jueves, 11 de julio de 2013

A la caída

Foto: Josef Koudelka

A la caída de la tarde damos una vuelta a los animales. En una cerca, el potro de cinco años, entero y sin domar, corre el cordel de un extremo a otro, retando fuera de sus casillas a sus congéneres: un español castrado, mucho más aplomado, y un potro árabe de dos años que aún se libra de la revolución hormonal. Nos saludan al vernos. Les hemos sobado tanto desde que eran jóvenes que podemos recogerlos sin recurrir a la jáquima. Junto al pozo, el viejo mulo del ejército perfectamente inmóvil, la vista fija en un árbol, como si estuviese siguiendo los movimientos de algún insecto sobre el tronco. Dormita.

Una potra de tres meses rara vez anda lejos de su madre. Nada más verla herbajear sola junto al cordel nos extraña. El segundo indicio lo señala rápidamente mi padre cuando le hago observar que está más delgada que dos días atrás. L. y yo decidimos bajar hasta las charcas. Con este calor del demonio cabe que la yegua ande por allí.

Llevamos unos días burlándonos del mestizo de un año que nos acompaña. Tiene hechuras de perro grande, pero un defecto en las patas delanteras que le hace caminar como si se hubiera pimplado un barril de pacharán y un ladrido atiplado, impropio de un mastín. Señala primero una encina, pero es una falsa alarma: una chota que murió durante el invierno y de la que no queda sino el cuero. Sólo la hendidura de la pezuña nos confirma que no es un equino; han desaparecido hasta los cuernos. A eso de las diez, cuando la luz ya hace difícil percibir los contornos, el cachorro coge un rastro. Tras perderlo varias veces, se sienta en una hondonada. Le llamo. Me mira sin moverse. Bajamos, con la hierba seca hasta la cintura. Allí está. Debe llevar muerta un par de días, porque los carroñeros y las moscas sólo han dejado al descubierto el primero de los sitios por donde comienzan su meticulosa labor de destrucción, el ano.

Hay que encuadrar a la potra. Si no morirá, de inanición y de deshidratación. La única forma de traérsela, a falta de un lazo que dudo diese en el blanco, es hacerla venir con el padre. Luego, hay que evitar como sea que esa claustrofobia que los caballos llevan en la sangre le haga echarse a correr en cuanto se vea bajo el umbral. Polvo, carreras y relinchos. Sudamos todos, ellos y nosotros. Tumbada a la sombra del bebedero, la gata que se crió huérfana aquí entreabre los ojos para hacerse una composición de lugar. Luego, regresa a su soberana indiferencia. Hay que procurar que se mantengan juntos y la potra entre dócilmente tras él, sin darle tiempo a reaccionar. Cuatro intentos inútiles: en cuanto se encuentra de frente las paredes y mira al fondo, hacia la oscuridad de la cuadra, recula. El mestizo se vuelve a revelar fundamental. Si antes hizo de perro de caza, ahora se transforma en un hábil pastor. Es él quien los mete, con nuestra ayuda.

Hago grandes fiestas al cachorro, desfondado por el calor y el esfuerzo. Mira que eres feo y único, y mira que cada vez me gustas más. 

Entre las muchas cosas que se nos vienen encima, están también ellos, los animales que nunca estuvieron aquí para producir. ¿Cómo dejar a este mestizo demasiado grande y desgarbado para conmover a nadie aquí en el campo, con el viejo mastín sin dientes que no tardará mucho en morir? ¿Qué haremos con la potra, a la que hemos salvado provisionalmente pero que necesitará alimentarse al menos otros dos meses con pienso de arranque? ¿Qué pasará con el mulo, los caballos? ¿Qué será de esta gata que a duras penas conserva el instinto de la caza? Agotado, doy vueltas al asunto hasta que me vence el sueño, maldiciendo el día en que abandonamos el campo para trabajar en la ciudad y complicamos nuestra vida y la de nuestros animales.