jueves, 20 de junio de 2013

El muro cano

Foto: Gabriel Cualladó


Siempre estuvo ahí, aun cuando rara vez la entreviéramos. Un demonio reside en el niño y juega con ella, la admite en forma de fantasía, se deja acercar con una mezcla de espanto y morbo, como cuando lee a escondidas un cuento de terror, pero le protege de su posesión. Sí, hay un instante fugaz aunque de una certidumbre terminante en que el niño comprende su inevitabilidad, se asoma con vértigo a la fantasía de los padres muertos, de sí mismo muerto, de la hermana pequeña muerta, de un tiempo que no tiene fin, un tiempo que ya siempre asociará al negro, a la oscuridad. Qué cosa más absurda, pensar que pueda tener color. Pero unos segundos después el fauno la expulsa a patadas, proclama la invulnerabilidad del cuerpo que habita. Te he visto asomarte a su fortaleza, os habéis mirado, pero aún no puedes escalar sus muros.
 
***
 
Llegamos a Santa Ana y había muerto un muchacho de quince años al que yo no conocía. Las primas más jóvenes de mi padre, sólo algo mayores que yo, me invitaron a acudir al funeral. En adelante, su nombre, Gabino, siempre evocará la muerte, porque fue la primera vez que se apareció no en disfraz de concepto, sino como una verdadera Bestia capaz de atravesar un rostro y metamorfosear sus rasgos, de inmovilizar un cuerpo, de convertir sus extremidades en algo laxo, los brazos rotos de un muñeco, para luego hacer de ellas algo rígido, ingobernable.
 
Corríamos detrás del ataúd, adelantábamos al cortejo atajando por las cercas, nos volvíamos a asomar para calcular la distancia que les quedaba por recorrer hasta el cementerio. Queríamos llegar antes que ellos, ser los primeros. Reíamos, recuerdo muy bien que reíamos y corríamos y tragamos polvo y luego nos aburrimos en el pequeño cementerio de secano y queríamos saber si tía nos daría un duro para comprar un flash y quitarnos ese sabor a tierra de la boca.
 
***
 
Algo de esa sensación de invulnerabilidad persiste incluso cuando nos hacemos adultos y el fauno ha abandonado nuestro cuerpo, y a nosotros a nuestra suerte. Una íntima sensación parecida al triunfo asoma cuando alguien muere. Ha sido él, no yo. Yo sigo aquí. Cayo es un hombre, los hombres son mortales, Cayo es mortal. Pero yo no soy Cayo, piensa Iván Illich, pensamos nosotros. Qué sabe Cayo del olor del comercio donde comprábamos los flashes. De los cientos de detalles tan inasequibles y urdidos en la memoria lejana que ni siquiera el lenguaje común nos permite compartir.
 
Salvo cuando se aproxima a alguien realmente nuestro, alguien que vive un poco dentro de nosotros, alguien que se llevará también parte de nosotros a ese lugar sin color. Entonces miramos desesperadamente en todas las direcciones, hacia fuera, al mundo de lo vivo, a la comunidad, a la naturaleza, en los libros, en el Libro,  hacia el médico transmutado de pronto en chamán, hacia el silencio en busca de una voz que no oímos y, sobre todo, hacia dentro. Gritamos ahí dentro al fauno y nadie contesta y nos asomamos y la vemos, con las yemas de los dedos tocando las almenas.