martes, 1 de enero de 2013

But strong in will to strive


Brian Stauffer

1 de enero

Nápoles, barrio de los españoles, donde no se adentran los turistas. Ercolano, donde sólo acuden aquellos a quienes Pompeya sólo ha conseguido abrirles el apetito. Piazza Bellini, desde ya convertida en cuartel general. El funicular que sube al Vomero, de donde no querría bajar. Santa Chiara, donde la clausura deja de parecer una opción insensata. Y la nostalgia de Roma, infundada pero omnipresente.

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31 de diciembre

Hace dos veranos me habló de las bondades de Procida un hombre cuyo nombre no recuerdo. Es uno de esos lugares en que podría retirarme, dijo. Durante la cena me pareció un hombre muy inteligente, de una extraña sensibilidad. Al entrar en el edificio en que vivía, en la frontera este de la ciudad universitaria, catorce alturas, servicio de vigilancia 24 horas y largos pasillos de puertas numeradas a izquierda y derecha como celdas, comenzó mi extrañeza. ¿Hace cuánto vives aquí? Cuatro años, respondió. Antes, pensé, un albergue que vivir en esta fantasmagoría.

El apartamento era la representación más inequívoca que nunca he visto del síndrome de Diógenes, sólo conocido hasta entonces a través de esas noticias que de cuando en cuando aparecen en la prensa. Desarrollé un rechazo instintivo hacia Procida. Mi cabeza no era capaz de separar la fantasía de la pequeña isla en el golfo de Nápoles de la memoria de aquel tiberio de cajas de medicamentos, carátulas de dvd, libros a medio leer, calcetines y botellas de agua mineral vacías.

***

30 de diciembre

Como el viejo Ulises en el poema de Tennyson, que no encontraba descanso en no viajar, que quería seguir bebiendo la vida hasta las heces:

Though much is taken, much abides; and though
We are not now that strength which in old days
Moved earth and heaven, that which we are, we are
One equal temper of heroic hearts,
Made weak by time and fate, but strong in will
To strive, to seek, to find, and not to yield.
  

Algo así como, en traducción a pelo:

Es mucho lo perdido, pero queda mucho todavía, y aunque
no tengamos ya la fuerza que antaño
movía tierra y cielos, lo que somos, seguimos siéndolo:
un espíritu justo de corazones heroicos
debilitados por el tiempo y el destino, pero resueltos 
a combatir, a buscar, a encontrar, a no rendirse.
 
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 29 de diciembre
 
- ¿Quieres que te regale una cámara?
- No, gracias. Ya me regalaron una y nunca la utilizo. Me gusta recordar las cosas a mi manera. Y las cámaras nunca recuerdan las cosas como yo las recuerdo. 
 
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28 de diciembre
 
Fragmentos de correspondencia:
 
JJ: "Ahora estoy en Roma. Un lugar tan poco encantador para un judío en Navidad".
PJ: " ¡No hay ningún centímetro en Roma, ni siquiera en el perímetro vaticano, que no sea encantador hasta para un judío!"
 
G: "Me gustaría verte durante el día, estar contigo por las mañanas. Pero te escurres como los peces".
PJ: "Para ser más exactos, como los tiburones. Me he vuelto un animal solitario. Sólo me trato con otros ejemplares cuando me acecha el hambre y tengo que cazar".
 
C: "Voy a cumplir cincuenta años y me siento como si tuviera ochenta".
PJ: "Demasiadas esquirlas en un mismo año. Ten paciencia".
C: "También en eso tengo ochenta: mi paciencia es infinita".
 
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27 de diciembre
 
Sueño con Bakú. Conduzco por una carretera semidesierta un coche destartalado. A mi lado, G. sostiene un mapa plegado en sus manos. Ábrelo, a ver si descubrimos cuál de estos caminos que salen es el que lleva a la inscripción romana. Lo despliega, pero está en blanco, completamente en blanco. 
 
Le llamo por la mañana y le cuento el sueño. Se ríe: "Simplemente te quedaste con ganas de aquella inscripción". Bien, yo tampoco me fío mucho de las interpretaciones psicoanalíticas de los sueños, pero este escepticismo suyo es demasiado. ¿Qué significa que en un mapa se hayan borrado todas las indicaciones que debían servirte para llegar al sitio que quieres? 
 
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26 de diciembre
 
Luz, la astróloga autodidacta, ha pasado de un maltratador a otro. Le llaman Chuck y es el hijo de un boxeador vizcaíno que, tras unos combates de éxito en Australia, decidió probar fortuna por allí, sólo para terminar de minero en una región lunar cuando las fuerzas abandonaron sus músculos. Chuck no terminó el bachillerato, pero prosperó profesionalmente: comenzó ganándose la vida de pequeño camello de hierba, pasó unos años dorados cuando ascendió a corredor de merca y pastillas y, tras una breve estancia en la jaula, logró un contrato como conductor del camión de la basura en Melbourne. Ahora vive de una generosa pensión del gobierno australiano.

Vive es una forma de hablar, pues que mata las horas de la semana laboral fumando una marihuana pestilente y oteando abotargado el horizonte de la calle del oeste, y las horas del domingo quemando rueda a una Harley en un estado no mucho más alerta.



Foto: Constantine Manos