viernes, 22 de febrero de 2013

M13

 
 
 
Ha pasado lo que era de prever desde que sigo sus pasos, hará ahora cosa de año y medio, cuando siendo aún un adolescente huyó del Trentino-Alto Adigio y cruzó la frontera para refugiarse en territorio suizo.
 
Conscientes del peligro que entrañaba, los guardias procuraron seguirle los pasos. Pero sus movimientos erráticos le hacían imprevisible. Tan pronto se le veía deambular por la región de los Alpes Grisones como le atisbaban en el Tirol austríaco o alguien afirmaba haberle visto de vuelta en el norte de Italia, en algún lugar del macizo de la Bernina o en el gran Ortler. Y los cargos contra él no eran tan graves como para justificar un operativo que tendría entretenidas a tres naciones. La ocupación de una casa rural en esos momentos deshabitada, en la que saqueó hasta los últimos restos olvidados por los propietarios. El robo de dos colmenas en el patio de una escuela infantil en Poschiavo. Un accidente sin consecuencias con el tren que hace la ruta entre Scuol y Klosters, al este de Suiza, junto a la frontera austríaca, del que salió apenas malparado. La muerte de dos ovejas en el valle. Pequeños delitos nocturnos. Pero las rondas por las inmediaciones de los pueblos más apartados en ese triángulo cubierto por la nieve buena parte del año y el incidente del tren, que reveló que no sólo utilizaba los pasos de montaña para desplazarse, atemorizaron a las poblaciones locales.
 
A mediados de noviembre de 2012 se le perdió la pista. Los Grisones estaban sepultados bajo varios metros de nieve y no era fácil saber cómo y dónde podría estar sobreviviendo al invierno.
 
Y entonces, la semana pasada, todo se precipitó: confiado, volvió a cometer el error de dejarse mostrar demasiado. El sábado bajó a Miralago, una aldea del Valle de Poschiavo. Allí se cruzó con Emina Piana, una adolescente de 14 años. La siguió durante diez minutos mientras la muchacha aceleraba el paso, presa del pánico. Un día después, se topó de frente por el sendero que lleva de Poschiavo a Miralago con dos turistas que fueron incapaces de hacer otra cosa que mirarle fijamente, aguardando lo peor. Ya no se trataba de simples hurtos. La gente de la comarca empezó a pedir que se interviniera. Los más razonables, su repatriación a Italia. 
 
Eran las diez y cuarto de la mañana de este martes, 19 de febrero, y estaba a la orilla del lago. Me gusta pensar que pudo llegar hasta allí simplemente dando uno de esos largos paseos higiénicos, aprovechando el comienzo del deshielo y los primeros días soleados que presagian algo mejor. Que esa mañana salió sin intención de hostigar a nadie, por el mero afán de caminar, sin apenas desviar la atención de lo que veía, asfixiado todo pensamiento por lo que captan los sentidos. O tal vez, como también a veces sucede sin que lo pretendamos en esas marchas solitarias, cuando escribimos sin cuartilla o pintamos sin caballete, pensara. En volver al Trentino, por ejemplo, ahora que se había hecho un adulto joven y percibía la posibilidad de que si continuaba allí, cada vez más temido y rehuido, se condenaría para siempre a la soledad. Tal vez pensando en la muerte se sorprendiera de pronto de la presencia de Arturo Plozza, el guardia forestal que encabezaba la persecución, y el que posiblemente disparó y le mató, de un único tiro.
 
 
 
M13