martes, 26 de febrero de 2013

Tentaciones

 
Me había enviado a mediodía las siguientes indicaciones para que las siguiese el día de mi llegada, también domingo:
 
"Sigue este buen consejo. Vete ahora mismo por la calle que sale a la izquierda de Il paradisio [sic]hasta el fondo. A unos 300 metros llegas a un parque, al que bajas por unas escaleras. Allí pasa la vía de un tren. Sigue la vía hacia la izquierda y cruza el puente sobre el Ródano. Al llegar del otro lado no tienes más opción que subir por una rampa que va serpenteando montaña arriba a través de un bosque y que finalmente termina justo delante de una auberge de madera. No sé si pueden tener algo de "chasse" en esta época. En cualquier caso, se come muy bien".
 
No lo hice, pero hoy, aunque debíamos estar bien por debajo de los cero grados, he metido en la bolsa una cámara instantánea que me agencié para que fuera por completo imposible captar ningún momento decisivo y los menos matices de luces o sombras, el mamotreto de las memorias de Alexander Wat y un paquete de tabaco, y me he echado a las calles. Desiertas.
 
 
***
 

Intento no ceder a ninguna de las tentaciones que se me presentan, sabedor como soy de mi mala orientación. Una sola desviación y acabaré en la otra punta de la ciudad, a kilómetros de mi destino. Primera bifurcación: debo tomar Devin-du-Village, un nombre que no me dice nada, y dejar la mucho más evocadora Rue du Contrat Social. Desde la parte alta del parque se divisa ya el Ródano, que en este punto exacto, bajo el bosque de la Bâtie, confluye con el Arve. Aguas de color gris marengo flanqueadas por un bosque de castaños desnudos y, allí arriba, un resplandor anémico, como si la luz, esta mañana, nos llegase de una estrella mucho más lejana que el Sol. Todo el paisaje tiene algo de espectral y tengo de nuevo que contenerme para no abandonar la indicación de la vía del tren y echar a andar en paralelo a la orilla.
 
 
 
El Ródano y el Arve
 
 
 
En el puente (precisamente llamado de la Jonction) me cruzo con los primeros seres vivos, la mayoría de ellos pertenecientes a la subespecie corredores de domingo. A su paso echo un vistazo entre aburrido y conmiserativo. Llevo un pitillo en la boca pero las manos caladas hasta el fondo de los bolsillos del abrigo y el rostro cubierto por una capucha. Sospecho que ellos también me consideran alguna subespecie, y poco tranquilizadora - fumador que no prescinde de prender un pitillo caiga la que caiga. Pues a esta hora, una del mediodía, ha empezado a nevar, copos ligeros, casi transparentes, que se deshacen al contacto con los sólidos. Lábiles pero persistentes; los que desaparecen son inmediatamente sustituidos por nuevas falanges silenciosas. Cuando al fin llego a la cabaña de madera la temperatura debe haber descendido otros tres grados, y no siento los labios.
 
 

Pont de la Jonction
 
 
***
 

El plato de pato que me han servido (la única caza en la carta) no es exactamente suculento. Me arrepiento de haberme traído el libro de Wat. Es posible que sea una mina para los historiadores sociales del Este, o para esos esforzados profesores de los departamentos de lengua y filología eslavas de las universidades estadounidenses. Pero para mí carece por completo de interés la evolución del dadaísmo en Cracovia, la querencia del campesinado polaco por el Pan Tadeusz, su Ilíada y Biblia a un tiempo, o el surgimiento del comunismo organizado en los sindicatos de costureras. Hubiera debido traer la novela de Dovlátov, con su desternillante descripción de las visitas "culturales" de los obreros procedentes de toda la Unión Soviética a la hacienda de Pushkin. Me quedan 15 páginas para acabarla y quiero postergar el final todo lo que sea posible.  

Mientras cierro las memorias de Wat y me dedico a intentar averiguar cómo se habrán ganado la vida los dos viejos matrimonios de suizos que comen a mi lado, me lamento de que las novelas de Dovlátov sean tan pocas y tan cortas. Imagino un Dovlátov imposible (su alcoholismo no se lo hubiera permitido), de proporciones tolstoianas. Luego me consuelo: tal vez la combinación de humor ácido y nostalgia inconsolable sería insoportable en semejantes dosis.
 
