sábado, 6 de julio de 2013

Duros nombres de nuestra geografía

Foto: Atín Aya

Larga charla con dos angloparlantes que llevan años en el país. Discutimos sobre su costumbre de hablar del "castellano", influida por factores no estrictamente lingüísticos. El castellano es lo que se hablaba y escribía en la Castilla del siglo XV. A partir de esa fecha, toma tantos préstamos de otras lenguas peninsulares que se convierte en una lengua diferente, la que norma Nebrija y se expande por América.

Luego, la conversación deriva hacia la rotundidad de nuestro idioma. La sutilidad de una expresión como nightmare frente a la intuitiva y directa pesadilla, tan cercana a la cosa que designa. Los amigos se asombran también de la contundencia y expresividad de los topónimos españoles que nos rodean: Conquista de la Sierra, Aldeacentenera, Berzocana, Robledillo de Trujillo, Cabañas del Castillo. Les cito de memoria un fragmento de un epigrama de Marcial al respecto. El que, luego comprobado, dice:
 
"No temamos hacer resonar en dulces versos los duros nombres de nuestra geografía".

Pero les advierto que el español es capaz también de fabulosas asociaciones poéticas. A cientos de kilómetros de cualquier océano conocido, hasta el pequeño puente romano que atraviesa el río Garciaz en medio de estas lomas agostadas tiene dos tajamares. Estas noches, cuando salimos al porche a beber un poco de aire, comentamos si hay o no marea. O nos preguntamos por cómo está la orilla, es decir, el tiempo. Rosa P., nuestra lindera en el campo, está ya de alivio (medio luto). Si hay maraña (nubes hiladas) es improbable que llueva. El potro que saltó ayer la cerca (motivo por el que hoy están aquí) lo hizo porque es un alcahueto, animal demasiado curioso. Vaya flama, por cuánto calor.
 
***
 
En ésas nos han dado las dos de la mañana, una hora temprana para mí, que desde principios de verano no concilio el sueño hasta bien entrada la madrugada. Así que me ha dado tiempo a hacer ya un par de arqueos (vitales, se entiende; qué mal cuadran las cuentas) y a leer todo lo que me había traído para el verano. El libro de viajes por España de Cees Noteboom, uno de los volúmenes de Tito Livio (para volver a leer las desoladoras páginas sobre la destrucción de  Alba Longa), La representación de la realidad, etc. de Auerbach, el libro de Dee Brown sobre la masacre de los sioux en Wounded Knee, las poesías de  Hans Magnus Enzensberger. No le conocía en esa faceta, y tiene algunos poemas de primera. Por ejemplo, Hotel Fraternité:
 
El que no tiene con qué comprarse una isla
el que espera a la reina de Saba frente a un cinematógrafo
el que rompe de cólera y desesperación su última camisa
el que esconde un doblón de oro en el zapato roto
el que se mira en el ojo encalado del chantajista
el que rechina los dientes en los tiovivos
el que derrama el vino rojo en su cama dura
el que incinera cartas y fotografías
el que vive sentado en los muelles debajo de las grúas
el que da de comer a las ardillas
el que no tiene un céntimo
el que se observa
el que golpea la pared
el que grita
el que bebe
el que no hace nada
mi enemigo
agachado en el balcón
en la cama encima del armario
en el suelo por todas partes
agachado
con los ojos fijos en mí
mi hermano.

***

Conozco a un sujeto muy peligroso, un psicópata en el sentido literal, no coloquial, del término. Alguien capaz de gastar el crédito de los amigos, de manipular sádicamente a su mujer, de usurpar el nombre de un muerto, de estafar a conocidos, de hacer luz de gas a sus propios hijos. Y siempre pronto a presentarse como el sacrificado cuando uno de sus petardos termina estallándole en los dedos.

Es difícil desprenderse de él, porque no acepta un adiós por respuesta. Cada tanto arremete, ora en la versión lastimera y empalagosa, ora en la cruel y violenta, incapaz de zafarse de la red de agravios y odios cartagineses que ahoga su cerebro desde hace décadas. Es posible que desde que fuera un niño, acomplejado pero soberbio. Peligrosa combinación. Por muchos intentos que haga, no logra dar fin a su enfermedad. Una y otra vez vuelve sobre sus viejos fantasmas, rumiándolos, soñándolos, escribiéndolos. Mi amigo D., psiquiatra, diría que la enfermedad que padece es su identidad. Si curara su alma, ¿qué haría con el vacío? Mejor seguir sucio y enfermo que convertirse en un espectro.