martes, 26 de febrero de 2013

Tentaciones

 
Me había enviado a mediodía las siguientes indicaciones para que las siguiese el día de mi llegada, también domingo:
 
"Sigue este buen consejo. Vete ahora mismo por la calle que sale a la izquierda de Il paradisio [sic]hasta el fondo. A unos 300 metros llegas a un parque, al que bajas por unas escaleras. Allí pasa la vía de un tren. Sigue la vía hacia la izquierda y cruza el puente sobre el Ródano. Al llegar del otro lado no tienes más opción que subir por una rampa que va serpenteando montaña arriba a través de un bosque y que finalmente termina justo delante de una auberge de madera. No sé si pueden tener algo de "chasse" en esta época. En cualquier caso, se come muy bien".
 
No lo hice, pero hoy, aunque debíamos estar bien por debajo de los cero grados, he metido en la bolsa una cámara instantánea que me agencié para que fuera por completo imposible captar ningún momento decisivo y los menos matices de luces o sombras, el mamotreto de las memorias de Alexander Wat y un paquete de tabaco, y me he echado a las calles. Desiertas.
 
 
***
 

Intento no ceder a ninguna de las tentaciones que se me presentan, sabedor como soy de mi mala orientación. Una sola desviación y acabaré en la otra punta de la ciudad, a kilómetros de mi destino. Primera bifurcación: debo tomar Devin-du-Village, un nombre que no me dice nada, y dejar la mucho más evocadora Rue du Contrat Social. Desde la parte alta del parque se divisa ya el Ródano, que en este punto exacto, bajo el bosque de la Bâtie, confluye con el Arve. Aguas de color gris marengo flanqueadas por un bosque de castaños desnudos y, allí arriba, un resplandor anémico, como si la luz, esta mañana, nos llegase de una estrella mucho más lejana que el Sol. Todo el paisaje tiene algo de espectral y tengo de nuevo que contenerme para no abandonar la indicación de la vía del tren y echar a andar en paralelo a la orilla.
 
 
 
El Ródano y el Arve
 
 
 
En el puente (precisamente llamado de la Jonction) me cruzo con los primeros seres vivos, la mayoría de ellos pertenecientes a la subespecie corredores de domingo. A su paso echo un vistazo entre aburrido y conmiserativo. Llevo un pitillo en la boca pero las manos caladas hasta el fondo de los bolsillos del abrigo y el rostro cubierto por una capucha. Sospecho que ellos también me consideran alguna subespecie, y poco tranquilizadora - fumador que no prescinde de prender un pitillo caiga la que caiga. Pues a esta hora, una del mediodía, ha empezado a nevar, copos ligeros, casi transparentes, que se deshacen al contacto con los sólidos. Lábiles pero persistentes; los que desaparecen son inmediatamente sustituidos por nuevas falanges silenciosas. Cuando al fin llego a la cabaña de madera la temperatura debe haber descendido otros tres grados, y no siento los labios.
 
 

Pont de la Jonction
 
 
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El plato de pato que me han servido (la única caza en la carta) no es exactamente suculento. Me arrepiento de haberme traído el libro de Wat. Es posible que sea una mina para los historiadores sociales del Este, o para esos esforzados profesores de los departamentos de lengua y filología eslavas de las universidades estadounidenses. Pero para mí carece por completo de interés la evolución del dadaísmo en Cracovia, la querencia del campesinado polaco por el Pan Tadeusz, su Ilíada y Biblia a un tiempo, o el surgimiento del comunismo organizado en los sindicatos de costureras. Hubiera debido traer la novela de Dovlátov, con su desternillante descripción de las visitas "culturales" de los obreros procedentes de toda la Unión Soviética a la hacienda de Pushkin. Me quedan 15 páginas para acabarla y quiero postergar el final todo lo que sea posible.  

Mientras cierro las memorias de Wat y me dedico a intentar averiguar cómo se habrán ganado la vida los dos viejos matrimonios de suizos que comen a mi lado, me lamento de que las novelas de Dovlátov sean tan pocas y tan cortas. Imagino un Dovlátov imposible (su alcoholismo no se lo hubiera permitido), de proporciones tolstoianas. Luego me consuelo: tal vez la combinación de humor ácido y nostalgia inconsolable sería insoportable en semejantes dosis.
 
 
 
 
 
***
 
Deshago el camino mientras el cuerpo me manda señales contradictorias. Los cuatro decilitros de vino del Vaud me han recalentado por dentro, pero ahí fuera la cosa está aún peor que cuando llegué, y esta vez el entumecimiento se ha extendido a toda la cara. Me siento como si acabara de salir de una sesión salvaje de endodoncia. En ese tan inoportuno momento empiezan los móviles (el español, el suizo) a anunciar mensajes, una, dos, tres, seis veces. Amantes más o menos estables, más o menos deseados.
 
V. habla de carisma, espiritual y físico. ¿Me siento halagado? No por mucho tiempo. Más bien pienso que soy como esas frutas que pillas justo a tiempo, ni aún verdes ni ya mustias y caramelizadas, que dentro de un par de días sólo recibirán visita de los pájaros menos exquisitos y de los insectos.