 
 
 
 
***
 
Deshago el camino mientras el cuerpo me manda señales contradictorias. Los cuatro decilitros de vino del Vaud me han recalentado por dentro, pero ahí fuera la cosa está aún peor que cuando llegué, y esta vez el entumecimiento se ha extendido a toda la cara. Me siento como si acabara de salir de una sesión salvaje de endodoncia. En ese tan inoportuno momento empiezan los móviles (el español, el suizo) a anunciar mensajes, una, dos, tres, seis veces. Amantes más o menos estables, más o menos deseados.
 
V. habla de carisma, espiritual y físico. ¿Me siento halagado? No por mucho tiempo. Más bien pienso que soy como esas frutas que pillas justo a tiempo, ni aún verdes ni ya mustias y caramelizadas, que dentro de un par de días sólo recibirán visita de los pájaros menos exquisitos y de los insectos. 

viernes, 22 de febrero de 2013

M13

 
 
 
Ha pasado lo que era de prever desde que sigo sus pasos, hará ahora cosa de año y medio, cuando siendo aún un adolescente huyó del Trentino-Alto Adigio y cruzó la frontera para refugiarse en territorio suizo.
 
Conscientes del peligro que entrañaba, los guardias procuraron seguirle los pasos. Pero sus movimientos erráticos le hacían imprevisible. Tan pronto se le veía deambular por la región de los Alpes Grisones como le atisbaban en el Tirol austríaco o alguien afirmaba haberle visto de vuelta en el norte de Italia, en algún lugar del macizo de la Bernina o en el gran Ortler. Y los cargos contra él no eran tan graves como para justificar un operativo que tendría entretenidas a tres naciones. La ocupación de una casa rural en esos momentos deshabitada, en la que saqueó hasta los últimos restos olvidados por los propietarios. El robo de dos colmenas en el patio de una escuela infantil en Poschiavo. Un accidente sin consecuencias con el tren que hace la ruta entre Scuol y Klosters, al este de Suiza, junto a la frontera austríaca, del que salió apenas malparado. La muerte de dos ovejas en el valle. Pequeños delitos nocturnos. Pero las rondas por las inmediaciones de los pueblos más apartados en ese triángulo cubierto por la nieve buena parte del año y el incidente del tren, que reveló que no sólo utilizaba los pasos de montaña para desplazarse, atemorizaron a las poblaciones locales.
 
A mediados de noviembre de 2012 se le perdió la pista. Los Grisones estaban sepultados bajo varios metros de nieve y no era fácil saber cómo y dónde podría estar sobreviviendo al invierno.
 
Y entonces, la semana pasada, todo se precipitó: confiado, volvió a cometer el error de dejarse mostrar demasiado. El sábado bajó a Miralago, una aldea del Valle de Poschiavo. Allí se cruzó con Emina Piana, una adolescente de 14 años. La siguió durante diez minutos mientras la muchacha aceleraba el paso, presa del pánico. Un día después, se topó de frente por el sendero que lleva de Poschiavo a Miralago con dos turistas que fueron incapaces de hacer otra cosa que mirarle fijamente, aguardando lo peor. Ya no se trataba de simples hurtos. La gente de la comarca empezó a pedir que se interviniera. Los más razonables, su repatriación a Italia. 
 
Eran las diez y cuarto de la mañana de este martes, 19 de febrero, y estaba a la orilla del lago. Me gusta pensar que pudo llegar hasta allí simplemente dando uno de esos largos paseos higiénicos, aprovechando el comienzo del deshielo y los primeros días soleados que presagian algo mejor. Que esa mañana salió sin intención de hostigar a nadie, por el mero afán de caminar, sin apenas desviar la atención de lo que veía, asfixiado todo pensamiento por lo que captan los sentidos. O tal vez, como también a veces sucede sin que lo pretendamos en esas marchas solitarias, cuando escribimos sin cuartilla o pintamos sin caballete, pensara. En volver al Trentino, por ejemplo, ahora que se había hecho un adulto joven y percibía la posibilidad de que si continuaba allí, cada vez más temido y rehuido, se condenaría para siempre a la soledad. Tal vez pensando en la muerte se sorprendiera de pronto de la presencia de Arturo Plozza, el guardia forestal que encabezaba la persecución, y el que posiblemente disparó y le mató, de un único tiro.
 
