viernes, 26 de julio de 2013

El ascenso

A su regreso del Thalay Sagar, en 1992

 
Siempre que desaparece un montañero, más por estas fechas, más aún si ocurre en Pakistán, me agarra una congoja difícil de explicar, como si hubieran transcurrido sólo dos semanas de aquel lejano 19 de julio. Me acuerdo de A. Releo fragmentos del libro que preparó sobre él R., de cartas.

A. rechazaba la incorporación de los últimos avances a la escalada. Nunca quiso utilizar espits ni subir con un móvil a la montaña, y renunció a todos los patrocinadores que quisieron tentarle. Como existe un paralelismo asombroso entre la afición a la montaña y la pasión del vuelo, entendía muy bien sus motivos. "Se elige entre fantasías. Y, por ejemplo, la clase de alpinista que quieres ser tienes que imaginártela".

Cuando se le preguntó en una ocasión, para cuestionar su rechazo a ciertos avances, por qué no seguía escalando con cuerdas de cáñamo, contestó: "No me hubiera importado seguir escalando con botas duras y tallando escalones con los antiguos piolets. Probablemente nunca hubiera hecho la MacIntyre-Colton, pero quizás habría escalado la norte de las Courtes y tendría el mismo mérito. Habría sido igual de apasionante, o más".

Tampoco quiso correr nunca la carrera de los ochomiles, a pesar de ser un consumado especialista en hielo y de dedicarse a escaladas mucho más comprometidas, el Eiger, el Cervino, el espolón Walker, el Kusum Kanguru, muchas de ellas en invierno y en solitario, vivaqueando sin saco, durmiendo en agujeros de nieve, en cornisas sobre el abismo. No le interesaba esa clase de medallas. El ascenso, no la coronación, era lo que importaba. "Arriba no hay nada. Sólo la historia que has escrito con tu vida para llegar".

No era un temerario. Más bien al contrario. Tenía una cabeza muy elegante, muy templada. Pero tampoco rechazó el desafío de la muerte. En el relato que escribió sobre la desparición de uno de sus compañeros de expedición a la cima del Mont Blanc de Courmayeur: "No entiendo la muerte, sólo sé que por ella la vida se hace única e irrepetible y por esto, hay que acertar. Ningún alpinista busca la muerte. Pero está escrito: que la vida está dispuesta a entregarse a aquello que es capaz de llenarla. Y que si no te arriesgas a que te salga mal, nunca te saldrá bien".

El texto de A. es de 1991. Tenía entonces 24 años. Se mató diez años después en el Dedo de la Dama, valle del Hunza, Pakistán.

"Como saben bien los más viejos, en la montaña se coincide en no coincidir. Y por eso todos los que caminan por los senderos imposibles son individuos singulares. A."

 

lunes, 22 de julio de 2013

En qué rara ignorancia

Foto: Edward S. Curtis


Días de citas y llamadas con la familia paterna. Hace cosa de un año murieron las hermanas solteras de mi abuelo y toca repartir la herencia. Mi padre me encarga la representación de nuestra rama, dándome entera libertad para decidir qué paquete de cercas llevamos al cuaderno particional y si recurrimos o no una jugada opaca con el dinero que había en las cuentas corrientes. Opto, por motivos prácticos y sentimentales, por pasar por alto el tema del dinero, y elijo uno de los paquetes menos codiciados, pero que incluye los campos con los que mi abuelo tuvo una mayor relación, el objeto de sus obsesiones cuando ya octogenario apenas salía a la calle: la huerta de Astorgano, la cerca de las Escobas, la era en el camino de Santa Ana, la Cagaluta, parte del llamado Chaparral de arriba, donde están las ruinas de la casa, y parte del Chaparral de abajo, donde está el chozo de horma y la encina más grande de la finca.
 
***
 
Recuerdo la decepción que sufrí de pequeño cuando me llevaron a ver por primera vez la terrona, en la Zarza de Montánchez. En el Chaparral hay encinas tan viejas como ella. Volví a sufrirla hará cosa de tres años, pero entonces ya iba prevenido y, después de cumplir con el rito de enseñársela a mis hijos, me entretuve admirando a tres burros en una cerca próxima. Uno de ellos era, pensé, el animal más bonito que había visto nunca. Quise saber de su dueño, fantaseé con comprarlo y domarlo como he visto domar a mi padre animales con más nervio, alternando la autoridad con una extrema delicadeza. Vinieron a rescatarme de mi tendencia ensoñadora e impulsiva las voces de S., a quien había llevado varias veces de paseo al Chaparral: "¡Cómo se ponen por una encina! Anda que si vinieran con nosotros al campo al que vamos tú y yo". 
 
