sábado, 30 de marzo de 2013

Estos días

21 de marzo




Definitivamente, la estética oriental no es lo mío. No es sólo ese gusto estrambótico que les lleva a mezclar el rojo con el naranja. Algunas mañanas debo atravesar por fuerza un jardín que han dado en bautizar zen. Es muy pequeño, pero tiene introducción, nudo y desenlace. Lo sabes aunque no captes en qué consiste el guión. Me molestan esos espacios que pretenden decirte algo, no sabes muy bien qué, en un idioma que no entiendes.

Lo estamos cruzando cuando me pregunta, curioso. La estrategia llorona y victimista de la propaganda tibetana, le explico, nunca ha conseguido hacerme simpática a esa casta de monjes con cara de no haber arrancado las patas a una mosca en su vida, tan brutal con la población aborregada cuando las cosas les iban mejor. Y luego está el barón Ungern von Sternberg, un aristócrata letón rabiosamente antiblochevique que viajó en 1918 a Mongolia para combatir junto a los blancos. También era budista, pero de ese budismo que no le hace ascos a ciertas formas refinadas de tortura. Los mongoles, y hasta los propios blancos, le temían. Soy Ungern Khan. Mi nombre es Odio y Terror. Borracho de poder, envenenado por la violencia, intoxicado de dogma, acabó por formar una legión de iluminados que se retiró a las estepas, trabajando por libre en la lucha contra el Ejército Rojo. Von Sternberg, le digo, es una combinación del Kurtz de Conrad, Calvino y Lope de Aguirre. El Bogd Khah, otro pájaro budista de cuidado, ordenó unos días de luto y oración cuando los bolcheviques lo ejecutaron.

 
 
 
 
23 de marzo
 
Dejo Ginebra con pesar. Mi próxima cita obligada no será hasta el verano de 2014. Largo me lo fían. Regresaré antes aunque no tenga obligaciones que cumplir en ella.
 
24 de marzo
 
De paseo por el Retiro, desde la entrada de Alcalá rumbo al Observatorio, acompañado por un poeta colombiano recién aterrizado de Medellín que habla de Jaramillos, Buitragos, Restrepos, un sinfín de nombres del más allá que bailan en mi mente como los patronímicos de Guerra y Paz o los nombres de las gentes romanas.
 
"Te voy a decir en qué reside nuestra ventaja: el instrumento. Un lápiz, una pluma, una Olivetti, un PC, una cuartilla o una servilleta de papel, no verás a los escritores dedicar ni un minuto al mediador. En cambio, mira los fotógrafos, los cineastas, siempre eludiendo cruzarse con el toro con la excusa de que la muleta es demasiado chica, el estoque demasiado pesado, el traje aprieta, las zapatillas escurren en el ruedo. ¿Cuánto tiempo has dedicado tú a hablar de la obsolescencia programada de tu cuaderno? La posesión del mejor de los aparatos no te convierte en fotógrafo, del mismo modo que una Montblanc-Van Cleef o el último grito en procesadores de textos no saca de ti versos menos trillados".
 
25 de marzo
 
Roma. Nos acercamos a ver la prospettiva de Borromini en el Palacio Spada. La chica que hace la demostración debe repetirla tres veces hasta que S., omnubilado, queda satisfecho. Durante la tercera, le acompaña un gato castrado que al llegar al sendero de setos que desemboca en el punto de fuga se transforma en un tigre de dimensiones cavernarias. La fuente del Borromini en Piazza Navona le interesa mucho más que la primera vez que la vio. 
 
 

 
26 de marzo
 
No quiere salir del Coliseo. Su atención se dirige fundamentalmente a los gatos que pasean por entre los pasadizos en tiempos subterráneos y hoy al descubierto. Bautiza a un cachorro negro y sarnoso que toma el sol en una de las gradas como gatitus minimus. Después, se interesa por el lugar desde el que el emperador decidía sobre la vida y la muerte de los gladiadores. Satisfecho, anuncia que piensa que ya hemos visto prácticamente todo lo que había que ver en la ciudad. Por la noche, regresamos una vez más al Panteón.
 
27 de marzo
 
Se queda mirando con tanta atención a los curas y monjas que nos vamos cruzando en distintos puntos de la ciudad que éstos no pueden evitar fijarse a su vez en él. ¿Es Carnaval aquí?, me pregunta. Le explico brevemente los tipos de hábitos que vemos con más frecuencia. Y decido que, a la vista de la sorpresa que le causan, es preferible evitar los alrededores del Vaticano hasta que se acostumbre.
 
En Santa Maria sopra Minerva, me detengo a hablar un buen rato con un dominico para que vea que no tienen por qué ser peligrosos. Resulta ser un hombre muy agradable, septuagenario, dispuesto a explicar a S. en un español rudimentario una representación de la última cena. Grave error no interrumpir disimuladamente el relato, porque cuando llega a la figura de Judas, S. recuerda el chiste y le espeta: "¿Judas el de seré yo-seré yo?". Por fortuna, el fraile no conoce la broma.
 