 
 
M13
 

domingo, 17 de febrero de 2013

Nosotros

 
 

Bach compuso las sonatas y partitas para violín cuando tenía treinta y cinco años y ejercía de maestro de capilla en Köthen, Sajonia. Por aquel tiempo y ocupando el mismo cargo compuso también los conciertos de Brandemburgo, las suites para violonchelo y El clave bien temperado. Es decir, buena parte de sus composiciones profanas más importantes. Su mentor, el príncipe Leopold de Anhalt-Cöthen, era calvinista y no apreciaba los excesos ornamentales, incluidos los musicales, en las ceremonias religiosas. Pero es evidente que sabía reconocer la belleza.

Entre 1941 y 1945, a cien kilómetros al sureste de Zagreb, murieron asesinadas en Jasenovac 700.000 personas a manos de la Ustashá croata y con la complicidad de la iglesia católica. De los métodos empleados, con una clara preferencia por las decapitaciones, cuentan que hasta los mismos alemanes se echaban, presumo que admirados, las manos a la cabeza. Debe de ser una exageración: al fin y al cabo, Maks Luburić, su administrador principal, se había formado en Auschwitz. Desde una oficina situada a unos treinta kilómetros de Jasenovac, un joven oficial austriaco al servicio de la Wehrmacht se ocupaba de redactar pormenorizados informes sobre los traslados y la marcha de las operaciones del campo. Se llamaba Kurt Waldheim.

Las sondas espaciales Voyager llevan a bordo una confusa empanada de mensajes enlatados que aún tardará 40.000 años en llegar a sus destinatarios, si es que existen (o siguen existiendo para entonces). Alguien decidió incluir en ella el primer movimiento del concierto de Brandemburgo nº 2, la gavotte en rondeau de la tercera partita para violín, y el preludio y fuga en Do mayor del libro segundo del Clave. Unos surcos más allá, el disco de gramófono incluye una salutación en nombre de la humanidad del entonces secretario general de las Naciones Unidas, un sexagenario de aristocrático porte que pocos años más tarde se convertiría en el décimo presidente de Austria.
 
Después de todo, es posible que el responsable de la selección final no actuara por mero desconocimiento de la historia. Quizás intuyera que si queríamos tratar de explicar a otros seres quiénes éramos o habíamos sido nosotros, debíamos resignarnos a que esos surcos no representaran una exégesis, sino un enigma. Y por eso decidió en el último momento acompañar la instrumentación de Bach con la voz de Kurt Waldheim.

domingo, 10 de febrero de 2013

Tierra de hombres (y 4) Le tourment dans les ailes d'une libellule

 
 
Le tourment dans les ailes d'une libellule 
 

"Il est maintenant onze heures du soir. Lucas revient du poste radio, et m’annonce, pour minuit, l’avion de Dakar. Tout va bien à bord. Dans mon avion, à minuit dix, on aura transbordé le courrier, et je décollerai pour le Nord. Devant une glace ébréchée, je me rase attentivement. De temps à autre, la serviette éponge autour du cou, je vais jusqu’à la porte et regarde le sable nu : il fait beau, mais le vent tombe. Je reviens au miroir. Je songe. Un vent établi pour des mois, s’il tombe, dérange parfois tout le ciel. Et maintenant, je me harnache : mes lampes de secours nouées à ma ceinture, mon altimètre, mes crayons. Je vais jusqu’à Néri qui sera cette nuit mon radio de bord. Il se rase aussi. Je lui dis : « Ça va ? » Pour le moment ça va. Cette opération préliminaire est la moins difficile du vol. Mais j’entends un grésillement, une libellule bute contre ma lampe. Sans que je sache pourquoi, elle me pince le coeur.
 
