jueves, 18 de julio de 2013

Aquellos días y un gavilán

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12 de enero de 2011

De vuelta de Damasco. Dormimos en el hotel RD. Nos levantamos tarde. Lo que es tarde en Jerusalén, las nueve. Apagamos los móviles. Conducimos hasta el lugar donde los macabeos lucharon contra los griegos, en el desierto de Judea. Un frío cortante; no me resulta difícil imaginar que una de las grandes batallas que perdieron frente a los seléucidas tuvo lugar en medio de una tormenta de nieve. Luego decidimos hacer acopio de valor e ir a bañarnos. A. me sujeta del cuello, mi cuerpo tiritando, extendido en toda su longitud sobre el agua. No pensar en nada. Todo lo hecho, hecho está. Después de cenar, encendemos brevemente los móviles para contestar mensajes y llamadas, de allí, de aquí. Dormimos en Ein Gedi. Una euforia adolescente, seguida de una tristeza animal.
 
13 de enero de 2011
 
Rodeo para visitar el Herodión o, más bien, para alargar la estancia sin más. No hay turistas. Rechazamos el ofrecimiento del guía. Paseamos sin rumbo y sin prestar atención a los carteles explicativos. No nos mueve ningún afán por conocer. Andar por sitios que sólo recuerden a épocas muy lejanas. Recuerdo las palabras de Yehuda Amijai: "Aquí la muerte no es todavía tan profunda: se puede hacer pie en ella". Un gavilán de cola roja vuela bajo sobre los escarpes. La radio del vigilante nos trae sonidos de un mundo que aún existe. Existe. El mundo aún existe. El viento levanta remolinos de polvo blanquecino. Al atardecer entramos a Jerusalén. Hombres y mujeres esbeltos caminan vestidos de gala por Rehov Ha-Nevi'im, camino de la iglesia etíope. En la habitación del RD, echados, descubiertos, reímos, juramos perdonarnos todo lo que no hicimos, sin que sepamos bien en qué habría podido consistir, nos prometemos repetir ese baño en las aguas frías del Mar Muerto. Echan en la radio música motown, bailamos Mr. Postman.
 
14 de enero de 2011
 
T.A. Visita a la madre de D. Ambos estamos en apariencia serenos, pero tengo un nudo en la garganta de esos que amenazan con desenredarse a la menor provocación. Explicaciones limitadas, razones sobreentendidas. Ha hecho copia de varias fotos para mí, pero no me atrevo a mirarlas en su presencia. Sentados luego en un café de Rehov Kaufman, abro el sobre. Una foto del bar mitzvá, otra de su último año de conservatorio, posando feliz con el violín al hombro como una escopeta, y el nudo retenido se libera.

18 de julio de 2013

¿Ma nishtaná? Todo, como si me hubieran extraído los cinco litros de sangre del cuerpo y los hubieran sustituido por los de otra persona. Como si me hubieran inducido y luego despertado de un coma. Sólo si por casualidad escucho a las Marvelettes regresa poderoso el gavilán de cola roja planeando sobre la tierra de Judea, capricho de la memoria.