***
 
Sueño estas noches con ellos, fantasmas de la generación anterior. Tienen la edad que tenían cuando yo era pequeño. El inconsciente ha conservado sus voces, su forma de reír, su manera de coger la taza, sus andares, su olor, con una precisión que no alcanzaría mi memoria consciente. Camino de noche con mi tío Miguel por el Chaparral. No hay luna ni llevamos linterna, y en algún momento nos desorientamos. Y sucede en el sueño lo que le sucedió a él una noche real de hace 70 años: extrae del bolsillo de la camisa una caja de mixtos, prende uno de ellos y mira hacia arriba, hacia las copas de los árboles. Por su forma reconoce el lugar exacto en el que estamos y me guía con paso seguro hasta el arroyo.
 
***
 
Me apena la conversación que mantengo por teléfono, tras tantos meses de hostilidad y silencio alternados. Querrías mantener aunque fuese una relación afectuosa, basada en los antiguos vínculos entre su familia y la mía. Pero no logras ya recordar ningún aspecto agradable de su personalidad, no entiendes cuál era el idioma en el que os comunicábais, te sorprende comprobar que lo que encontrabas atractivo te resulta ahora aburrido o incluso cargante. Todo tu ser te dice: es tarde, ya estás leyendo la página siguiente. Y recuerdas los versos de José Mateos:

He perdido el camino que llevaba hasta el mar.
Y ni siquiera sé, para encontrarlo,
en qué rara ignorancia consistió el paraíso.

sábado, 20 de julio de 2013

Solipsismo

 
 
Si pudieras empezar de cero, ¿qué te gustaría haber sido? No le tengo afición al verbo ser. Me gusta más el fare italiano. Faccio l'ingegnere, poniendo distancia entre tu identidad y lo que te da de comer, entre apariencia y esencia. Pero no me voy a ir por las ramas ante una pregunta tan directa y respondo: etólogo. Y no se me ocurre mejor forma de explicarme que la anécdota de Bertrand y Ludwig, dos chimpancés machos de la misma edad criados en un centro de investigación de primates de la campiña inglesa.
 
Los investigadores, especializados en cuestiones relacionadas con el aprendizaje del lenguaje, habían puesto especial empeño en asignarles nombre y en averiguar si eran capaces de reconocerse como individuos singulares bajo esos sonidos para ellos impronunciables. Concluyeron, rotundamente, que sí. 
 
Años más tarde, el centro donde, según los observadores humanos, Bertrand y Ludwig avanzaban a paso de gigante en la adquisición del lenguaje, cerró por falta de fondos. Los dos chimpancés fueron entonces trasladados a una nueva institución en Bristol, y en el camino perdieron (o se comieron) sus etiquetas identificativas. Confiados en los largos años de asimilación de sus nombres, los investigadores humanos (que en todo el proceso, sin embargo, no habían aprendido a diferenciar con absoluta seguridad quién era quién) le preguntaron a Ludwig (o tal vez a Bertrand): "¿Eres Ludwig?". A lo que Ludwig (o Bertrand) respondió con un movimiento vertical de la barbilla. A continuación, le preguntaron a Bertrand (o tal vez a Ludwig): "¿Eres Bertrand?". A lo que Bertrand (o Ludwig) contestó señalándose el pecho con el índice, en un gesto entusiasta que no admitía dudas. 
 
Los investigadores celebraron con alharacas, apretones de manos, signos de la victoria, cierres de puños en alto, olés, salvas, vivas y demás expresiones verbales y no verbales de triunfo y felicidad humanas la fácil resolución del misterio. Pero, en un desliz que nunca sabremos si atribuir a la soberbia de ver nuevamente confirmada la conquista de una parte no menor del puzle de la naturaleza animal o a la sombra de una duda humana, demasiado humana, una joven becaria se acercó de nuevo a los primates.
 
"¿Eres Ludwig?", le preguntó a quien minutos antes se había identificado como tal. Sí, contestó de nuevo el chimpancé. "¿Eres -y en esos momentos se podría haber cortado la angustia expectante de los presentes con un pelo- Bertrand?". Y el chimpancé lo confirmó con todas sus ganas, suponemos que deseoso de que le dejasen terminarse un kiwi.
 
Este pequeño revés reclamaba a gritos una contraprueba. Ahora se dirigió al segundo chimpancé, a la sazón absorto en sus genitales: "¿ Ludwig?", le espetó, rebajando la sintaxis y recurriendo a signos inequívocos de la segunda persona del singular, porque todo resultase más claro. Sí, contestó el segundo chimpancé. "¿Él Ludwig?", le preguntó a continuación. Sí, confirmó: el otro también era Ludwig.
 
