domingo, 3 de febrero de 2013

¿Oyes las olas?



Esta noche ha venido a visitarme. La conversación me ha dejado un sabor de boca dulce; no sólo porque hacía treinta años que no nos veíamos, sino porque eso significa que quizá haya heredado de ella la facultad de hablar con los muertos.

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Reza:

Mecanografía y traducciones
Gloria Díaz de Villalvilla
Profesora de francés e inglés y de mecanografía
ofrece los servicios de su profesión a su numerosa clientela y al público en general
Despacho: Calle de En Sala, 5, 3º


El anuncio apareció hace un siglo (1913) en El Eco de Levante. Tenía entonces dieciocho años. Había aprendido francés en Bruselas e inglés en Nueva York, ciudades donde pasó doce años de su vida. Pagó sus estudios el segundo marido de su madre, Josep Maria Carbajosa, de Valencia. Años después, reproduciría con sorprendente fidelidad la vida de su madre. Se casó en Cuba con un valenciano también mucho mayor que ella, tuvo allí a dos de sus hijos, regresó a España, huyó a Barcelona durante la guerra civil, trabajó para La Seda como traductora de inglés técnico, llegó la acusación de bigamia, perdieron hasta los cordones, emigraron de nuevo a la isla, enviudó joven.

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Había nacido en Bueycito, Manzanillo, provincia de Oriente (hoy Granma), isla de Cuba, la nieta de un conocido masón independentista ahorcado por los españoles y de (otra) Gloria, la apodada la santa por tener visiones y dizque ser capaz de anticipar el futuro.

Era definitivamente una creacionista. Afirmaba con total seriedad que era posible que algunas personas compartiesen un tronco común con los simios: "Pero yo no". De inteligencia afilada y carácter emprendedor, creía sin embargo firmemente en los espíritus, a quienes convocaba con las cartas. Dejó de echarlas cuando le revelaron la muerte de quien en ese momento tenía enfrente y el pronóstico se cumplió.

Todo lo morboso le atraía. El secuestro del hijo de Lindberg, el hundimiento del Titanic, el asesinato de la familia que tenía por vecina en Nueva York, las historias de muertos, resucitados y momias. Preparaba cuidadosamente el escenario. Apagaba todas las luces de la casa y me hacía sentarme junto a ella, bajo el cono de luz procedente de una farola: "¿Te he contado lo que les sucedió a mi padre y sus amigos una noche en que saltaron el muro del cementerio de Manzanillo?". No, mentía yo, deseoso de oír una vez más como uno de ellos había muerto de un infarto al tropezar y caer en una sepultura recién excavada.

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Qué extraño sentido del humor. Por alguna razón le divertía entrar en el despacho en que todo estaba dispuesto para librar una gran batalla de soldaditos (vaqueros e indios, nazis y aliados), echar una etapa alpina del Tour o jugar un partido decisivo de Liga, y liarse a puntapiés hasta sumir el escenario que tanto nos había costado componer de chapas, curvas, trincheras, empalizadas, garbanzos y porterías en un caos irreconocible. Ante nuestras airadas protestas, reía: "No se pongan así; aún les quedan dos horas para armar todo antes del almuerzo".
 
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De sus hermanos mayores, María, Carlos y Ángel, sólo el último residía de forma estable en la isla cuando estalló la revolución. María vivió en Chicago muchos años hasta que enviudó. Luego recaló, como tantos cubanos, en Miami, casada con un joyero americano de nombre Maurice (pero de todos conocido como "el tío Mauricio"). Carlos, químico, trabajó para distintas multinacionales fabricantes de cosméticos, y residió en la costa Este hasta su muerte. Los descendientes de Ángel aún viven en la isla, desperdigados entre La Habana, Santa Clara y Manzanillo. Respecto a su madre, la viuda de Carbajosa (una nueva Gloria, apodada la roja por el color de su pelo), regresó a Cuba al enviudar. La enterraron en el cementerio de La Habana.

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En ocasiones mi abuela (la sexta Gloria en la cadena sucesoria, ésta sin apodo conocido), que vivía dos portales más allá, me mandaba a dormir con ella. Olía a galleta y a limpio. Nos desvestíamos los dos en silencio frente al espejo del armario de dos puertas. Veía su cuerpo viejo, la piel traslúcida, desaparecer bajo un camisón, una prenda exótica para mí.
 
- PJ, ¿duermes?
- No.
- Ahora imagínate que en lugar de estar aquí estamos a bordo de un transatlántico. ¿Estás imaginándolo?
- Sí.
- ¿Oyes las olas?
- Sí, perfectamente.
- ¿Notas cómo se mueve?
- Sí.
- Yo ya estoy mareándome. ¿Sabes quién es Enrico Caruso?
- No.
- Un tenor italiano. Viniendo de América coincidimos con él en el barco. Yo tenía cinco años. Cuando nos despedimos me dijo: "Si algún día tengo una hija, se llamará Gloria, como tú".
 
No lo puse en duda, pero los adultos de la familia a quienes conté la anécdota la tacharon de fantasiosa. Muchos años después, en duro combate contra mis convicciones infantiles para diferenciar sus fantasías de sus recuerdos reales, comprobé que no me había mentido.
 
 
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Los manzanilleros tienen fama de bailongos y soneros. Recuerdo muy bien la lección de baile que aprendí de ella: el cuerpo entero moviéndose como si una serpiente lo anduviera recorriendo, pero en medio metro cuadrado. Sin esas estridencias y movimientos pélvicos que han acabado por imponerse incluso en la isla, en las generaciones más jóvenes, y que tanto deslumbran a los primermundistas. Había que verla bailar cantando aquello de "las aves pueden volver al nido, pero las almas no vuelven más".




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Era el último día de vacaciones en España antes de regresar a Bruselas. "Siéntate aquí, a mi lado". Una vez más, obedecí.

Empezó entonces a interrogarme, en francés, por la escuela. Le expliqué: no quería que me cambiasen a otra, como en ese momento planeaban mis padres; no quería tener nunca otro profesor que no fuera monsieur Langelai. Pero usted (en el cambio al francés habíamos pasado a ustedearnos) se hará mayor, rió: habrá un momento en que monsieur Langelai ya no pueda enseñarle nada. Me revolví apasionadamente contra esta injusta suposición: usted no conoce a monsieur Langelai, es un hombre muy inteligente. Habla incluso algo de español, le estoy enseñando (así era). La conversación discurría con perfecta coherencia, y ella parecía realmente interesada en lo que le contaba, probablemente comparando su propia experiencia bruselense con la mía. Y entonces, de sopetón:

- "Et dites-moi: est-ce qu'il y a beaucoup de communistes dans cette école à vous?"

Entonces es cuando me di cuenta de que ya no era la misma.
 
Murió unos meses más tarde, cuando yo acababa de cumplir los doce años.
 
 
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Ayer cayó una tormenta tropical. Hoy el aire está preñado de humedad. El taxista suda copiosamente. El coche entra en el cementerio. ¿Qué busca? Le indico aproximadamente la fecha y subimos varias hileras de décadas, hasta los muertos en los años 10 del siglo pasado. Allí detiene el coche y comienza la búsqueda a pie. Dos horas después, tengo tentaciones de tirar la toalla. Intento concentrarme, mirar hacia dentro para dejar que aparezca la intuición. Le he prometido a mi abuela que encontraría su sepultura. Pero el taxista no para de hablar. Un segundo, por favor, le pido. Y de repente, logro la oscuridad necesaria en que se puede ver hasta la luz más tenue: la sepultura era provisional, y la roja yace ahora en una de esas fosas comunes que permiten hacer hueco a los que vienen.