domingo, 13 de enero de 2013

Preguntas

Art Basel (Miami, 2010)

A la pintura le molestan los objetos, la realidad, desde hace muchas décadas. No es noticia. Pero la tendencia se ha contagiado a nuevas formas de expresión [llamémoslas así, aunque la primera acepción del término "expresión" evoque la transmisión hacia afuera de algo para hacerlo inteligible].

Un happening consiste típicamente en la exhibición de algún símbolo (otro alejamiento de la naturaleza) del que, presuntamente, debemos deducir una idea. Y de ahí la cara de imbécil con que vemos salir a muchas personas de ellos, si de la simple contemplación no resulta evidente nada, y las largas, tediosas conversaciones posteriores que mantienen sobre "lo que realmente quería decir". Por ejemplo, Shibboleth (en 2007) en la Tate Modern, una grieta que atravesaba el Turbine Hall de parte a parte


Shibboleth (Turbine Hall, Londres, 2007)

era una metáfora sobre la experiencia de la emigración y la xenofobia. Por si la raja no fuera ya suficientemente explícita, el título lo aclaraba todo.

Algunas veces, la exposición no es nada sutil (aunque ojo: no deja de ser simbólica), pero la propia obviedad, y hasta zafiedad, nos deja con la misma sensación de bolonio que las variantes más crípticas. Véase el vídeo gore Himenoplastia (o no lo vean; fíense de mí), de la sin par Regina José Galindo, León de Oro en la bienal de Venecia de 2005, por citar uno solo de sus muchos reconocimientos. Por supuesto, aquello no trataba sólo de la recomposición de un hímen ya roto,  sino de quién lo había roto. El mensaje era pues de mucho más largo alcance: la violencia contra "la mujer" en el mundo, el predominio del patriarcado.

Lo mismo sucede con los "artistas visuales". El CNN Concatenated de Omer Fast, que ha expuesto sus vídeos en medio centenar de museos de arte moderno del mundo, se supone encarna una crítica a los medios de comunicación, una puesta en cuestión de su credibilidad. Así será, si así él lo dice. Existen infinidad de ejemplos de esta representación de la realidad que prescinde (reniega) de las formas reconocibles de la realidad. En la Red, por ejemplo, están colgados los trabajos presentados en la Documenta XIII de Kassel, cuya sola declaración de principios no deja lugar a dudas sobre qué conciben por arte.

Ahora esto empieza también a oler a rancio.

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Todo este rodeo para sorprenderme de que en poesía esté ocurriendo exactamente lo contrario: en las dos últimas décadas, una especie de hiperrealismo lo inunda todo.

La experiencia más banal, el día a día ("me levanté por la mañana temprano, preparé un café para los dos, no encontrabas el champú"), elevados a objeto máximo de atención. Y su contintente formal, en perfecta correspondencia con la futilidad del contenido: en lo que a estructura se refiere, un falso poema en que basta con volver a unir los versos por obra del punto y seguido en oraciones simples para obtener un vulgar texto en prosa; en cuanto al vocabulario, cálcele usted algún objeto cotidiano ("lavadora", "cepillo de dientes", "móvil", "bono-metro", qué sé yo, échenle imaginación) que al menos parezca dotar de autenticidad esa menuda existencia. Funciona también la inserción de una palabra, preferiblemente malsonante, donde menos se la espera: algún contraste semántico inesperado por difícilmente justificable (por ejemplo, la palabra "polla" en un texto que hable sobre el amanecer en un bosque hiperbóreo), pero que deje al lector con la sensación de que le habla un hombre de nuestro tiempo y desde sus mismísimas vísceras. De métrica y rima, mejor ni hablamos.

Me gustaría poder explicar a qué responde esta diferencia, pero sólo tengo algunos indicios y muchas preguntas.