Toda una lección de solipsismo. Para un antropólogo, claro. 

jueves, 18 de julio de 2013

Aquellos días y un gavilán

video


12 de enero de 2011

De vuelta de Damasco. Dormimos en el hotel RD. Nos levantamos tarde. Lo que es tarde en Jerusalén, las nueve. Apagamos los móviles. Conducimos hasta el lugar donde los macabeos lucharon contra los griegos, en el desierto de Judea. Un frío cortante; no me resulta difícil imaginar que una de las grandes batallas que perdieron frente a los seléucidas tuvo lugar en medio de una tormenta de nieve. Luego decidimos hacer acopio de valor e ir a bañarnos. A. me sujeta del cuello, mi cuerpo tiritando, extendido en toda su longitud sobre el agua. No pensar en nada. Todo lo hecho, hecho está. Después de cenar, encendemos brevemente los móviles para contestar mensajes y llamadas, de allí, de aquí. Dormimos en Ein Gedi. Una euforia adolescente, seguida de una tristeza animal.
 
13 de enero de 2011
 
Rodeo para visitar el Herodión o, más bien, para alargar la estancia sin más. No hay turistas. Rechazamos el ofrecimiento del guía. Paseamos sin rumbo y sin prestar atención a los carteles explicativos. No nos mueve ningún afán por conocer. Andar por sitios que sólo recuerden a épocas muy lejanas. Recuerdo las palabras de Yehuda Amijai: "Aquí la muerte no es todavía tan profunda: se puede hacer pie en ella". Un gavilán de cola roja vuela bajo sobre los escarpes. La radio del vigilante nos trae sonidos de un mundo que aún existe. Existe. El mundo aún existe. El viento levanta remolinos de polvo blanquecino. Al atardecer entramos a Jerusalén. Hombres y mujeres esbeltos caminan vestidos de gala por Rehov Ha-Nevi'im, camino de la iglesia etíope. En la habitación del RD, echados, descubiertos, reímos, juramos perdonarnos todo lo que no hicimos, sin que sepamos bien en qué habría podido consistir, nos prometemos repetir ese baño en las aguas frías del Mar Muerto. Echan en la radio música motown, bailamos Mr. Postman.
 
14 de enero de 2011
 
T.A. Visita a la madre de D. Ambos estamos en apariencia serenos, pero tengo un nudo en la garganta de esos que amenazan con desenredarse a la menor provocación. Explicaciones limitadas, razones sobreentendidas. Ha hecho copia de varias fotos para mí, pero no me atrevo a mirarlas en su presencia. Sentados luego en un café de Rehov Kaufman, abro el sobre. Una foto del bar mitzvá, otra de su último año de conservatorio, posando feliz con el violín al hombro como una escopeta, y el nudo retenido se libera.

18 de julio de 2013

¿Ma nishtaná? Todo, como si me hubieran extraído los cinco litros de sangre del cuerpo y los hubieran sustituido por los de otra persona. Como si me hubieran inducido y luego despertado de un coma. Sólo si por casualidad escucho a las Marvelettes regresa poderoso el gavilán de cola roja planeando sobre la tierra de Judea, capricho de la memoria.

martes, 16 de julio de 2013

Gratitud

 
 
La primogenitura es una losa. Y ahora, con la que cae, me diluvia. Regresan fantasmas de la vida de mi padre y me inquieren a mí, y hago lo que puedo por despejar el puente entre aquella época, pocos años antes o después de muerto Franco, y ésta de ahora que en nada se le parece, y que corran los recuerdos y los afectos.

De todas las conversaciones la que más me revuelve es la que mantengo hoy con Alejandro M.A., histórico del PP que, junto con Paco M., diplomático afín al PSOE, se la jugaron por defender a un joven funcionario de su mismo cuerpo, en los papeles el número uno de la oposición y a la sombra el responsable de sindicatos del PCE en la administración franquista. Tanto Alejandro como Paco eran hombres mucho mayores que mi padre. Ambos de principios liberales, alejados de la utopía comunista: escorado el primero hacia el núcleo herreromiñonista, tiernista el segundo antes de que este adjetivo cobrara algún sentido para los electores municipales del 79. No había, mal que les cueste entender a los guerracivilistas impostados de los últimos años, diferencias irreconciliables entre ellos. Tanto uno como otro hubieran sido republicanos cincuenta años atrás.  
 
