sábado, 25 de mayo de 2013

Trabajos forzados


Foto: Eugene Smith
 

Querido J.:

Me preguntas si no me da miedo, que es una forma de preguntarme si temo a la muerte. Rotundamente, no. La he tenido a un palmo tres veces. En dos ocasiones, se presentó con disfraz de camorrista, y en la tercera en zuecos y bata blanca. En ninguna reaccioné de forma histérica ante ella, sino más bien con cierta socarronería (dentro de que la Raya no lleva bien el tuteo). No es una situación divertida, pero tampoco razón suficiente para que yo evite ciertas actividades. Imagino que caer en barrena tras un fallo de motor debe ser estresante, pero estoy casi seguro de que no perdería los papeles y en los últimos segundos pensaría algo así como: Bueno listo, qué querías, haber elegido playa
 
Creo que en esto, como en otras cosas, me parezco a mi padre, no sé si por genética o por aprendizaje. Aunque también pienso que se debe a que soy básicamente feliz, a pesar de haber capeado algún que otro temporal del ánimo, como todo el mundo. Algo ahí dentro, algo que no controlo y que atribuyo a la mera fortuna, tira una risa de mí hasta en los momentos más inoportunos, saca de mí fuerzas cuando las tenía por completamente agotadas. Poco dado a dar crédito a la influencia de lo psíquico en la curación, W. admitía ante sus colegas que esa especie de "desprendimiento" de la realidad había jugado un papel mayor en la mía.

Hace unas semanas leía algo del inclasificable Michaux (de quien por cierto acabo de saber que terminó tomando lecciones de vuelo en Suiza a los setenta años) que me chocó por la claridad con que identifiqué la imagen.

"Por una maraña de poleas, de pértigas, de tablas, de amarras que se pierden a lo lejos en el inmenso cielo gris, asciende. / No es una escalera de Jacob, sino un andamio inseguro. Y por ahí es por donde trepa: a cada cual sus trabajos forzados. / ¿Por qué accede a confiar en esas agujas, en esos cabos al aire que nada prueba a la vista o al cálculo (más bien al contrario) que estén sujetos a un punto realmente fijo y sólido y fiable? Sin duda no tiene elección, y avanza titubeante por el espacio, en un silencio perfecto, sin echar la vista atrás ni una sola vez".

Hay personas con mala suerte, gente a la que la vida ha colocado ante circunstancias terribles. Luego están esos otros a quienes las propias tendencias de su personalidad, la envidia, la propensión a la ira, la naturaleza medrosa o hipocondríaca, la intolerancia al fracaso, una convivencia difícil con el cuerpo y sus impulsos, una disposición a enclaustrarse en la cárcel de su mente (la bilis negra), qué se yo, condenan a un trabajo tantálico del espíritu. 

También yo tengo mis trabajos forzados, esos mismos que me han hecho coincidir con la Raya en más ocasiones de las que tal vez me corresponderían estadísticamente. Pero los elegí con plena conciencia, a sabiendas de que en adelante habría de caminar lastrado. Avanzo titubeante por ese espacio de cabos al aire sin envidiar a quienes pisan allí abajo tierra más firme, y no me preocupa en exceso que unos pasos más allá desaparezca el andamio. En comparación con los que soportan otras personas, mis trabajos se me antojan livianos. Siendo judío te sonará: como son mis obligaciones, a veces hasta las confundo con placeres.

Shabat shalom,
PJ