jueves, 17 de enero de 2013

Takun sin Takun

  
Guti
 
Hace meses, cuando le conocí en circunstancias poco habituales en el bar del Hotel Suecia, no imaginaba que íbamos a mantener la relación, o que, de mantenerla, sería tan esporádica e imprevisible. Ni mucho menos que una noche terminaríamos en un casino cercano, jugando cada uno en una mesa diferente. Me gusta jugar. A todo, desde el parchís hasta al giley, el futbolín, el billar o el mus. Pero hacía muchos años que no jugaba al póquer. Tantos como veintipico, cuando me encerraba durante las horas de la siesta en la penumbra de La Victoria con Guti, whisky va whisky viene, y salíamos ya de noche algo más que perjudicados a la plaza.


Takun Q Takun (todavía Primero de solfeo). Ensayo en la Casa Pizarro, 1985.

Y la razón por la que gané, en una mesa de cinco hombres con una media de tres mil euros en fichas cada uno, es porque seguí al pie de la letra los tres viejos consejos de Guti. Regla número 1: que tu juego no revele tu carácter, por que tu carácter no descubra tu estrategia. Regla número 2: tus fondos iniciales nunca pueden ser inferiores a dos tercios de los fondos de tus adversarios. Regla número 3: agua mineral o zumos hasta ganar o perder la última peseta.

Había imaginado que me encontraría con viejos jugadores, de esos que en ocasiones se hacen los pardillos para disimular los cientos de noches que han repetido los mismos gestos ante el tapete verde, entre las columnas de fichas, y que el jugador inexperto hunda él mismo el anzuelo en su fresca carne. Pero las cosas han cambiado mucho: en la que fuera la sala principal, reducida ahora a una cuarta parte de su tamaño original, apenas quedan un par de ruletas y unas desoladas mesas de 21 para los nostálgicos de la emoción real. El resto se ha compartimentado en media docena de cubículos donde se juega a las máquinas tragaperras y a partidas virtuales de póquer con otros noctámbulos ojerosos, conectados desde cualquier parte del mundo. La media de edad de los jugadores ha disminuido sustancialmente. El espectáculo de folclóricas que solía comenzar a partir de medianoche se ha suspendido. La etiqueta no es tan rígida. Las copas siguen siendo igual de caras, pero los camareros te las tiran encima o se equivocan de combinación a la primera de cambio.

Ahí sentado entre los jóvenes chacales nocturnos, me esmeré en respetar las tres reglas. Les desplumé. Salí de allí con la urgencia de llamarle. Pero Guti ya no está localizable. En el bar de la esquina, brindé a la salud del amigo. En el bolsillo, el botín se enfriaba.