viernes, 26 de julio de 2013

El ascenso

A su regreso del Thalay Sagar, en 1992

 
Siempre que desaparece un montañero, más por estas fechas, más aún si ocurre en Pakistán, me agarra una congoja difícil de explicar, como si hubieran transcurrido sólo dos semanas de aquel lejano 19 de julio. Me acuerdo de A. Releo fragmentos del libro que preparó sobre él R., de cartas.

A. rechazaba la incorporación de los últimos avances a la escalada. Nunca quiso utilizar espits ni subir con un móvil a la montaña, y renunció a todos los patrocinadores que quisieron tentarle. Como existe un paralelismo asombroso entre la afición a la montaña y la pasión del vuelo, entendía muy bien sus motivos. "Se elige entre fantasías. Y, por ejemplo, la clase de alpinista que quieres ser tienes que imaginártela".

Cuando se le preguntó en una ocasión, para cuestionar su rechazo a ciertos avances, por qué no seguía escalando con cuerdas de cáñamo, contestó: "No me hubiera importado seguir escalando con botas duras y tallando escalones con los antiguos piolets. Probablemente nunca hubiera hecho la MacIntyre-Colton, pero quizás habría escalado la norte de las Courtes y tendría el mismo mérito. Habría sido igual de apasionante, o más".

Tampoco quiso correr nunca la carrera de los ochomiles, a pesar de ser un consumado especialista en hielo y de dedicarse a escaladas mucho más comprometidas, el Eiger, el Cervino, el espolón Walker, el Kusum Kanguru, muchas de ellas en invierno y en solitario, vivaqueando sin saco, durmiendo en agujeros de nieve, en cornisas sobre el abismo. No le interesaba esa clase de medallas. El ascenso, no la coronación, era lo que importaba. "Arriba no hay nada. Sólo la historia que has escrito con tu vida para llegar".

No era un temerario. Más bien al contrario. Tenía una cabeza muy elegante, muy templada. Pero tampoco rechazó el desafío de la muerte. En el relato que escribió sobre la desparición de uno de sus compañeros de expedición a la cima del Mont Blanc de Courmayeur: "No entiendo la muerte, sólo sé que por ella la vida se hace única e irrepetible y por esto, hay que acertar. Ningún alpinista busca la muerte. Pero está escrito: que la vida está dispuesta a entregarse a aquello que es capaz de llenarla. Y que si no te arriesgas a que te salga mal, nunca te saldrá bien".

El texto de A. es de 1991. Tenía entonces 24 años. Se mató diez años después en el Dedo de la Dama, valle del Hunza, Pakistán.

"Como saben bien los más viejos, en la montaña se coincide en no coincidir. Y por eso todos los que caminan por los senderos imposibles son individuos singulares. A."