Je sors encore et je regarde : tout est pur. Une falaise qui borde le terrain tranche sur le ciel comme s’il faisait jour. Sur le désert règne un grand silence de maison en ordre. Mais voici qu’un papillon vert et deux libellules cognent ma lampe. Et j’éprouve de nouveau un sentiment sourd, qui est peut-être de la joie, peut-être de la crainte, mais qui vient du fond de moi-même, encore très obscur, qui, à peine, s’annonce. Quelqu’un me parle de très loin. Est-ce cela l’instinct ? Je sors encore : le vent est tout a fait tombé. Il fait toujours frais. Mais j’ai reçu un avertissement. Je devine, je crois deviner ce que j’attends : ai-je raison ? Ni le ciel ni le sable ne m’ont fait aucun signe, mais deux libellules m’ont parlé, et un papillon vert.

Je monte sur une dune et m’assois face à l’est. Si j’ai raison « Ça » ne va pas tarder longtemps. Que chercheraient-elles ici, ces libellules, à des centaines de kilomètres des oasis de l’intérieur ? De faibles débris charriés aux plages prouvent qu’un cyclone sévit en mer. Ainsi ces insectes me montrent qu’une tempête de sable est en marche ; une tempête d’Est, et qui a dévasté les palmeraies lointaines de leurs papillons verts. Son écume déjà m’a touché. Et solennel, puisqu’il est une preuve, et solennel, puisqu’il est une menace lourde, et solennel, puisqu’il contient une tempête, le vent d’Est monte. C’est à peine si m’atteint son faible soupir. Je suis la borne extrême que lèche la vague. À vingt mètres derrière moi, aucune toile n’eût remué. Sa brûlure m’a enveloppé une fois, une seule, d’une caresse qui semblait morte. Mais je sais bien, pendant les secondes qui suivent, que le Sahara reprend son souffle et va pousser son second soupir. Et qu’avant trois minutes la manche à air de notre hangar va s’émouvoir. Et qu’avant dix minutes le sable remplira le ciel. Tout à l’heure nous décollerons dans ce feu, ce retour de flammes du désert.

Mais ce n’est pas ce qui m’émeut. Ce qui me remplit d’une joie barbare, c’est d’avoir compris à demi-mot un langage secret, c’est d’avoir flairé une trace comme un primitif, en qui tout l’avenir s’annonce par de faibles rumeurs, c’est d’avoir lu cette colère aux battements d’ailes d’une libellule".

viernes, 8 de febrero de 2013

Tierra de hombres (3) Village d'étoiles/Le domaine du vol

Ilustración de Walter Plitt Quintin


 
Village d'étoiles
 
 
"En avion, quand la nuit est trop belle, on se laisse aller, on ne pilote plus guère, et l’avion peu à peu s’incline sur la gauche. On le croit encore horizontal quand on découvre sous l’aile droite un village. Dans le désert il n’est point de village. Alors une flottille de pêche en mer. Mais au large du Sahara, il n’est point de flottille de pêche. Alors ? Alors on sourit de l’erreur. Doucement, on redresse l’avion. Et le village reprend sa place. On raccroche à la panoplie la constellation que l’on avait laissée tomber. Village ? Oui. Village d’étoiles. Mais, du haut du fortin, il n’est qu’un désert comme gelé, des vagues de sable sans mouvement. Des constellations bien accrochées".


Dans le domaine du vol


"Mais tout cela m’est étranger, je vis dans le domaine du vol. Je sens venir la nuit où l’on s’enferme comme dans un temple. Où l’on s’enferme, aux secrets de rites essentiels, dans une méditation sans secours. Tout ce monde profane s’efface déjà et va disparaître. Tout ce paysage est encore nourri de lumière blonde, mais quelque chose déjà s’en évapore. Et je ne connais rien, je dis : rien, qui vaille cette heure-là. Et ceux-là me comprennent bien, qui ont subi l’inexplicable amour du vol.

Je renonce donc peu à peu au soleil. Je renonce aux grandes surfaces dorées qui m’eussent accueilli en cas de panne... Je renonce aux repères qui m’eussent guidé. Je renonce aux profils des montagnes sur le ciel qui m’eussent évité les écueils. J’entre dans la nuit. Je navigue. Je n’ai plus pour moi que les étoiles...

