viernes, 5 de julio de 2013

La yegua de la noche


Henry Fuseli
 
Es la era de los insectos, como lo fue la de los dinosaurios. Los pocos humanos que aún quedamos a las puertas de la catedral en esta capital de provincia lo sabemos, aunque yo por ahora sólo veo una libélula. Está posada en el parachoques de un coche, como desperezándose: encoge y estira su abdomen carmesí, agita unas alas color café. La puedo mirar directamente, o la puedo ver reflejada en el aluminio. El grupo quiere entrar en la iglesia, por una razón que se me escapa. Yo decido no acompañarles. Alguien me hace un reproche: "No eres leal a la Corona". Se necesitan varias manos para empujar la doble puerta de bronce. Cuando entran, sé que me han separado para siempre del pequeño grupo de supervivientes. 
 
Así que allí estoy, solo, intentando descifrar en cada movimiento de la libélula una señal. Pasan las horas. Es posible incluso que lleve más de un día sentado aquí, en las escaleras del atrio. No tengo reloj, nunca he gastado. El insecto sigue ahí. ¿Vivo? Le observo fijamente, como se hace con los muertos, en busca del menor signo de vida. Y cada tanto tiempo me lo ofrece. Sólo de vez en cuando desvío la mirada: hay rabilargos y carbonerillos en una higuera que está a pocos metros, una higuera totémica en el centro de la plaza. Así que estás viva, pienso, pero no te preocupa mi presencia. Crees que no podría hacerte daño. Te equivocas. De niño fui cazador de insectos, y no he perdido toda mi habilidad. Podría echarte la mano encima en un abrir y cerrar de ojos, encerrarte en mi puño y obligarte a que me respondieras: ¿Qué va a ser de nosotros?
 
Pero no hace falta que lo haga. Ha entendido y responde: no me preguntes por ellos, pregúntame sólo por ti. Hiciste tu vida recorriendo grandes paisajes. Ahora estás sentado y no querrías moverte. Te quedarías observando los pájaros que de cuando en cuando acuden a anidar en esa higuera.

***

Shakespeare llamaba a las pesadillas, como la que acabo de describir de hace unas noches, night mares. En dos palabras, no en una; es decir, yeguas de la noche. "He met the night-mare and her nine-fold" (El Rey Lear). En realidad, parece que el origen del término es niht maere, el demonio de la noche de la mitología nórdica; es decir, el ephialtes griego o el incubus romano. Es verosímil, porque la raíz parece haberse colado también en el cauchemar francés. Pero el hallazgo es demasiado bonito para hacer caso a los etimólogos.