De su defensa del joven condenado al ostracismo en un despacho de los sótanos del Ministerio de IT dirigido por Fraga, calle de Atocha, escribiré cuando pueda. Pero ahora quiero recordar cómo esa defensa franqueó las trincheras estrictamente profesionales para salvarnos, a mis padres jóvenes y a mí, del ostracismo social. Pues resultó que se casaron ellos en la iglesia de San Antonio, barrio de los Cuatro Caminos, a finales de 1967, ella embarazada de pocos meses y él recién salido de la DGS. Y Alejandro y su mujer estuvieron allí, en un templo vacío al que no quisieron acudir ni los familiares más próximos, y pocos años más tarde, cuando yo era el único crío no bautizado del entorno y me caía la pregunta, la pregunta que nos hubiera dejado al descubierto, yo podía responder, un hijo de los apestados enseñado al silencio podía responder, con la seguridad de que ellos sostendrían la farsa si llegara el caso, que mis padrinos eran Alejandro e Isabel, y que allí acabaría el acoso, por ser Alejandro quien era.
 
Y acaba la conversación con una pena que le tiembla en la voz a este hombre ya octogenario  ("tu padre ha sido un hijo para mí") y con un enorme esfuerzo de contención por mi parte, por expresar mi deuda de gratitud sin caer en los sentimentalismos a que puedo dar suelta aquí, por darle las gracias porque no se comportaran, en esa época tan gris y tan puta en que la indiferencia pasaba desapercibida y la condena se aplaudía, como esos verdugos voluntarios que describe Goldhagen de un período aún más, si cabe, sombrío todavía.

lunes, 15 de julio de 2013

Frankl

 
 
Querido U.:
 
Nunca he recurrido a libros de autoayuda por varios motivos. No merece la pena extenderse sobre algunos de ellos; en lo básico, tienen que ver con cierta capacidad de recuperación (que no excluye el sufrimiento, pero sí la capaz de reificarlo, casi siempre en forma de escrito), de la que no soy culpable, y con cierta soberbia acerca de las posibilidades de recibir ayuda de los otros, de la que sí lo soy. En todo caso, ambas características son, por lo personales, intransferibles, y en esa medida de escasa utilidad para un tercero. Sin embargo, existe un tercer motivo en el que sí merece la pena detenerse. Se llama Viktor Frankl y su libro llegó a mis manos hace casi veinte años por circunstancias que nada tenían que ver con sus métodos terapéuticos.
 
La biografía de Frankl se parece a la de muchos hombres que nacieron en la Mitteleuropa de principios del siglo pasado y pasaron por los campos nazis. Se diferencia de la de otros tantos por la lección que extrajo de ese tránsito: la convicción, adquirida en unas circunstancias tan dramáticas que sólo cabe al menos otorgarle el beneficio de la duda, de que el hombre se guiaba no tanto, como habían proclamado hasta entonces las distintas escuelas del psicoanálisis, por la voluntad de poder (Adler) o el principio o voluntad del placer (Freud), sino por la voluntad de sentido.
 
En el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial, y muy particularmente en el mundo judío, se han vertido ríos de tinta sobre la posibilidad de una fe (o en general, una causa que permita dar sentido a la existencia) después de Auschwitz, normalmente para acabar en una respuesta negativa. Frankl es la excepción a esta corriente mayoritaria. Ese nihilismo no pertenece en exclusiva a los intelectuales. Por razones que no sólo tienen que ver con la Shoá, desde luego, sino con causas tan remotas como la pérdida de los instintos animales básicos, o mucho más cercanas, como la liberación de parte del tiempo que antes se dedicaba al trabajo (y el tedio que la acompaña) y el desplome de ciertas estructuras tradicionales (familiares, sociales), el hombre moderno parece cada vez más incapaz de construir una "narrativa" que dé sentido a su vida. Los intelectuales teorizan sobre ella, pero millones de personas en el mundo desarrollado la padecen en sus propias carnes sin necesidad de saber a qué atribuirla. Nuestros ríos están llenos de restos de sustancias químicas antidepresivas y ansiolíticas, las que consumimos para combatir ese tedio, ese vacío.
 
Para Frankl la vida (en minúsculas) de cualquier hombre tiene un sentido, y ese sentido se basa en la aceptación de la responsabilidad que le incumbe en cada circunstancia concreta, ante las personas concretas que le rodean, de decidir cómo debe obrar. Así es como lo cuenta Frankl: "Como quiera que toda situación vital representa un reto para el hombre y le plantea un problema que sólo él debe resolver, la cuestión del significado de la vida puede en realidad invertirse. En última instancia, el hombre no debería inquirir cuál es el sentido de la vida, sino comprender que es a él a quien se inquiere. En una palabra: a cada hombre se le pregunta por la vida y únicamente puede responder a la vida asumiendo responsabilidad por la suya propia (...). La esencia íntima de la existencia humana está en su capacidad de ser responsable".