Cette mort du monde se fait lentement. Et c’est peu à peu que me manque la lumière. La terre et le ciel se confondent peu à peu. Cette terre monte et semble se répandre comme une vapeur. Les premiers astres tremblent comme dans une eau verte. Il faudra attendre longtemps encore pour qu’ils se changent en diamants durs. Il me faudra attendre longtemps encore pour assister aux jeux silencieux des étoiles filantes. Au coeur de certaines nuits, j’ai vu tant de flammèches courir qu’il me semblait que soufflait un grand vent parmi les étoiles.

Prévot fait les essais des lampes fixes et des lampes de secours. Nous entourons les ampoules de papier rouge.

– Encore une épaisseur...

Il ajoute une couche nouvelle, touche un contact. La lumière est encore trop claire. Elle voilerait, comme chez le photographe, la pâle image du monde extérieur. Elle détruirait cette pulpe légère qui, la nuit parfois, s’attache encore aux choses. Cette nuit s’est faite. Mais ce n’est pas encore la vraie vie. Un croissant de lune subsiste. Prévot s’enfonce vers l’arrière et revient avec un sandwich. Je grignote une grappe de raisin. Je n’ai pas faim. Je n’ai ni faim ni soif. Je ne ressens aucune fatigue, il me semble que je piloterais ainsi pendant dix années.

La lune est morte".

miércoles, 6 de febrero de 2013

Tierra de hombres (2) Mépris du mépris de la mort

 



Mépris du mépris de la mort

  
"Dans la chambre de Mendoza où je te veillais, tu t’endormais enfin d’un sommeil essoufflé. Et je pensais : Si on lui parlait de son courage, Guillaumet hausserait les épaules. Mais on le trahirait aussi en célébrant sa modestie. Il se situe bien au-delà de cette qualité médiocre. S’il hausse les épaules, c’est par sagesse. Il sait qu’une fois pris dans l’événement, les hommes ne s’en effraient plus. Seul l’inconnu épouvante les hommes. Mais, pour quiconque l’affronte, il n’est déjà plus l’inconnu. Surtout si on l’observe avec cette gravité lucide. Le courage de Guillaumet, avant tout, est un effet de sa droiture.

Sa véritable qualité n’est point là. Sa grandeur c’est de se sentir responsable. Responsable de lui, du courrier et des camarades qui espèrent. Il tient dans ses mains leur peine ou leur joie. Responsable de ce qui se bâtit de neuf, là-bas, chez les vivants, à quoi il doit participer. Responsable un peu du destin des hommes, dans la mesure de son travail.

Il fait partie des êtres larges qui acceptent de couvrir de larges horizons de leur feuillage. Être homme, c’est précisément être responsable. C’est connaître la honte en face d’une misère qui ne semblait pas dépendre de soi. C’est être fier d’une victoire que les camarades ont remportée. C’est sentir, en posant sa pierre, que l’on contribue à bâtir le monde.  

On veut confondre de tels hommes avec les toréadors ou les joueurs. On vante leur mépris de la mort. Mais je me moque bien du mépris de la mort. S’il ne tire pas ses racines d’une responsabilité acceptée, il n’est que signe de pauvreté ou d’excès de jeunesse. J’ai connu un suicidé jeune. Je ne sais plus quel chagrin d’amour l’avait poussé à se tirer soigneusement une balle dans le coeur. Je ne sais à quelle tentation littéraire il avait cédé en habillant ses mains de gants blancs, mais je me souviens d’avoir ressenti en face de cette misère. Ainsi, derrière ce visage aimable, sous ce crâne d’homme, il n’y avait rien eu, rien. Sinon l’image de quelque sotte petite fille semblable à d’autres.
 
Face à cette destinée maigre, je me rappelais une vraie mort d’homme. Celle d’un jardinier, qui me disait : « Vous savez... parfois je suais quand je bêchais. Mon rhumatisme me tirait la jambe, et je pestais contre cet esclavage. Eh bien, aujourd’hui, je voudrais bêcher, bêcher dans la terre. Bêcher ça me paraît tellement beau ! On est tellement libre quand on bêche ! Et puis, qui va tailler aussi mes arbres ? » Il laissait une terre en friche. Il laissait une planète en friche. Il était lié d’amour à toutes les terres et à tous les arbres de la terre. C’était lui le généreux, le prodigue, le grand seigneur ! C’était lui, comme Guillaumet, l’homme courageux, quand il luttait au nom de sa Création, contre la mort".

martes, 5 de febrero de 2013

Tierra de hombres (1) Aux petites heures/Les copains perdus




Es raro que libros que fueron referencia en la adolescencia resistan la lectura adulta. Evito releer A este lado del Paraíso, La verdadera vida de Sebastian Knight o Noventa y tres porque no quiero verles caer del pedestal en que los conserva mi memoria. Igual que interrumpimos al interlocutor que nos desvela un rasgo poco amable de quien admirábamos de jóvenes con un seco: "No sigas. Prefiero no saber".
 
