viernes, 31 de mayo de 2013

The choosing people

Michael Walzer
  
Fathom, una de las publicaciones sobre "la cuestión judía" que, junto con Engage y los informes de Barry Rubin, sigo desde hace años, trae en su último número una entrevista a Michael Walzer que no tiene desperdicio.

Toca muchos de los temas a los que he dedicado innumerables horas de conversación con mi padre y con J. Me hubiera gustado poder comentarla en extenso con Leon Volovici y temo que dara pié a nuevas diferencias con E.Z. sobre lo que significa (o debería significar) el judaísmo ahora que el pueblo vuelve a tener una tierra.

Sobre la afirmación de que un Israel que se defina como estado judío no puede ser un estado democrático.

"First of all, if a Jewish state is like a ‘Catholic state,’ a ‘Presbyterian state,’ an ‘Islamic state,’ then those charges would have some merit; ‘racism’ wouldn’t be right, but ‘exclusionary’ and ‘illiberal’ would be right — we have experience of exclusionary and illiberal religious states. But it’s a very important feature of the Jewish political tradition that the Jews are a people, a nation, and not just what Americans call ‘a community of faith.’ So if you imagine a Jewish state to be a nation state, then it’s like the Danes in Denmark, or like Bulgaria or Korea or any other nation state, which will have problems dealing with national minorities, but where the problems are not insurmountable; there are many examples of nation states that are liberal and democratic".

Sobre la noción del pacto, que J. considera una interpretación mía excesivamente voluntarista pero que forma de hecho parte de la tradición hermenéutica judía, absolutamente extraña en este punto a la cristiana:

"There is a very long tradition of argument about the place of consent in politics. And that begins in the Bible with the covenant which supposedly is an agreement of the Israelites to accept God’s law. That notion engenders a great deal of discussion in Jewish commentaries on the Bible and also, later on, in Christian commentaries. There is a continuous tradition of talking about what consent actually means, and even some recognition of the difficulty of what consent can mean when you are consenting to the rule of an omnipotent God".

Sobre la necesidad del estado y la pérdida de la identidad cultural forjada en el exilio (con tirón de orejas al viejo sionismo laborista):

"The Shtadlan was the court Jew; the figure, usually a man, who ran back and forth between the Jewish community and the gentile overlords, bribing or begging. It makes your skin crawl to read those texts because of the humiliation imposed on these figures. The Zionist aim was to make the court Jew unnecessary, and that was a worthy aim. You can’t read that literature without realising what statelessness is and the vulnerabilities that go with it; what it does to a people. So there is much to negate in the tradition – deference, fearfulness, an acceptance of humiliation. But there is also much that is valuable. These people survived and there was a lot of strength in the exilic communities, which the Zionists couldn’t see, in part because when Zionism appeared in the late 19th century, these communities, especially in the east and Eastern Europe and Russia, were in their decadence. But still, there is a tradition to engage with; if you engage with it there is at least a chance of producing a thicker culture that might be able to sustain itself across generations".

***

La entrevista termina con un tributo al rabino David Hartman, muerto hace dos meses. Fueron los textos de Hartman (a través de su análisis de las ideas de Mordechai Kaplan) y de Heschel, los que me acompañaron en el camino hacia la tradición judía. Traduzco a pelo del inglés un fragmento de su texto Rereading Pesach: Redemption and the Rational Mind, plagado también de conceptos que he discutido a lo largo de los años con J.:

El pueblo judío como pueblo elector (the choosing people), por oposición a la interpretación bíblica que hace la tradición cristiana del pueblo elegido (the chosen people):

"Lo que Kaplan quería era hacer real el judaísmo como una experiencia, no como una obsesión supranatural. No creía que la revelación consistiera en la irrupción de Dios en la historia. Pensaba que el judaísmo no proviene esencialmente de Dios; es, más bien, la oración que el pueblo judío dirige a Dios (...). No es que el pueblo judío exista para servir a Dios y obedecer los mandamientos; los mandamientos existen para ayudar al pueblo judío a acceder a un sentido de posibilidad respecto a su propio futuro moral. El judaísmo es la forma en que el pueblo judío mantiene la conciencia de Dios en nuestras almas".

Sobre la idea mesiánica como concepto "r-evolucionario" (y el peso de la misma en las utopías progresistas del XIX, no por casualidad lideradas en buena medida por pensadores judíos laicos):

"La redención no es la salvación mística al final de los tiempos. No es el Mundo por Venir o la Resurrección de los muertos (...). No es algo que sucederá al final de los días cuando nos pidan que hagamos las maletas y demos la bienvenida al mesías (...). La aspiración y esperanza mesiánicas deberían actuar como crítica normativa del statu quo de la historia. El mesianismo nos lleva más allá de las circunstancias dadas y genera una esperanza en las posibilidades humanas (...). No es un momento predictivo en la historia, sino una aspiración religiosa a rehacerla".

Lo que me recuerda la siguiente anécdota, protagonizada por un rabino norteamericano y unos jóvenes alumnos gentiles. Uno de los muchachos cristianos le preguntó al rab cuándo estaba prevista la llegada del Mesías. El rab le explicó que, según la tradición judía, éste no se presentaría mientras no desaparecieran la guerra y el odio de la faz de la Tierra.

- Y entonces, preguntó el muchacho, ¿para qué iba a venir?
- Exacto, le contestó el rab.

No sé si los alumnos entenderían.
  
David Hartman