viernes, 28 de junio de 2013

Bastions



Querido L.:

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Según consta en la correspondencia de Fiodor Mijailóvich de aquellos meses (últimos de 1867 y primeros de 1868), los Dostoievski vivieron en algún momento en la rue Guillaume Tell, esquina con la rue Bertellier. Guillaume Tell está entre la Place de Chevelu (cuyo huésped más notable es hoy, o tempora, un Starbucks) y la Place des Bergues. Corre paralela al Quai des Bergues, en un tramo desde el que cruzan el Ródano el Pont de la Machine, el Pont des Bergues y el Pont du Mont-Blanc. No encuentro sin embargo ninguna rue Bertellier en Ginebra. Pero Anna Dostoievskaya dice en sus memorias que desde la ventana central del apartamento veían "el puente sobre el Ródano" (probablemente el Pont des Bergues) y la isla Rousseau, así que debía tratarse de un número de la calle próximo a la actual Place des Bergues y la rue Genevoises.

Mi hipótesis es que la place des Bergues pudo nacer de la demolición de algunas calles, entre ellas Bertellier. Lo mejor sería que pudieras hacerte con un mapa de la ciudad de en torno a las fechas que te cito. Si lo encuentras, no te limites a comprobar la ubicación de Bertellier. Cómpralo directamente, porque mucho me temo que no va a ser la última vez que me tope con una calle que ha desaparecido o cambiado de nombre.

Es mucho más difícil de lo que pensaba hacerse con un par de buenas referencias sobre la historia de los "reyes" de los arcabuceros. Pero creo que puede resultarte incluso divertido llegarte un día al Hôtel de l'Arquebuse (rue du Stand 36, no lejos de la sinagoga y junto al cementerio de Plainpalais) y ver qué se cuece allí. Confío en que tu buen olfato y labia proverbial te guiarán hasta un viejo arcabucero y sabrán sacarle el nombre de alguna publicación donde se cuente con pelos y señales quiénes fueron esos señoritos trueno que tras la celebración del concurso anual de tiro atemorizaban a la ciudad con sus pendencias de borracho y sus cada vez menos precisas salvas al aire. Otro dato que me resultaría muy útil sería saber quiénes, si alguno, de esos reyes terminaron enterrados en Plainpalais.

En realidad, me harías feliz si pudieses encontrar una especie de anuario del concurso. Algo así como esos libros de high school donde años más tarde podemos ir a buscar qué aspecto tenía el asesino en serie o el bajista de la banda de rock cuando no eran más que caras entre otras caras adolescentes en las que rara vez podemos leer el peculiar destino que les esperaba. Dudo de que exista. Pero que por pedir no quede.

Anoche tuve un extraño sueño que transcurría en el parque de Bastions. La ciudad estaba vacía. Tal vez fuera una mañana de domingo. Tal vez fuera la ventisca, que parecía jugar con la nieve. La arrojaba una y otra vez en distintas direcciones. De pronto se detenía, haciéndola creer que al fin la liberaba. Entonces, cuando la nieve recobraba la compostura vertical y se dirigía mansa hacia el suelo, volvía a lanzarla en ráfagas o en remolinos para impedir que se posase. Habrás visto alguna vez cómo el gato concede una tregua al insecto. No porque se apiade de él. Tampoco porque entienda que la presa debe recobrar fuerzas si quiere proseguir con el juego. Simplemente, según tengo observado, porque de vez en cuando necesita poner el contador a cero para que vuelva a generarse toda la adrenalina. Esa mañana, la bise se comportaba como un gato cruel en un simulacro de caza.

Entré en Bastions por la puerta del ajedrez gigante. Es decir, por la Place de Neuve buscando la salida hacia Saint-Léger. Allí estaba, aproximadamente a mitad de camino. Un lobo adulto, inmóvil. Algunos copos de nieve a los que por fin el viento daba suelta iban cubriéndole el pelaje. Me miró con absoluta indiferencia, como si nada de lo que estaba sucediendo tuviera que ver con él, como si él no tuviera parte en ese instante.

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