He vuelto sobre Tierra de hombres porque la pasión por volar me revisita de vez en cuando, y entonces tengo que aplacar la sed con lo que tenga a mano. Esta semana lo que tenía a mano era el Manual del piloto de la Federal Aviation Administration y varias cartas de navegación que me interesaban, pero ni una gota de tinta en la impresora. Así que en el impasse obligado he sacado con algo de miedo la novela de Saint-Exupéry. Qué alivio: allí sigue, en la cima de la literatura sobre aviones.

Todos los fragmentos que marqué o subrayé entonces me siguen pareciendo admirables. Me limito aquí a transcribir los que hablan directa o implícitamente de la experiencia del vuelo (con la sola excepción de la insuperable descripción que hace del accidente de Guillaumet en los Andes, demasiado larga para este medio). La titulación de los fragmentos es mía (o de quien yo fuera hace veinticinco años):


Aux petites heures. Les bourgeois.
 
"Vieux bureaucrate, mon camarade ici présent, nul jamais ne t'a fait évader et tu n'en es point responsable. Tu as construit ta paix à force d’aveugler de ciment, comme le font les termites, toutes les échappées vers la lumière. Tu t’es roulé en boule dans ta sécurité bourgeoise, tes routines, les rites étouffants de ta vie provinciale, tu as élevé cet humble rempart contre les vents et les marées et les étoiles. Tu ne veux point t’inquiéter des grands problèmes, tu as eu bien assez de mal à oublier ta condition d’homme. Tu n’es point l’habitant d’une planète errante, tu ne te poses point de questions sans réponse : tu es un petit bourgeois de Toulouse. Nul ne t’a saisi par les épaules quand il était temps encore. Maintenant, la glaise dont tu es formé a séché, et s’est durcie, et nul en toi ne saurait désormais réveiller le musicien endormi ou le poète, ou l’astronome qui peut-être t’habitait d’abord.

Je ne me plains plus des rafales de pluie. La magie du métier m’ouvre un monde où j’affronterai, avant deux heures, les dragons noirs et les crêtes couronnées d’une chevelure d’éclairs bleus, où, la nuit venue, délivré, je lirai mon chemin dans les astres". 



Les copains perdus
 
 "Nous avons en effet l’habitude d’attendre longtemps les rencontres. Car ils sont dispersés dans le monde, les camarades de ligne, de Paris à Santiago du Chili, isolés un peu comme des sentinelles qui ne se parleraient guère. Il faut le hasard des voyages pour rassembler, ici ou là, les membres dispersés de la grande famille professionnelle. Autour de la table d’un soir, à Casablanca, à Dakar, à Buenos-Aires, on reprend, après des années de silence, ces conversations interrompues, on se renoue aux vieux souvenirs. Puis l’on repart. La terre ainsi est à la fois déserte et riche. Riche de ces jardins secrets, cachés, difficiles à atteindre, mais auxquels le métier nous ramène toujours, un jour ou l’autre. Les camarades, la vie peut-être nous en écarte, nous empêche d’y beaucoup penser, mais ils sont quelque part, on ne sait trop où, silencieux et oubliés, mais tellement fidèles ! Et si nous croisons leur chemin, ils nous secouent par les épaules avec de belles flambées de joie ! Bien sûr, nous avons l’habitude d’attendre...

Mais peu à peu nous découvrons que le rire clair de celui-là nous ne l’entendrons plus jamais, nous découvrons que ce jardin-là nous est interdit pour toujours. Alors commence notre deuil véritable qui n’est point déchirant mais un peu amer.