Una vez más, los camareros del restaurante donde cenamos en el Panteón, sorprendidos por sus conocimientos de calcio, le invitan al helado. Quiere conocer mi opinión sobre el Papa. Eludo como puedo una crítica directa, pero acaba sonsacándome que no es santo de mi devoción. ¿Por qué? Después de pensarlo un rato, le digo que la humildad impostada es un rasgo de carácter que me resulta particularmente cargante.
 
29 de marzo
 
Capo di Bove, sobre la Appia Antica, un poco más allá del sepulcro de la Metella. Aunque no hago ningún comentario al respecto, se da cuenta en cuanto entramos en el jardín de la casa del mucho dinero que deben manejar sus propietarios. M. es inglesa y la encontramos, como era de esperar, jardineando, llena de barro hasta los codos y calzada con botas de agua de pescador. Me pregunta por mis proyectos mientras subimos hasta un promontorio desde donde se divisa la villa con sus termas. Me ofrece la casa pequeña para que les dé punto final durante los meses de primavera y verano. Le agradezco el ofrecimiento, que sé sincero, pero nada me puede desagradar más que encontrarme en esa situación de pseudomecenazgo en la que tantas veces he visto al mecenado hacer de buffone del señorito de turno.

30 de marzo

Hay pocas cosas tan bonitas como ver a un pichón comenzar a ensayar su repertorio. La mayoría comienza haciendo giros fáciles (dúos, castañuelas, algún floreo) y algo acelerados con un timbre muy metálico. Pero si tienes oído y paciencia, puedes hacerte idea de cuáles van a ser los mejores tenores. Son los pollos que por instinto tienden al canto lento, a realizar combinaciones de giros que nunca han escuchado, a probarse en registros más graves, a rechazar por facilonas las consonantes. Lo crean o no, los timbrados crean, improvisan, componen. Que lleven esa capacidad de composición inscrita en los genes no le resta ningún mérito. Al fin y al cabo, lo mismo podría decirse de nosotros. Aquí está la prueba, en un pollo de timbrado de siete meses no entrenado y al que nunca me he molestado en aislar de los adultos menos dotados :


 

domingo, 24 de marzo de 2013

Lecturas ginebrinas (4)






De las lecturas de este mes pasado, extraigo las siguientes notas apresuradas, tomadas en el 1 camino de la Rue de Lausanne, en el 25 de vuelta a Saint-Jean, en las pausas del café, en las esperas de las citas en el Remor, que no he tenido ni tiempo ni demasiadas ganas de pulir:

En el extraño Libro de Yukel, de Edmond Jabès, judío egipcio y forzado al exilio como André Aciman y Gabriel Josipovici, subrayo:

«Nosotros teníamos una tierra y un libro. Nuestra tierra está en el libro.» (Reb Riel)

De lo cual escribí hace un tiempo.

«En el diálogo que pretendo, está abolida la respuesta; pero, a veces, la pregunta es el fulgor de la respuesta. Mi camino está cribado de cristales.» (Reb Librad)


***

"Un bel morir tutta una vita onora". Con esta cita de Petrarca encabeza Mutis su serie sobre Maqroll el Gaviero. ¿Pero en qué consiste el bel morir? ¿En una disposición estoica del ánimo, en no perder los papeles? ¿En hacerlo por una buena causa? ¿En la elección de una forma elegante de quitarse de en medio? No veo en la muerte de D. nada bello, sino una sucesión de errores de juicio que desembocó en un final violento, absurdo y feo. 

***

Sobre la diferencia entre el símbolo y la metáfora, Tarkovsky:

“We can express our feelings regarding the world around us either by poetic or by descriptive means. I prefer to express myself metaphorically. Let me stress: metaphorically, not symbolically. A symbol contains within itself a definite meaning, certain intellectual formula, while metaphor is an image. An image possessing the same distinguishing features as the world it represents. An image — as opposed to a symbol — is indefinite in meaning. One cannot speak of the infinite world by applying tools that are definite and finite. We can analyse the formula that constitutes a symbol, while metaphor is a being-within-itself, it's a monomial. It falls apart at any attempt of touching it.”

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Dice José Gaos: "En amor es inútil pedir piedad; si hace falta pedirla es porque aquel a quien se le pide ya no la tiene".

Pero si uno se descubre pensando en ello, aunque sea incapaz de darla, ¿no será que aún conserva una brizna de compasión?