Dicho así, esto parece muy judío; Frankl lo era, hasta la médula, y el concepto de responsabilidad es en efecto la piedra angular de la ética judía. Pero, sobre todo, parece demasiado ambiguo como para erigirse en una regla de conducta que nos conduzca al bienestar. Yo le pregunto, doctor Frankl, cómo debo proceder para que mi vida tenga un sentido, y usted me responde con una tautología: su vida lo tendrá cuando usted actúe dándole un sentido. Dicho de otro modo: la vida no es un ente que se nos presenta amorfo hasta que somos capaces de calzarnos la lente correctamente graduada, sino el sendero que vamos abriendo ante nosotros cuando somos capaces de imaginar que el presente al que nos enfrentamos fuera ya pasado y que en aquel pasado ya nos hubiéramos equivocado. ¿Qué haremos ahora?

Pero estoy desfondado y queda la parte del león. Porque la respuesta a esa pregunta no tiene nada que ver con la felicidad, vellocino de dorada nada, así que imagina. Mañana más.

Tuyo,
PJ

viernes, 12 de julio de 2013

Por el placer de morir

 
 
"El trueno más allá de Popocatépetl", el libro de poemas de Lowry, es espléndido, y un complemento imprescindible de Bajo el volcán. Pero la traducción de JL Panero es manifiestamente mejorable. Una cosa es el exceso de literalidad, por desconocimiento verdadero del idioma o por el respeto reverencial que infunden algunos autores, y otra muy distinta eliminar versos o incluso añadir alguno de cosecha propia.
 
Aquí va un intento de traducción de uno de mis favoritos. Porque queden expuestas sus probables deficiencias y eventuales virtudes, reproduzco también el texto original.
 
For the love of dying

The tortures of hell are stern, their fires burn fiercely.
Yet vultures turn against the air more beautifully
Than seagulls float downwind in cool sunlight,
Or fans in asylums spin a loom of fate
For hope which never ventured up so high
As life's deception, astride the vulture's flight.
If death can fly, just for the love of flying,
Whay might not live do, for the love of dying?

Por el placer de morir

Duros son los tormentos del infierno,
terribles son sus llamas.
Y sin embargo el buitre que corta el viento
es más elegante que la gaviota que planea
en la serena luz del sol
o que el ventilador que en un asilo hace girar 
la rueca del destino por una esperanza
que jamás se atrevió a volar tan alto
como vuela en alas del buitre la impostura de la vida.
Si la muerte puede volar sólo por el placer de volar
¿qué no haría la vida por el placer de morir?

***

Cuando una persona dice de sí que es un artista y lo que esgrime básicamente es un conocimiento teórico de su arte, por extenso que sea, hay que ponerse en guardia. Como cuando alguien afirma que es poeta sólo porque es capaz de teorizar sobre poesía después de haber leído El bosque sagrado de Eliot o porque ha experimentado "la ansiedad de la influencia" de la que hablaba Bloom. Tal vez habría sido un crítico aseado, un profesor competente, un traductor notable, pero nunca será buen poeta.

***
 
Bound to that unrelenting fatuous horse
whose eyes are lidless and whose name, remorse

jueves, 11 de julio de 2013

A la caída

Foto: Josef Koudelka

A la caída de la tarde damos una vuelta a los animales. En una cerca, el potro de cinco años, entero y sin domar, corre el cordel de un extremo a otro, retando fuera de sus casillas a sus congéneres: un español castrado, mucho más aplomado, y un potro árabe de dos años que aún se libra de la revolución hormonal. Nos saludan al vernos. Les hemos sobado tanto desde que eran jóvenes que podemos recogerlos sin recurrir a la jáquima. Junto al pozo, el viejo mulo del ejército perfectamente inmóvil, la vista fija en un árbol, como si estuviese siguiendo los movimientos de algún insecto sobre el tronco. Dormita.

Una potra de tres meses rara vez anda lejos de su madre. Nada más verla herbajear sola junto al cordel nos extraña. El segundo indicio lo señala rápidamente mi padre cuando le hago observar que está más delgada que dos días atrás. L. y yo decidimos bajar hasta las charcas. Con este calor del demonio cabe que la yegua ande por allí.

