domingo, 14 de abril de 2013

Desierto estoy de mí



"Desierto estoy de mí" (Quevedo). Una imagen tan poderosa que cuesta pensar que pudiera haberse escrito de otra forma. 
 
Dice Artur Schnabel (en Music and the Line of Most Resistance), que la música consiste en imágenes mentales auditivas. "Ideas tonales" que preceden a su materialización en forma de partitura o sonidos. De hecho, ésta es absolutamente secundaria, tanto como lo es el hecho de que, una vez materializada, se interprete o no frente a una audiencia. La obra musical existe con independencia de que podamos leerla u oírla.

En cierto sentido, es algo que podría predicarse de cualquier arte, si no se tiene un poco de cuidado con los matices. En la escultura, me dice un amigo que se ocupa de ella, no está tan claro que pueda distinguirse la obra pensada de la ejecutada. Para empezar, porque existe un órgano exterior (la mano) que "piensa", que parece tomar decisiones no conscientes a partir de un material que no es perfectamente pasivo ni se acopla a una imagen mental preformada. El cuerpo, dice, no puede terminar de idearse hasta que no entra en proceso la manipulación física de la materia de la que queremos extraerlo.

Pero, además, los sentidos físicos juegan un papel previo a la composición. La representación, cualquiera que sea el grado de abstracción, requiere la experiencia previa de lo representado a través del sentido de la vista o, en el peor de los casos, del tacto. Lo que explicaría por qué un sordo (incluso de nacimiento) podría componer una pieza perfectamente canónica e indistinguible de la composición de quien sí oye (o ha oído), mientras que sería difícilmente concebible que un ciego de nacimiento representara un paisaje tal y como lo percibe el ojo humano que ve (o vió).

Pero quiero volver al principio. Desierto estoy de mí. Es obvio que el lenguaje común comparte las cualidades "ideales" de la música. Es posible componer una obra literaria sin necesidad de ponerla por escrito. Lo han hecho generaciones de hombres encerrados en cárceles y campos de concentración.  Pero ¿y una vez escrita? En este punto, la literatura se separa de la música. Materializada, ésta es el reflejo perfecto de su concepción ideal (admitiendo los matices de interpretación) y ese reflejo es el que llega a quien escucha (admitidas las diferentes sensibilidades). "Desierto estoy de mí", en cambio, se multiplica en tantos pasados, pérdidas, fracasos y amarguras como hombres lo lean, que ninguna convención sobre el significado de las palabras que lo componen y ninguna sintaxis pueden contener.