***

Sobre el fracaso y la actitud ante él hace pensar, y mucho, la lectura del Limonov de Carrère. Ahora que la distancia me permite ver a quien tanto admiré como un personaje más folletinesco y desventurado que malévolo:

Era tan incapaz de digerir las dimensiones de su fracaso personal, profesional, artístico, que debía atribuir toda su causa a la perfidia del Otro. Por eso en su vocabulario figuraban con tanta frecuencia las palabras verdad, enemigo, bien, mal, traición, falsedad, y sus escritos estaban plagados de aforismos concluyentes sobre estas nociones que procuraban dar al fracaso la dignidad de la victoria. Y por eso consideraba también que un ser tan acechado merecía todas las atenciones. Era el centro de su propio universo, un universo desangelado en el que brillaba una única estrella, una de esas estrellas hace tiempo muertas cuya luz a veces engaña los sentidos.


Foto: Andréi Tarkovsky
 

domingo, 17 de marzo de 2013

Paraklausithyron

 

Ayer, junto a las puertas cerradas, me preguntaba si debería hacer algo para volver a abrirlas.   

viernes, 8 de marzo de 2013

Ramerías

Foto: Weegee

Fumamos en una esquina del Pâquis, charlando animadamente. Se nos acerca una prostituta brasileña, tan alta y con un timbre de voz tan grave que me cuesta descartar que sea un travelo. Querría llevarse a uno de mis acompañantes, pero ha dado en hueso. Le da igual, se queda pegando la hebra con nosotros en un dialecto mixto de francés y portugués salpicado de expresiones españolas aquí y allá (joder, ¿cómo estás?, cabrón, cariñoss, ¿bien?, hola-qué-tal, vente conmigo).
 
Pero mi atención se centra más bien en ese Rolls-Royce Ghost parado en la acera de enfrente, con el motor encendido desde hace un buen rato, y en sus ocupantes: dos hombres en la treintena, tal vez turcos, o armenios, que responden a mi mirada curiosa con otra de malo de película. Como las películas no me dan miedo ni en la vida real, me apoyo en la ventanilla. El diálogo se desarrolla en francés:

- ¿Qué tal?
- Le ruego que no se apoye.
- No se preocupe, no lo voy a hacer.
- Se está apoyando.
- No, pero lo haré si me cansa. ¿Esperan ustedes a Alguien?

(No hay respuesta)

- Lo digo por lo del motor. Es un poco molesto, ¿sabe? ¿Podrían apagarlo mientras Alguien baja?
- No, no podemos. Retire el brazo, por favor.
- Es una lástima. ¿Sabe si Alguien va a bajar pronto, o nos aconseja cambiar de acera?
- Le he pedido que se retire. ¿Quiere que llame a la policía?
- Entonces le harán mover el coche, y eso no es lo que usted quiere. Dígame quién es Alguien y le juro que hago como si me gustase el runrún. 

(No hay respuesta)

Lanzo una sonrisa al copiloto.
 
- Es simpático, su amigo.
 
Regreso a la esquina. La brasileña me dice que probablemente Alguien se ha entretenido en ese edificio (me señala una fachada de los años setenta que por su deterioro pareciera haber sido levantada en tiempos de Vespasiano). Es todo de habitaciones. Se vuelve a mi amigo:

- Alors, mon chouchou, on y va?
- Non, on n'y va pas.
- ¿No reconoces el coche? No pasa desapercibido.

La brasileña lo mira.

- Puede que sea del tío de la Van Cleef. Se ha enamorado de una puta vieja.
- ¿Cómo de vieja? - le pregunto, suspicaz.

Lo peor se confirma:

- Treinta años.
- Cojonudo.

En ésas estamos cuando veo que los dos gorilas se inquietan. El copiloto ha salido del coche, abre el maletero. El piloto responde por un micrófono que no veo a lo que deben estar diciéndole por un pinganillo en el que sí me había fijado. Miro a derecha e izquierda pero no veo ningún trajín extraño. Los camellos siguen haciendo su trabajo en la esquina en diagonal a la nuestra. Los corrillos de putas prosiguen su cháchara. Hay un portugués borracho que antes no estaba en la escena y que grita no sé qué sobre el entrenador del Setubal, pero es improbable que sea la causa de tanto movimiento. 
 
La brasileña adopta una estrategia innovadora:
 
-  Et toi, veux tu monter dans ma chambre?
 
Miro al segundo de mis acompañantes, pero resulta que él me está mirando a mí. Y que ella también me mira a mí.
 
- Se lo agradezco, pero me pilla en una época larga de abstinencia homosexual. Mire, parece que baja Alguien.
 
Porque, en efecto, en ese momento la puerta del edificio Vespasiano se ha abierto, el piloto también ha abandonado su asiento y un tercer conchabado aparece en el umbral empujando una silla de ruedas vacía, otea la calle brevemente y se gira hacia dentro para dar el plácet a quienes le siguen. Que son un cuarto gorila, por sus dimensiones y gesto adusto el lomo plateado de la manada, y, en sus brazos, una jovencísima rubia de la que cuelgan dos piernas muertas. La silla queda acoplada en el maletero, la heredera es introducida suavemente en el asiento de atrás, el Rolls ruge por última vez en la esquina de la rue de Berne y el copiloto se vuelve hacia mí:
 
- Ahora ya lo sabe.