salvajes, en el condado de Rosebud. Cómo escaparon los ciento cincuenta una noche de invierno de Fort Robinson y murieron a decenas en el valle del Río Blanco. ¿Por qué? Porque sus aguas son del color de la ceniza. Cómo Little Wolf avanzó hacia el norte para regresar al viejo territorio de Montana y fue interceptado por un capitán al que le unía cierta amistad. ¿Qué capitán? William Philo Clark, que conocía el lenguaje de signos de las tribus indias. Cómo Roman Nose, uno de los jefes de los guerreros-perro, murió en la batalla de Beecher Islands por haber violado el precepto del hombre medicina. ¿Qué precepto? No comer nada que hubiera tocado el hierro. ¿Y por qué lo comió? No lo sabía: fue culpa de la cocinera sioux. Que quería que muriera. No, que no sabía nada de aquellas instrucciones. Y por esta noche basta. Duérmase.
 
Salgo de la habitación y rebusco hasta encontrarla: “No me diga que la luna brilla. Muéstreme el destello de la luz en un cristal quebrado” (Anton Chejov).

jueves, 1 de agosto de 2013

Rarely, rarely comest thou



Un calor sofocante y una situación que sobrellevo gracias a los viejos consejos de A. Y aún faltan horas para que pueda coger un vuelo y enfrentarme a un panorama mucho más difícil. La muerte natural me produce en este caso una desazón mucho mayor que esta brutal violencia que arranca arbitrariamente la vida. La tensión se libera durante el sueño. Anoto sonámbulo las frases:

"El cielo está demasiado bajo para las águilas" / "Un sable de arena corta la cabeza, se desintegra en el aire, se camufla entre las dunas disfrazado de inocente montón de arena. Desaparecido el corpus delicti, no hay pena"/ "Rarely, rarely, spirit of delight" / "Haz que respeten la vida de ese mendigo y yo cumpliré mi palabra".

Luego me vuelvo a tumbar sobre las sábanas, empapado en sudor.

***

Pero soy una víctima incorregible del optimismo y me entran ataques de risa cuando bajo la guardia.

Según Scholem, me cuenta muy serio, el primer estadio de la religión es el mítico. Mítico, no místico, subraya. El mundo está lleno de dioses, la naturaleza es el escenario de la relación entre los hombres y Dios, y aún no se ha destruido la armonía entre Adonai, nosotros y el universo. Luego llega la ruptura, el extrañamiento, la dualidad insalvable. Es el segundo estadio; ahí es cuando aparecen el Texto y la oración. Adonai ya no se puede comunicar con nosotros más que a través de su voz, de la revelación, y nosotros sólo podemos atravesar el abismo a través de nuestra voz, de la oración. El drama ya no se desarrolla en la naturaleza, sino en la historia. Y luego el tercer estadio: el misticismo, la Cábala. La fuente del conocimiento no puede brotar sólo del Texto, sino del propio corazón. Es, sigue sin perder la compostura, como si la Revelación no se hubiese dado en un solo acto, allí en el Sinaí, sino que tuviera que reproducirse una y otra vez, en cada hombre. A veces los visionarios se las apañan para no entrar en conflicto con la religión institucionalizada. Mira Isaac el Ciego, quien por cierto era sefardí. Pero otras veces la cosa acaba como el rosario de la aurora.

Lo que cuenta me interesa, pero no puedo dejar de reír. Sí, le contesto: como acabó Shabtai Tzví. ¿Pero adónde quieres ir a parar con todo esto? Se queda mirándome muy fijamente, como si esperase desde el comienzo esta pregunta.

***

En este hotel indistinguible de tantos otros, junto a esta terraza del octavo piso por donde entra el rescoldo del último sol, la excitación de oír pronunciar tu nombre una y otra vez entre un montón de palabras de otro idioma. Palabras cuyo significado exacto desconoces pero que transportan, secreto como el flujo de vida que esos visionarios sentían palpitar bajo la corteza de lo literal, el deseo.