lunes, 15 de julio de 2013

Frankl

 
 
Querido U.:
 
Nunca he recurrido a libros de autoayuda por varios motivos. No merece la pena extenderse sobre algunos de ellos; en lo básico, tienen que ver con cierta capacidad de recuperación (que no excluye el sufrimiento, pero sí la capaz de reificarlo, casi siempre en forma de escrito), de la que no soy culpable, y con cierta soberbia acerca de las posibilidades de recibir ayuda de los otros, de la que sí lo soy. En todo caso, ambas características son, por lo personales, intransferibles, y en esa medida de escasa utilidad para un tercero. Sin embargo, existe un tercer motivo en el que sí merece la pena detenerse. Se llama Viktor Frankl y su libro llegó a mis manos hace casi veinte años por circunstancias que nada tenían que ver con sus métodos terapéuticos.
 
La biografía de Frankl se parece a la de muchos hombres que nacieron en la Mitteleuropa de principios del siglo pasado y pasaron por los campos nazis. Se diferencia de la de otros tantos por la lección que extrajo de ese tránsito: la convicción, adquirida en unas circunstancias tan dramáticas que sólo cabe al menos otorgarle el beneficio de la duda, de que el hombre se guiaba no tanto, como habían proclamado hasta entonces las distintas escuelas del psicoanálisis, por la voluntad de poder (Adler) o el principio o voluntad del placer (Freud), sino por la voluntad de sentido.
 
En el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial, y muy particularmente en el mundo judío, se han vertido ríos de tinta sobre la posibilidad de una fe (o en general, una causa que permita dar sentido a la existencia) después de Auschwitz, normalmente para acabar en una respuesta negativa. Frankl es la excepción a esta corriente mayoritaria. Ese nihilismo no pertenece en exclusiva a los intelectuales. Por razones que no sólo tienen que ver con la Shoá, desde luego, sino con causas tan remotas como la pérdida de los instintos animales básicos, o mucho más cercanas, como la liberación de parte del tiempo que antes se dedicaba al trabajo (y el tedio que la acompaña) y el desplome de ciertas estructuras tradicionales (familiares, sociales), el hombre moderno parece cada vez más incapaz de construir una "narrativa" que dé sentido a su vida. Los intelectuales teorizan sobre ella, pero millones de personas en el mundo desarrollado la padecen en sus propias carnes sin necesidad de saber a qué atribuirla. Nuestros ríos están llenos de restos de sustancias químicas antidepresivas y ansiolíticas, las que consumimos para combatir ese tedio, ese vacío.
 
Para Frankl la vida (en minúsculas) de cualquier hombre tiene un sentido, y ese sentido se basa en la aceptación de la responsabilidad que le incumbe en cada circunstancia concreta, ante las personas concretas que le rodean, de decidir cómo debe obrar. Así es como lo cuenta Frankl: "Como quiera que toda situación vital representa un reto para el hombre y le plantea un problema que sólo él debe resolver, la cuestión del significado de la vida puede en realidad invertirse. En última instancia, el hombre no debería inquirir cuál es el sentido de la vida, sino comprender que es a él a quien se inquiere. En una palabra: a cada hombre se le pregunta por la vida y únicamente puede responder a la vida asumiendo responsabilidad por la suya propia (...). La esencia íntima de la existencia humana está en su capacidad de ser responsable".

Dicho así, esto parece muy judío; Frankl lo era, hasta la médula, y el concepto de responsabilidad es en efecto la piedra angular de la ética judía. Pero, sobre todo, parece demasiado ambiguo como para erigirse en una regla de conducta que nos conduzca al bienestar. Yo le pregunto, doctor Frankl, cómo debo proceder para que mi vida tenga un sentido, y usted me responde con una tautología: su vida lo tendrá cuando usted actúe dándole un sentido. Dicho de otro modo: la vida no es un ente que se nos presenta amorfo hasta que somos capaces de calzarnos la lente correctamente graduada, sino el sendero que vamos abriendo ante nosotros cuando somos capaces de imaginar que el presente al que nos enfrentamos fuera ya pasado y que en aquel pasado ya nos hubiéramos equivocado. ¿Qué haremos ahora?

Pero estoy desfondado y queda la parte del león. Porque la respuesta a esa pregunta no tiene nada que ver con la felicidad, vellocino de dorada nada, así que imagina. Mañana más.

Tuyo,
PJ