domingo, 16 de junio de 2013

Chacal



Sólo vemos lo que nos mira (Franz Hessel), y a ese ejercicio onanista y obsceno lo llamamos amor. Hay que huir de él como de nosotros, es decir, como de una plaga.
 
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Un recital, por no hacer un feo a V. Escucho a medias y, en cuanto oigo la palabra "capitalismo" o percibo que el poeta empieza a despeñarse con algún llamamiento a la "lucha colectiva", pongo la mente en blanco y me dedico observar a una niña que pintarrajea unos cuadernos escolares. ¿Te aburres?, me pregunta en voz baja. Yo nunca me aburro, le contesto. Yo tampoco, dice, porque pienso.

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Hice un comentario al paso sobre la escasa calidad del último Mestre, setecientas páginas de vomitona discursiva, aleccionadora, insufrible. Se hace el silencio alrededor, porque nadie sabe quién es nadie ni a qué oídos podrían llegar sus palabras.

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C. Extraño editor. No sólo no me ha pedido otra credencial que lo escrito, sino que huye ostensiblemente del enjambre de publicados y publicables. Cuando acaba el sarao, me ofrezco a acercarle hasta su pueblo. Sé que hay una carretera que lo comunica con otro vecino al mío. Anécdotas sobre sus aventuras en Tokio, San Petersburgo y La Habana, y una tendencia a escuchar que, de nuevo, me sorprende en esta fauna de egos.

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La carretera es estrecha como un camino rural. La naturaleza se ha comido el asfalto en los bordes. La noche se ha cerrado por completo sobre estos montes de la sierra del Guadarrama. Aprovecho la recta para detenerme a escuchar. En el campo no existe el silencio, aunque la gente se empeñe en buscarlo en él. Una bandada de pájaros que no sé identificar está montando un guirigay en una encina. Más allá, unos cencerros. Un bramido. El quejido de algún pequeño roedor. El cazador de sonidos despierta.

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Sueños de indio atrapado en la ciudad, como Ishi. Camino de noche por el Chaparral de abajo hasta llegar al arroyo. En uno de los márgenes están las ruinas de un chozo de horma. Cuando me sé cerca enciendo el mechero. Ahí está. Me acuesto sobre la chaqueta. Echo de menos tener un perro cerca, por el calor, por el olor. Irrumpen editores, publicados y publicables. Les echo furioso del espacio sagrado: "¿Qué se os ha perdido aquí? Dejadme en paz. Soy un chacal y he venido entre estas tumbas y estos muertos a alimentar mi esperanza".