lunes, 22 de julio de 2013

En qué rara ignorancia

Foto: Edward S. Curtis


Días de citas y llamadas con la familia paterna. Hace cosa de un año murieron las hermanas solteras de mi abuelo y toca repartir la herencia. Mi padre me encarga la representación de nuestra rama, dándome entera libertad para decidir qué paquete de cercas llevamos al cuaderno particional y si recurrimos o no una jugada opaca con el dinero que había en las cuentas corrientes. Opto, por motivos prácticos y sentimentales, por pasar por alto el tema del dinero, y elijo uno de los paquetes menos codiciados, pero que incluye los campos con los que mi abuelo tuvo una mayor relación, el objeto de sus obsesiones cuando ya octogenario apenas salía a la calle: la huerta de Astorgano, la cerca de las Escobas, la era en el camino de Santa Ana, la Cagaluta, parte del llamado Chaparral de arriba, donde están las ruinas de la casa, y parte del Chaparral de abajo, donde está el chozo de horma y la encina más grande de la finca.
 
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Recuerdo la decepción que sufrí de pequeño cuando me llevaron a ver por primera vez la terrona, en la Zarza de Montánchez. En el Chaparral hay encinas tan viejas como ella. Volví a sufrirla hará cosa de tres años, pero entonces ya iba prevenido y, después de cumplir con el rito de enseñársela a mis hijos, me entretuve admirando a tres burros en una cerca próxima. Uno de ellos era, pensé, el animal más bonito que había visto nunca. Quise saber de su dueño, fantaseé con comprarlo y domarlo como he visto domar a mi padre animales con más nervio, alternando la autoridad con una extrema delicadeza. Vinieron a rescatarme de mi tendencia ensoñadora e impulsiva las voces de S., a quien había llevado varias veces de paseo al Chaparral: "¡Cómo se ponen por una encina! Anda que si vinieran con nosotros al campo al que vamos tú y yo". 
 
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Sueño estas noches con ellos, fantasmas de la generación anterior. Tienen la edad que tenían cuando yo era pequeño. El inconsciente ha conservado sus voces, su forma de reír, su manera de coger la taza, sus andares, su olor, con una precisión que no alcanzaría mi memoria consciente. Camino de noche con mi tío Miguel por el Chaparral. No hay luna ni llevamos linterna, y en algún momento nos desorientamos. Y sucede en el sueño lo que le sucedió a él una noche real de hace 70 años: extrae del bolsillo de la camisa una caja de mixtos, prende uno de ellos y mira hacia arriba, hacia las copas de los árboles. Por su forma reconoce el lugar exacto en el que estamos y me guía con paso seguro hasta el arroyo.
 
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Me apena la conversación que mantengo por teléfono, tras tantos meses de hostilidad y silencio alternados. Querrías mantener aunque fuese una relación afectuosa, basada en los antiguos vínculos entre su familia y la mía. Pero no logras ya recordar ningún aspecto agradable de su personalidad, no entiendes cuál era el idioma en el que os comunicábais, te sorprende comprobar que lo que encontrabas atractivo te resulta ahora aburrido o incluso cargante. Todo tu ser te dice: es tarde, ya estás leyendo la página siguiente. Y recuerdas los versos de José Mateos:

He perdido el camino que llevaba hasta el mar.
Y ni siquiera sé, para encontrarlo,
en qué rara ignorancia consistió el paraíso.