Rien, jamais, en effet, ne remplacera le compagnon perdu. On ne se crée point de vieux camarades. Rien ne vaut le trésor de tant de souvenirs communs, de tant de mauvaises heures vécues ensemble, de tant de brouilles, de réconciliations, de mouvements du coeur. On ne reconstruit pas ces amitiés-là. Il est vain, si l’on plante un chêne, d’espérer s’abriter bientôt sous son feuillage.

Ainsi va la vie. Nous nous sommes enrichis d’abord, nous avons planté pendant des années, mais viennent les années où le temps défait ce travail et déboise. Les camarades, un à un, nous retirent leur ombre. Et à nos deuils se mêle désormais le regret secret de vieillir".



A. de Saint-Exupéry y Henri Guillaumet
 

domingo, 3 de febrero de 2013

¿Oyes las olas?



Esta noche ha venido a visitarme. La conversación me ha dejado un sabor de boca dulce; no sólo porque hacía treinta años que no nos veíamos, sino porque eso significa que quizá haya heredado de ella la facultad de hablar con los muertos.

*** 

Reza:

Mecanografía y traducciones
Gloria Díaz de Villalvilla
Profesora de francés e inglés y de mecanografía
ofrece los servicios de su profesión a su numerosa clientela y al público en general
Despacho: Calle de En Sala, 5, 3º


El anuncio apareció hace un siglo (1913) en El Eco de Levante. Tenía entonces dieciocho años. Había aprendido francés en Bruselas e inglés en Nueva York, ciudades donde pasó doce años de su vida. Pagó sus estudios el segundo marido de su madre, Josep Maria Carbajosa, de Valencia. Años después, reproduciría con sorprendente fidelidad la vida de su madre. Se casó en Cuba con un valenciano también mucho mayor que ella, tuvo allí a dos de sus hijos, regresó a España, huyó a Barcelona durante la guerra civil, trabajó para La Seda como traductora de inglés técnico, llegó la acusación de bigamia, perdieron hasta los cordones, emigraron de nuevo a la isla, enviudó joven.

***

Había nacido en Bueycito, Manzanillo, provincia de Oriente (hoy Granma), isla de Cuba, la nieta de un conocido masón independentista ahorcado por los españoles y de (otra) Gloria, la apodada la santa por tener visiones y dizque ser capaz de anticipar el futuro.

Era definitivamente una creacionista. Afirmaba con total seriedad que era posible que algunas personas compartiesen un tronco común con los simios: "Pero yo no". De inteligencia afilada y carácter emprendedor, creía sin embargo firmemente en los espíritus, a quienes convocaba con las cartas. Dejó de echarlas cuando le revelaron la muerte de quien en ese momento tenía enfrente y el pronóstico se cumplió.

Todo lo morboso le atraía. El secuestro del hijo de Lindberg, el hundimiento del Titanic, el asesinato de la familia que tenía por vecina en Nueva York, las historias de muertos, resucitados y momias. Preparaba cuidadosamente el escenario. Apagaba todas las luces de la casa y me hacía sentarme junto a ella, bajo el cono de luz procedente de una farola: "¿Te he contado lo que les sucedió a mi padre y sus amigos una noche en que saltaron el muro del cementerio de Manzanillo?". No, mentía yo, deseoso de oír una vez más como uno de ellos había muerto de un infarto al tropezar y caer en una sepultura recién excavada.

***
 
Qué extraño sentido del humor. Por alguna razón le divertía entrar en el despacho en que todo estaba dispuesto para librar una gran batalla de soldaditos (vaqueros e indios, nazis y aliados), echar una etapa alpina del Tour o jugar un partido decisivo de Liga, y liarse a puntapiés hasta sumir el escenario que tanto nos había costado componer de chapas, curvas, trincheras, empalizadas, garbanzos y porterías en un caos irreconocible. Ante nuestras airadas protestas, reía: "No se pongan así; aún les quedan dos horas para armar todo antes del almuerzo".
 
