viernes, 8 de marzo de 2013

Ramerías

Foto: Weegee

Fumamos en una esquina del Pâquis, charlando animadamente. Se nos acerca una prostituta brasileña, tan alta y con un timbre de voz tan grave que me cuesta descartar que sea un travelo. Querría llevarse a uno de mis acompañantes, pero ha dado en hueso. Le da igual, se queda pegando la hebra con nosotros en un dialecto mixto de francés y portugués salpicado de expresiones españolas aquí y allá (joder, ¿cómo estás?, cabrón, cariñoss, ¿bien?, hola-qué-tal, vente conmigo).
 
Pero mi atención se centra más bien en ese Rolls-Royce Ghost parado en la acera de enfrente, con el motor encendido desde hace un buen rato, y en sus ocupantes: dos hombres en la treintena, tal vez turcos, o armenios, que responden a mi mirada curiosa con otra de malo de película. Como las películas no me dan miedo ni en la vida real, me apoyo en la ventanilla. El diálogo se desarrolla en francés:

- ¿Qué tal?
- Le ruego que no se apoye.
- No se preocupe, no lo voy a hacer.
- Se está apoyando.
- No, pero lo haré si me cansa. ¿Esperan ustedes a Alguien?

(No hay respuesta)

- Lo digo por lo del motor. Es un poco molesto, ¿sabe? ¿Podrían apagarlo mientras Alguien baja?
- No, no podemos. Retire el brazo, por favor.
- Es una lástima. ¿Sabe si Alguien va a bajar pronto, o nos aconseja cambiar de acera?
- Le he pedido que se retire. ¿Quiere que llame a la policía?
- Entonces le harán mover el coche, y eso no es lo que usted quiere. Dígame quién es Alguien y le juro que hago como si me gustase el runrún. 

(No hay respuesta)

Lanzo una sonrisa al copiloto.
 
- Es simpático, su amigo.
 
Regreso a la esquina. La brasileña me dice que probablemente Alguien se ha entretenido en ese edificio (me señala una fachada de los años setenta que por su deterioro pareciera haber sido levantada en tiempos de Vespasiano). Es todo de habitaciones. Se vuelve a mi amigo:

- Alors, mon chouchou, on y va?
- Non, on n'y va pas.
- ¿No reconoces el coche? No pasa desapercibido.

La brasileña lo mira.

- Puede que sea del tío de la Van Cleef. Se ha enamorado de una puta vieja.
- ¿Cómo de vieja? - le pregunto, suspicaz.

Lo peor se confirma:

- Treinta años.
- Cojonudo.

En ésas estamos cuando veo que los dos gorilas se inquietan. El copiloto ha salido del coche, abre el maletero. El piloto responde por un micrófono que no veo a lo que deben estar diciéndole por un pinganillo en el que sí me había fijado. Miro a derecha e izquierda pero no veo ningún trajín extraño. Los camellos siguen haciendo su trabajo en la esquina en diagonal a la nuestra. Los corrillos de putas prosiguen su cháchara. Hay un portugués borracho que antes no estaba en la escena y que grita no sé qué sobre el entrenador del Setubal, pero es improbable que sea la causa de tanto movimiento. 
 
La brasileña adopta una estrategia innovadora:
 
-  Et toi, veux tu monter dans ma chambre?
 
Miro al segundo de mis acompañantes, pero resulta que él me está mirando a mí. Y que ella también me mira a mí.
 
- Se lo agradezco, pero me pilla en una época larga de abstinencia homosexual. Mire, parece que baja Alguien.
 
Porque, en efecto, en ese momento la puerta del edificio Vespasiano se ha abierto, el piloto también ha abandonado su asiento y un tercer conchabado aparece en el umbral empujando una silla de ruedas vacía, otea la calle brevemente y se gira hacia dentro para dar el plácet a quienes le siguen. Que son un cuarto gorila, por sus dimensiones y gesto adusto el lomo plateado de la manada, y, en sus brazos, una jovencísima rubia de la que cuelgan dos piernas muertas. La silla queda acoplada en el maletero, la heredera es introducida suavemente en el asiento de atrás, el Rolls ruge por última vez en la esquina de la rue de Berne y el copiloto se vuelve hacia mí:
 
- Ahora ya lo sabe.