domingo, 17 de febrero de 2013

Nosotros

 
 

Bach compuso las sonatas y partitas para violín cuando tenía treinta y cinco años y ejercía de maestro de capilla en Köthen, Sajonia. Por aquel tiempo y ocupando el mismo cargo compuso también los conciertos de Brandemburgo, las suites para violonchelo y El clave bien temperado. Es decir, buena parte de sus composiciones profanas más importantes. Su mentor, el príncipe Leopold de Anhalt-Cöthen, era calvinista y no apreciaba los excesos ornamentales, incluidos los musicales, en las ceremonias religiosas. Pero es evidente que sabía reconocer la belleza.

Entre 1941 y 1945, a cien kilómetros al sureste de Zagreb, murieron asesinadas en Jasenovac 700.000 personas a manos de la Ustashá croata y con la complicidad de la iglesia católica. De los métodos empleados, con una clara preferencia por las decapitaciones, cuentan que hasta los mismos alemanes se echaban, presumo que admirados, las manos a la cabeza. Debe de ser una exageración: al fin y al cabo, Maks Luburić, su administrador principal, se había formado en Auschwitz. Desde una oficina situada a unos treinta kilómetros de Jasenovac, un joven oficial austriaco al servicio de la Wehrmacht se ocupaba de redactar pormenorizados informes sobre los traslados y la marcha de las operaciones del campo. Se llamaba Kurt Waldheim.

Las sondas espaciales Voyager llevan a bordo una confusa empanada de mensajes enlatados que aún tardará 40.000 años en llegar a sus destinatarios, si es que existen (o siguen existiendo para entonces). Alguien decidió incluir en ella el primer movimiento del concierto de Brandemburgo nº 2, la gavotte en rondeau de la tercera partita para violín, y el preludio y fuga en Do mayor del libro segundo del Clave. Unos surcos más allá, el disco de gramófono incluye una salutación en nombre de la humanidad del entonces secretario general de las Naciones Unidas, un sexagenario de aristocrático porte que pocos años más tarde se convertiría en el décimo presidente de Austria.
 
Después de todo, es posible que el responsable de la selección final no actuara por mero desconocimiento de la historia. Quizás intuyera que si queríamos tratar de explicar a otros seres quiénes éramos o habíamos sido nosotros, debíamos resignarnos a que esos surcos no representaran una exégesis, sino un enigma. Y por eso decidió en el último momento acompañar la instrumentación de Bach con la voz de Kurt Waldheim.