Llevamos unos días burlándonos del mestizo de un año que nos acompaña. Tiene hechuras de perro grande, pero un defecto en las patas delanteras que le hace caminar como si se hubiera pimplado un barril de pacharán y un ladrido atiplado, impropio de un mastín. Señala primero una encina, pero es una falsa alarma: una chota que murió durante el invierno y de la que no queda sino el cuero. Sólo la hendidura de la pezuña nos confirma que no es un equino; han desaparecido hasta los cuernos. A eso de las diez, cuando la luz ya hace difícil percibir los contornos, el cachorro coge un rastro. Tras perderlo varias veces, se sienta en una hondonada. Le llamo. Me mira sin moverse. Bajamos, con la hierba seca hasta la cintura. Allí está. Debe llevar muerta un par de días, porque los carroñeros y las moscas sólo han dejado al descubierto el primero de los sitios por donde comienzan su meticulosa labor de destrucción, el ano.

Hay que encuadrar a la potra. Si no morirá, de inanición y de deshidratación. La única forma de traérsela, a falta de un lazo que dudo diese en el blanco, es hacerla venir con el padre. Luego, hay que evitar como sea que esa claustrofobia que los caballos llevan en la sangre le haga echarse a correr en cuanto se vea bajo el umbral. Polvo, carreras y relinchos. Sudamos todos, ellos y nosotros. Tumbada a la sombra del bebedero, la gata que se crió huérfana aquí entreabre los ojos para hacerse una composición de lugar. Luego, regresa a su soberana indiferencia. Hay que procurar que se mantengan juntos y la potra entre dócilmente tras él, sin darle tiempo a reaccionar. Cuatro intentos inútiles: en cuanto se encuentra de frente las paredes y mira al fondo, hacia la oscuridad de la cuadra, recula. El mestizo se vuelve a revelar fundamental. Si antes hizo de perro de caza, ahora se transforma en un hábil pastor. Es él quien los mete, con nuestra ayuda.

Hago grandes fiestas al cachorro, desfondado por el calor y el esfuerzo. Mira que eres feo y único, y mira que cada vez me gustas más. 

Entre las muchas cosas que se nos vienen encima, están también ellos, los animales que nunca estuvieron aquí para producir. ¿Cómo dejar a este mestizo demasiado grande y desgarbado para conmover a nadie aquí en el campo, con el viejo mastín sin dientes que no tardará mucho en morir? ¿Qué haremos con la potra, a la que hemos salvado provisionalmente pero que necesitará alimentarse al menos otros dos meses con pienso de arranque? ¿Qué pasará con el mulo, los caballos? ¿Qué será de esta gata que a duras penas conserva el instinto de la caza? Agotado, doy vueltas al asunto hasta que me vence el sueño, maldiciendo el día en que abandonamos el campo para trabajar en la ciudad y complicamos nuestra vida y la de nuestros animales. 

sábado, 6 de julio de 2013

Duros nombres de nuestra geografía

Foto: Atín Aya

Larga charla con dos angloparlantes que llevan años en el país. Discutimos sobre su costumbre de hablar del "castellano", influida por factores no estrictamente lingüísticos. El castellano es lo que se hablaba y escribía en la Castilla del siglo XV. A partir de esa fecha, toma tantos préstamos de otras lenguas peninsulares que se convierte en una lengua diferente, la que norma Nebrija y se expande por América.

Luego, la conversación deriva hacia la rotundidad de nuestro idioma. La sutilidad de una expresión como nightmare frente a la intuitiva y directa pesadilla, tan cercana a la cosa que designa. Los amigos se asombran también de la contundencia y expresividad de los topónimos españoles que nos rodean: Conquista de la Sierra, Aldeacentenera, Berzocana, Robledillo de Trujillo, Cabañas del Castillo. Les cito de memoria un fragmento de un epigrama de Marcial al respecto. El que, luego comprobado, dice:
 
"No temamos hacer resonar en dulces versos los duros nombres de nuestra geografía".

Pero les advierto que el español es capaz también de fabulosas asociaciones poéticas. A cientos de kilómetros de cualquier océano conocido, hasta el pequeño puente romano que atraviesa el río Garciaz en medio de estas lomas agostadas tiene dos tajamares. Estas noches, cuando salimos al porche a beber un poco de aire, comentamos si hay o no marea. O nos preguntamos por cómo está la orilla, es decir, el tiempo. Rosa P., nuestra lindera en el campo, está ya de alivio (medio luto). Si hay maraña (nubes hiladas) es improbable que llueva. El potro que saltó ayer la cerca (motivo por el que hoy están aquí) lo hizo porque es un alcahueto, animal demasiado curioso. Vaya flama, por cuánto calor.
 
