sábado, 20 de julio de 2013

Solipsismo

 
 
Si pudieras empezar de cero, ¿qué te gustaría haber sido? No le tengo afición al verbo ser. Me gusta más el fare italiano. Faccio l'ingegnere, poniendo distancia entre tu identidad y lo que te da de comer, entre apariencia y esencia. Pero no me voy a ir por las ramas ante una pregunta tan directa y respondo: etólogo. Y no se me ocurre mejor forma de explicarme que la anécdota de Bertrand y Ludwig, dos chimpancés machos de la misma edad criados en un centro de investigación de primates de la campiña inglesa.
 
Los investigadores, especializados en cuestiones relacionadas con el aprendizaje del lenguaje, habían puesto especial empeño en asignarles nombre y en averiguar si eran capaces de reconocerse como individuos singulares bajo esos sonidos para ellos impronunciables. Concluyeron, rotundamente, que sí. 
 
Años más tarde, el centro donde, según los observadores humanos, Bertrand y Ludwig avanzaban a paso de gigante en la adquisición del lenguaje, cerró por falta de fondos. Los dos chimpancés fueron entonces trasladados a una nueva institución en Bristol, y en el camino perdieron (o se comieron) sus etiquetas identificativas. Confiados en los largos años de asimilación de sus nombres, los investigadores humanos (que en todo el proceso, sin embargo, no habían aprendido a diferenciar con absoluta seguridad quién era quién) le preguntaron a Ludwig (o tal vez a Bertrand): "¿Eres Ludwig?". A lo que Ludwig (o Bertrand) respondió con un movimiento vertical de la barbilla. A continuación, le preguntaron a Bertrand (o tal vez a Ludwig): "¿Eres Bertrand?". A lo que Bertrand (o Ludwig) contestó señalándose el pecho con el índice, en un gesto entusiasta que no admitía dudas. 
 
Los investigadores celebraron con alharacas, apretones de manos, signos de la victoria, cierres de puños en alto, olés, salvas, vivas y demás expresiones verbales y no verbales de triunfo y felicidad humanas la fácil resolución del misterio. Pero, en un desliz que nunca sabremos si atribuir a la soberbia de ver nuevamente confirmada la conquista de una parte no menor del puzle de la naturaleza animal o a la sombra de una duda humana, demasiado humana, una joven becaria se acercó de nuevo a los primates.
 
"¿Eres Ludwig?", le preguntó a quien minutos antes se había identificado como tal. Sí, contestó de nuevo el chimpancé. "¿Eres -y en esos momentos se podría haber cortado la angustia expectante de los presentes con un pelo- Bertrand?". Y el chimpancé lo confirmó con todas sus ganas, suponemos que deseoso de que le dejasen terminarse un kiwi.
 
Este pequeño revés reclamaba a gritos una contraprueba. Ahora se dirigió al segundo chimpancé, a la sazón absorto en sus genitales: "¿ Ludwig?", le espetó, rebajando la sintaxis y recurriendo a signos inequívocos de la segunda persona del singular, porque todo resultase más claro. Sí, contestó el segundo chimpancé. "¿Él Ludwig?", le preguntó a continuación. Sí, confirmó: el otro también era Ludwig.
 
Toda una lección de solipsismo. Para un antropólogo, claro.