martes, 9 de abril de 2013

Trampas antiguas



Una gran obra no envejece, pero sus traducciones sí. La primera no lo hace porque hay algo en ella que sobrevuela el espíritu de la época. Las segundas sí porque es habitual que el traductor no pueda evitar ser fiel al de la suya. Esta semana he terminado de leer unas Catilinarias (las de Salustio) de sabor napoleónico traducidas al francés por Lebrun en 1809, y un Arte de amar editado en inglés en 1928 en que Ovidio parece un colaborador del Reader's Digest desgranando consejos sobre cómo curar el mal de amores.
 
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Por encima del espíritu de la época. En realidad, las obras antiguas que lo están es porque han prescindido de los pigmentos del mundo real, y esa abstracción permite a las generaciones posteriores encontrar equivalencias. Así que su virtud deriva, por así decirlo, de un vicio. Una mentira o, en el mejor de los casos, una trampa, motivada por razones menos conscientes o por un afán aleccionador.

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Es en ese proceso de reconocimiento de lo antiguo en lo contemporáneo donde el traductor sucumbe al espíritu de su época. Reconocemos el paradigma por haberlo observado de antemano en una persona/unas circunstancias reales (o bien, en el proceso inverso, el paradigma que hasta ahora sólo habíamos encontrado por escrito ilumina esa persona/circunstancias). Ese reconocimiento impregna el idioma al que traducimos la lengua antigua de un material que envejecerá con el tiempo. 


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Ni las Catilinarias de Salustio ni las de Cicerón son creíbles. Tampoco Julio César cayó por aspirar al poder absoluto como nos hacen creer Suetonio y Shakespeare, sino por representar intereses contrarios a los de los grandes clanes optimates. Pero no importa. Aunque la historia difiera de la leyenda, suspendemos con gusto el juicio y nos atenemos a ésta. Los hombres preferimos tramas sin demasiado claroscuros y gestos inequívocos de grandeza o miseria, ambición o humildad, astucia o estupidez. Sabemos que César era un hombre inteligente y complejo, conocemos los entresijos de la política romana que le enfrentaron a parte del Senado, no se nos escapan los oscuros intereses de los conspiradores, pero le preferimos rechazando tres veces la corona real, sordo a los augurios del ciego y al sueño premonitorio de Calpurnia, desdeñoso del mensaje que le hace llegar Artemidoro. Cada uno de esos gestos es la metáfora de un rasgo de carácter: falsa modestia, ambición, soberbia. De ese César y de sus asesinos podemos sacar conclusiones. El César real (y el Bruto real), con sus infinitas tonalidades, nos dejan sin palabras.