***
 
En ésas nos han dado las dos de la mañana, una hora temprana para mí, que desde principios de verano no concilio el sueño hasta bien entrada la madrugada. Así que me ha dado tiempo a hacer ya un par de arqueos (vitales, se entiende; qué mal cuadran las cuentas) y a leer todo lo que me había traído para el verano. El libro de viajes por España de Cees Noteboom, uno de los volúmenes de Tito Livio (para volver a leer las desoladoras páginas sobre la destrucción de  Alba Longa), La representación de la realidad, etc. de Auerbach, el libro de Dee Brown sobre la masacre de los sioux en Wounded Knee, las poesías de  Hans Magnus Enzensberger. No le conocía en esa faceta, y tiene algunos poemas de primera. Por ejemplo, Hotel Fraternité:
 
El que no tiene con qué comprarse una isla
el que espera a la reina de Saba frente a un cinematógrafo
el que rompe de cólera y desesperación su última camisa
el que esconde un doblón de oro en el zapato roto
el que se mira en el ojo encalado del chantajista
el que rechina los dientes en los tiovivos
el que derrama el vino rojo en su cama dura
el que incinera cartas y fotografías
el que vive sentado en los muelles debajo de las grúas
el que da de comer a las ardillas
el que no tiene un céntimo
el que se observa
el que golpea la pared
el que grita
el que bebe
el que no hace nada
mi enemigo
agachado en el balcón
en la cama encima del armario
en el suelo por todas partes
agachado
con los ojos fijos en mí
mi hermano.

***

Conozco a un sujeto muy peligroso, un psicópata en el sentido literal, no coloquial, del término. Alguien capaz de gastar el crédito de los amigos, de manipular sádicamente a su mujer, de usurpar el nombre de un muerto, de estafar a conocidos, de hacer luz de gas a sus propios hijos. Y siempre pronto a presentarse como el sacrificado cuando uno de sus petardos termina estallándole en los dedos.

Es difícil desprenderse de él, porque no acepta un adiós por respuesta. Cada tanto arremete, ora en la versión lastimera y empalagosa, ora en la cruel y violenta, incapaz de zafarse de la red de agravios y odios cartagineses que ahoga su cerebro desde hace décadas. Es posible que desde que fuera un niño, acomplejado pero soberbio. Peligrosa combinación. Por muchos intentos que haga, no logra dar fin a su enfermedad. Una y otra vez vuelve sobre sus viejos fantasmas, rumiándolos, soñándolos, escribiéndolos. Mi amigo D., psiquiatra, diría que la enfermedad que padece es su identidad. Si curara su alma, ¿qué haría con el vacío? Mejor seguir sucio y enfermo que convertirse en un espectro.

viernes, 5 de julio de 2013

La yegua de la noche


Henry Fuseli
 
Es la era de los insectos, como lo fue la de los dinosaurios. Los pocos humanos que aún quedamos a las puertas de la catedral en esta capital de provincia lo sabemos, aunque yo por ahora sólo veo una libélula. Está posada en el parachoques de un coche, como desperezándose: encoge y estira su abdomen carmesí, agita unas alas color café. La puedo mirar directamente, o la puedo ver reflejada en el aluminio. El grupo quiere entrar en la iglesia, por una razón que se me escapa. Yo decido no acompañarles. Alguien me hace un reproche: "No eres leal a la Corona". Se necesitan varias manos para empujar la doble puerta de bronce. Cuando entran, sé que me han separado para siempre del pequeño grupo de supervivientes. 
 
Así que allí estoy, solo, intentando descifrar en cada movimiento de la libélula una señal. Pasan las horas. Es posible incluso que lleve más de un día sentado aquí, en las escaleras del atrio. No tengo reloj, nunca he gastado. El insecto sigue ahí. ¿Vivo? Le observo fijamente, como se hace con los muertos, en busca del menor signo de vida. Y cada tanto tiempo me lo ofrece. Sólo de vez en cuando desvío la mirada: hay rabilargos y carbonerillos en una higuera que está a pocos metros, una higuera totémica en el centro de la plaza. Así que estás viva, pienso, pero no te preocupa mi presencia. Crees que no podría hacerte daño. Te equivocas. De niño fui cazador de insectos, y no he perdido toda mi habilidad. Podría echarte la mano encima en un abrir y cerrar de ojos, encerrarte en mi puño y obligarte a que me respondieras: ¿Qué va a ser de nosotros?
 