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De sus hermanos mayores, María, Carlos y Ángel, sólo el último residía de forma estable en la isla cuando estalló la revolución. María vivió en Chicago muchos años hasta que enviudó. Luego recaló, como tantos cubanos, en Miami, casada con un joyero americano de nombre Maurice (pero de todos conocido como "el tío Mauricio"). Carlos, químico, trabajó para distintas multinacionales fabricantes de cosméticos, y residió en la costa Este hasta su muerte. Los descendientes de Ángel aún viven en la isla, desperdigados entre La Habana, Santa Clara y Manzanillo. Respecto a su madre, la viuda de Carbajosa (una nueva Gloria, apodada la roja por el color de su pelo), regresó a Cuba al enviudar. La enterraron en el cementerio de La Habana.

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En ocasiones mi abuela (la sexta Gloria en la cadena sucesoria, ésta sin apodo conocido), que vivía dos portales más allá, me mandaba a dormir con ella. Olía a galleta y a limpio. Nos desvestíamos los dos en silencio frente al espejo del armario de dos puertas. Veía su cuerpo viejo, la piel traslúcida, desaparecer bajo un camisón, una prenda exótica para mí.
 
- PJ, ¿duermes?
- No.
- Ahora imagínate que en lugar de estar aquí estamos a bordo de un transatlántico. ¿Estás imaginándolo?
- Sí.
- ¿Oyes las olas?
- Sí, perfectamente.
- ¿Notas cómo se mueve?
- Sí.
- Yo ya estoy mareándome. ¿Sabes quién es Enrico Caruso?
- No.
- Un tenor italiano. Viniendo de América coincidimos con él en el barco. Yo tenía cinco años. Cuando nos despedimos me dijo: "Si algún día tengo una hija, se llamará Gloria, como tú".
 
No lo puse en duda, pero los adultos de la familia a quienes conté la anécdota la tacharon de fantasiosa. Muchos años después, en duro combate contra mis convicciones infantiles para diferenciar sus fantasías de sus recuerdos reales, comprobé que no me había mentido.
 
 
***

Los manzanilleros tienen fama de bailongos y soneros. Recuerdo muy bien la lección de baile que aprendí de ella: el cuerpo entero moviéndose como si una serpiente lo anduviera recorriendo, pero en medio metro cuadrado. Sin esas estridencias y movimientos pélvicos que han acabado por imponerse incluso en la isla, en las generaciones más jóvenes, y que tanto deslumbran a los primermundistas. Había que verla bailar cantando aquello de "las aves pueden volver al nido, pero las almas no vuelven más".




***

Era el último día de vacaciones en España antes de regresar a Bruselas. "Siéntate aquí, a mi lado". Una vez más, obedecí.

Empezó entonces a interrogarme, en francés, por la escuela. Le expliqué: no quería que me cambiasen a otra, como en ese momento planeaban mis padres; no quería tener nunca otro profesor que no fuera monsieur Langelai. Pero usted (en el cambio al francés habíamos pasado a ustedearnos) se hará mayor, rió: habrá un momento en que monsieur Langelai ya no pueda enseñarle nada. Me revolví apasionadamente contra esta injusta suposición: usted no conoce a monsieur Langelai, es un hombre muy inteligente. Habla incluso algo de español, le estoy enseñando (así era). La conversación discurría con perfecta coherencia, y ella parecía realmente interesada en lo que le contaba, probablemente comparando su propia experiencia bruselense con la mía. Y entonces, de sopetón:

- "Et dites-moi: est-ce qu'il y a beaucoup de communistes dans cette école à vous?"

Entonces es cuando me di cuenta de que ya no era la misma.
 
Murió unos meses más tarde, cuando yo acababa de cumplir los doce años.
 
 
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Ayer cayó una tormenta tropical. Hoy el aire está preñado de humedad. El taxista suda copiosamente. El coche entra en el cementerio. ¿Qué busca? Le indico aproximadamente la fecha y subimos varias hileras de décadas, hasta los muertos en los años 10 del siglo pasado. Allí detiene el coche y comienza la búsqueda a pie. Dos horas después, tengo tentaciones de tirar la toalla. Intento concentrarme, mirar hacia dentro para dejar que aparezca la intuición. Le he prometido a mi abuela que encontraría su sepultura. Pero el taxista no para de hablar. Un segundo, por favor, le pido. Y de repente, logro la oscuridad necesaria en que se puede ver hasta la luz más tenue: la sepultura era provisional, y la roja yace ahora en una de esas fosas comunes que permiten hacer hueco a los que vienen.