martes, 16 de julio de 2013

Gratitud

 
 
La primogenitura es una losa. Y ahora, con la que cae, me diluvia. Regresan fantasmas de la vida de mi padre y me inquieren a mí, y hago lo que puedo por despejar el puente entre aquella época, pocos años antes o después de muerto Franco, y ésta de ahora que en nada se le parece, y que corran los recuerdos y los afectos.

De todas las conversaciones la que más me revuelve es la que mantengo hoy con Alejandro M.A., histórico del PP que, junto con Paco M., diplomático afín al PSOE, se la jugaron por defender a un joven funcionario de su mismo cuerpo, en los papeles el número uno de la oposición y a la sombra el responsable de sindicatos del PCE en la administración franquista. Tanto Alejandro como Paco eran hombres mucho mayores que mi padre. Ambos de principios liberales, alejados de la utopía comunista: escorado el primero hacia el núcleo herreromiñonista, tiernista el segundo antes de que este adjetivo cobrara algún sentido para los electores municipales del 79. No había, mal que les cueste entender a los guerracivilistas impostados de los últimos años, diferencias irreconciliables entre ellos. Tanto uno como otro hubieran sido republicanos cincuenta años atrás.  
 
De su defensa del joven condenado al ostracismo en un despacho de los sótanos del Ministerio de IT dirigido por Fraga, calle de Atocha, escribiré cuando pueda. Pero ahora quiero recordar cómo esa defensa franqueó las trincheras estrictamente profesionales para salvarnos, a mis padres jóvenes y a mí, del ostracismo social. Pues resultó que se casaron ellos en la iglesia de San Antonio, barrio de los Cuatro Caminos, a finales de 1967, ella embarazada de pocos meses y él recién salido de la DGS. Y Alejandro y su mujer estuvieron allí, en un templo vacío al que no quisieron acudir ni los familiares más próximos, y pocos años más tarde, cuando yo era el único crío no bautizado del entorno y me caía la pregunta, la pregunta que nos hubiera dejado al descubierto, yo podía responder, un hijo de los apestados enseñado al silencio podía responder, con la seguridad de que ellos sostendrían la farsa si llegara el caso, que mis padrinos eran Alejandro e Isabel, y que allí acabaría el acoso, por ser Alejandro quien era.
 
Y acaba la conversación con una pena que le tiembla en la voz a este hombre ya octogenario  ("tu padre ha sido un hijo para mí") y con un enorme esfuerzo de contención por mi parte, por expresar mi deuda de gratitud sin caer en los sentimentalismos a que puedo dar suelta aquí, por darle las gracias porque no se comportaran, en esa época tan gris y tan puta en que la indiferencia pasaba desapercibida y la condena se aplaudía, como esos verdugos voluntarios que describe Goldhagen de un período aún más, si cabe, sombrío todavía.