Pero no hace falta que lo haga. Ha entendido y responde: no me preguntes por ellos, pregúntame sólo por ti. Hiciste tu vida recorriendo grandes paisajes. Ahora estás sentado y no querrías moverte. Te quedarías observando los pájaros que de cuando en cuando acuden a anidar en esa higuera.

***

Shakespeare llamaba a las pesadillas, como la que acabo de describir de hace unas noches, night mares. En dos palabras, no en una; es decir, yeguas de la noche. "He met the night-mare and her nine-fold" (El Rey Lear). En realidad, parece que el origen del término es niht maere, el demonio de la noche de la mitología nórdica; es decir, el ephialtes griego o el incubus romano. Es verosímil, porque la raíz parece haberse colado también en el cauchemar francés. Pero el hallazgo es demasiado bonito para hacer caso a los etimólogos.

miércoles, 3 de julio de 2013

Los mudos

Foto: Juan Rulfo
 
 
Extraño sueño. Una cantinela se repetía, indiferente a su extemporaneidad: no existen enfermos, existe la Enfermedad.
 
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Releo estos días el Libro de Job (tercero de los Ketuvim). Aunque nunca del todo inconsciente de los ríos de tinta que se han vertido sobre su causa, sobre los argumentos de sus amigos Elifaz, Sofar, Bildad y Elihú, y sobre la traca divina final, mi interés es fundamentalmente literario. Hace unos meses cayeron en mis manos los hermosos versos del capítulo 38 ("Has penetrado hasta las fuentes del mar? ¿has circulado por el fondo del Abismo? / ¿Se te han mostrado las puertas de la Muerte? ¿has visto las puertas del país de la Sombra? / ¿Has calculado las anchuras de la tierra? Cuenta, si es que sabes, todo esto. / ¿Por dónde se va a la morada de la luz? y las tinieblas, ¿dónde tienen su sitio?, etc.").
 
Al poco de comenzar la lectura, me doy cuenta de que puede leerse como un alegato frente al poder absoluto. Hay casi tantos Job como rabinos han hablado sobre él, leo en el ensayo de Judith Baskin. He aquí otro Job más.

Job es la víctima de un tirano, alguien que no tiene acceso a los términos precisos de la acusación que se le hace ni a ningún mecanismo procesal de defensa, un personaje que se anticipa en veinte siglos a Joseph K. "Arguye tú y yo responderé; o bien yo hablaré y tú contestarás. /¿Cuántas son mis faltas y pecados? ¡Mi delito, mi pecado, házmelos saber!", suplica (capítulo 13).

Y,después, insiste: "¡Quién me diera saber encontrarle, poder llegar a su morada! / Un proceso abriría delante de él, llenaría mi boca de argumentos. / Sabría las palabras de su réplica" (capítulo 24).

Sus así llamados amigos (con amigos como éstos, quién necesita enemigos, debió de pensar) se comportan como esperaríamos lo hiciera cualquier ciudadano temeroso de ser relacionado con el caído en desgracia. Job les reprocha: "¡Piedad, piedad de mí, vosotros mis amigos, que es la mano de Dios la que me ha herido! / ¿Por qué os cebáis en mí como hace Dios, y no os sentís ya ahítos de mi carne?".
 
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Estos días de calor me echan a la calle. No digo que no a ninguna propuesta y empalmo varias cenas seguidas con viejos amigos. U. cae una y otra vez con el mismo tipo de mujeres. A pesar de su racionalización. Me explica con lujo de detalles la diferencia entre ansiosos, evasivos y seguros, una tríada inventada por algún conductista, y lo que resulta de las distintas combinaciones entre ellos. Ansioso con evasiva, mal, me dice. Muy mal. Es lo que me pasó a mí con zutanita. Ansioso con segura, bien. Lo mejor. Sería lo mejor, pero no consigo enamorarme de una segura. Es lo que me pasó con mengana. Ansioso con ansiosa también mal, pero es lo único que me pone. Le sugiero que se haga con un perro. Ellos no son, si he entendido bien la taxonomía, ni ansiosos ni evasivos.

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" (...) Arracher cette famille pauvre au destin des pauvres, qui est de disparaître de l'histoire sans laisser de traces. Les muets. Ils étaient et ils sont plus grands que moi".
 
Albert Camus, Le premier homme

Ya lo había dicho en su discurso de aceptación del premio Nobel (diciembre de 1957):
 
"Nous autres écrivains du 20e siècle (...) devons savoir (...) que notre seule justification est de parler, dans la mesure de nos moyens, pour ceux qui ne peuvent le faire".

Me quito el sombrero.