domingo, 2 de junio de 2013

Alla turca



Fazil Say


 
Nunca me había pasado. Por primera vez, el avión ha aterrizado y yo seguía durmiendo. He tardado unos segundos en entender que quien me presionaba el hombro era una azafata y que por lo tanto debía estar en un avión. El problema era ¿en qué avión? ¿Adónde habíamos llegado o de dónde estábamos por despegar? La mujer ha leído en mi rostro la desorientación y me ha aclarado que acabábamos de aterrizar en Madrid.

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En la cinta transportadora, borracho de cansancio, he recordado fragmentos de sueño, un collage de escenas vividas en los últimos días en el que destacaba la presencia de I., con quien he mantenido una tensa convivencia. Decía sin rodeos lo que en la realidad nunca ha llegado a exponer explícitamente. Como en todas las relaciones tensas, latía un fuerte deseo sexual, expresión de un afán de dominación o al menos apaciguamiento del otro. Tantas veces me he arrepentido de haber mantenido la relación con D. dentro de los estrictos cauces permitidos, tantas veces he pensado que una prudencia menor hubiera tal vez alterado el curso de las cosas, que esta vez he seguido mi instinto. 

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Una de las razones de las diferencias con I. ha sido la publicación del informe sobre la muerte de Mohammed al Durra (que llueve sobre la sentencia del tribunal francés dando la razón a Philippe Karsenty contra France 2). Los dos hemos visionado decenas de veces las imágenes, leído los análisis de balística y los informes forenses, repasado las innumerables contradicciones de Abu Rahma, la cronología imposible de los acontecimientos.

Parece evidente que las balas procedieron del descampado desde donde disparaban los palestinos, y que es materialmente imposible que les alcanzaran las de los soldados israelíes en la posición que ocupaban. Teniendo en cuenta que la muerte del niño fue el detonante de la intifada del 2000, la cuestión no es baladí. Tampoco olvido que los asesinos de Daniel Pearl, en el macabro fotomontaje que difundieron a través de Internet, combinaron las conocidas imágenes del padre y el muchacho con las tomas de la decapitación del periodista y violinista judío. Coincido con I. en la cada vez mayor sofisticación de Pallywood. ¿Y? Alguien tendrá que parar esto: y no van a ser ellos.

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En el elegante bar de un hotel de la parte vieja de Estambul, unas mesas más allá, están sentados dos hombres y una mujer septuagenarios. No parecen huéspedes, sino habitantes de la ciudad que frecuentan el bar. Están lo suficientemente lejos como para que no pueda captar palabras concretas, pero en retazos llega la música de un idioma que me resulta extrañamente familiar. Aunque continúo hablando no logro desprenderme de ella, como de una melodía pegadiza. Al fin nos levantamos para ir a cenar y pongo cuidado en elegir un camino de salida que pase cerca de su velador.

Llegado a su altura escucho el siguiente intercambio entre los dos hombres [que transcribo a posteriori siguiendo las normas de grafía de Aki Yerushalaim]:

- Si agora akseptamos esto, si nos rezinyamos a kedar mudos, despues yegaran a por los djudios.
- El pishkado está en la mar i tú ya lo estás friyendo.

Le pido a I. que se adelanten y me detengo a hablar con ellos unos minutos. Hablamos, claro está, en las dos versiones de español, una del siglo XV y otra actual. La sensación es extraña y emocionante. Creo que compartimos la misma impresión, la de haber sido trasladados en el tiempo y estar hablando con otro judío del que nos separan veinticinco generaciones. 
 
Conversan sobre lo que ha sucedido hace unas semanas con Fazil Say, el pianista clásico. Los turcos laicos y la comunidad judía de Estambul temen el precedente que sienta y desconfían de la tibieza cómplice del gobierno de Erdogan.
 
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"Decís que en el Cielo corren ríos de vino. ¿Acaso es el Cielo una taberna para vosotros? Decís que dos huris esperan allí a cada creyente. ¿Es que el Cielo es un burdel para vosotros?".

Por reproducir estas palabras de Omar Jayám y otros comentarios críticos con el Islam más cerril en Twitter, Say (musulmán) ha sido condenado por blasfemia a diez meses de cárcel en Turquía.

La campaña de apoyo que se organizó de poco puede servir ya. Ahora sólo toca aplaudirle.

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Ha sido poco lo que he podido leer, pero de ese poco extraigo esta estrofa final de e.e. cummings:

"He was a handsome man
                      and what i want to know is
how do you like your blueeyed boy
Mister Death".

Cambiése el color azul por un negro intenso.