sábado, 8 de junio de 2013

The Moors

Foto: Fay Godwin

Esto no es una crónica, sino una colección caprichosa e incompleta de recuerdos de mi estancia en Inglaterra. El recuerdo es como un perro, que se echa donde le apetece, dice el protagonista de una de las novelas de Cees Nooteboom.
 
Me retiré al condado de Yorkshire en el año 2000, huyendo de ciertos acontecimientos familiares y profesionales que habían convertido mi vida en una experiencia francamente mejorable. Fue el año de las grandes inundaciones. El Ouse y el Foss se desbordaron después de varias semanas de lluvias torrenciales y acabaron con las chanzas con que acogíamos todos los días el parte meteorológico de la BBC, invariablemente igual a sí mismo (“tomorrow’s forecast announces yet another miserable day”). Hasta aquella embestida final que dejó al condado con el agua hasta las rodillas, nos habíamos autoconvencido de que así era como había que conocer Yorkshire. El viento barría con violencia los páramos de brezo, los nimbos amenazaban con descargarse sobre las colinas de Cleveland, una bruma densa envolvía desde primeras horas las ruinas de las abadías benedictinas que visitábamos los domingos, y nosotros bromeábamos con el mantra: “Another miserable day”.
 
Faith, la yegua inglesa que montaba una vez a la semana, tenía una doma exquisita y una alzada portentosa. Hasta entonces había tratado desde muy pequeño caballos de carácter muy dispar, lo que me había convertido en un jinete desordenado pero todoterreno. Hasta que un potro español de dudosa doma comprado a una familia gitana de Santa Cruz, primero, y un semental árabe al borde de un permanente ataque de nervios después, me convencieron de que tanta variedad no resultaba conveniente para mi seguridad. Entonces llegué a Faith, llegó Faith, y me encontré saltando muros en los páramos y ganando un concurso en un picadero local. Durante un tiempo, Faith me hizo creer que había dado un salto de gigante como jinete; en realidad era ella quien había alcanzado definitivamente la perfección como cabalgadura.
 
Jonathan B. sacó lo mejor de mí ese año, a pesar de ser su peor año. Pasaba catorce horas al día encerrado en el despacho, trabajando para olvidar que su mujer se había matado unos meses atrás en un absurdo accidente de coche. A pocos kilómetros de ese mismo despacho de la universidad desde donde devolvía una mirada perdida a las bandadas de patos que sobrevolaban el estanque, en la cuneta de la carretera comarcal que unía York con Stamford Bridge. La pena había levantado un cerco a su alrededor y el hombre jovial, polémico y juerguista que había conocido el verano anterior en El Escorial, el viejo laborista sarcástico y mordaz que era tenido por la mejor cabeza del país en nuestro campo, se había vuelto inaccesible para el mundo. O tal vez el mundo se había hecho impenetrable para él.
 
Los acantilados calizos de Bempton envueltos en una cargazón tan espesa que no distinguíamos las bandadas de gaviotas que rizaban el cielo hasta que no hacían una picada ante nuestras narices. Las visitas a la librería de lance de Pocklington, donde compré a precio de saldo varias primeras ediciones de Smith, Jevons, Walras y Keynes que revendí cuando años más tarde suspendí relaciones con la economía. Tras los pasos de Bram Stoker y James Cook en Whitby; una visita al museo marítimo de la ciudad, cuya sala central presidía el esqueleto de una gran ballena blanca arponeada en las costas del mar del Norte. Tras los pasos de Marx en Harrogate; una banda local interpreta en The Pinewoods un cuarteto de cuerda de Brahms un día inusitadamente cálido de primavera, mientras L. y yo jugamos a los pescadores en el arroyo que atraviesa el parque. Tras mis propios pasos en la habitación de un hostal de Leeds, donde mediado el año abrazo por primera vez en la oscuridad al capitán C.