domingo, 6 de enero de 2013

Notas italianas



No se puede entender la política italiana si se desconoce el pacto tripartito de posguerra (Democracia Cristiana/Vaticano/Estados Unidos) que impidió que el PCI llegara nunca al poder, a pesar de contar con un amplio respaldo social. No se entiende sin conocer a dos de los personajes políticos más siniestros de la Europa de los 70-80: Giulio Andreotti, l'onorevole Andreotti, il divo ("il potere logora chi non ce l'ha"), y su gabinete/corte de políticos corruptos, mafiosos y cardenales, y Bettino Craxi, el hombre de la CIA en Italia. Aquella tibieza (dejémoslo ahí) ante el secuestro de Moro y la muerte temprana de Berlinguer dieron al traste con la estrategia de "solidaridad nacional" con que (una parte de) la DC y el PCI querían regenerar la vida pública italiana y su corolario fue, dos décadas más tarde, Berlusconi. 
 
No saldrán de ésta (tampoco) mientras no nazca otro Berlinguer.
 
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Uno podría, si viviera en Nápoles, dedicar una hora de su vida al día a caminar por las salas del Arqueológico antes de regresar al siglo. Son pocos días y no puedo obligar a nadie a quedarse absorto dos horas ante la gran maqueta de Pompeya, la colección de estatuaria de Ercolano, el bárbaro arrodillado, el Antínoo Farnese, el busto de Homero o la mirada perdida del Hércules de Glycón.

Hace muchos años que los conservadores se quejan del deterioro de los sitios y las colecciones antiguas. Es muy probable que la escasez de recursos obligue a ir cerrando cada vez más espacios para evitar una fatalidad. En Italia no es infrecuente que uno acuda a unas ruinas o un museo y se los encuentre parcial o totalmente cerrados al público. Ocurrió durante años con el Antiquarium Forense, que visité de estrangis una mañana de primavera en que llovía torrencialmente gracias a la complicidad de Vittorio. Hace dos años con la Casa de Augusto en el Palatino. Ocurre hoy en Ercolano. Me espanta la idea de que dentro de quinientos años hayan podido desaparecer hasta los restos de esta civilización. 

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Lo primero que me viene a la memoria al pisar el puerto no es el breve tránsito por la ciudad, sino la primera vez que vi las pequeñas islas. No tienen aeropuerto. No hay otra forma de llegar a las Eolias que en un aliscafo desde la Campania, la Calabria o la isla grande. Cierro los ojos y recuerdo la mañana de 1985 en que me escabullí del saco de dormir donde habíamos pasado la noche en cubierta, Stromboli entre las primeras brumas y un único rayo de sol como un gran rompimiento de gloria sobre el volcán.

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Leo a Umberto Saba. Vuelve Ulises:
 
 
O tu che sei si triste ed hai presagi
d'orrore -Ulisse al declino- nessuna
dentro l'anima tua dolcezza aduna
la Brama
per una
pallida sognatrice di naufragi
che t'ama?
 
 
 [Intento en el hotel una traducción, que corrijo al llegar a casa:
 
Oh, tú tan triste y que presagias
el horror -Ulises en declive- ¿no existe
en tu alma ninguna dulzura que encienda
el Deseo
por una
pálida soñadora de naufragios
que te ama?
 
 
Pero debería consultarlo con JAM. En otras traducciones al español leo que es el Deseo quien despierta la dulzura].
 
 
 
Ulises y Diomedes (Museo Arqueológico de Nápoles)