jueves, 31 de enero de 2013

A la caza de la eternidad

 


En 2010, Werner Herzog dirigió un documental sobre Chauvet, la cueva situada en el sureste de Francia donde se conservan, intactas gracias al derrumbe que selló su entrada, pinturas del Paleolítico superior. Lo vi hace dos semanas, atónito ante la perfección de las representaciones de caballos, rinocerontes, mamuts, bisontes y leones de las cavernas. Hace 30.000 años, la esperanza media de vida no superaba los 35 años. Los hombres vivían sometidos al Würm I; los instrumentos de caza, aunque más sofisticados que los que utilizaban los neandertales, seguían siendo claramente insuficientes para algo más que desollar o descuartizar las piezas; los tigres dientes de sable, los osos cavernarios y las hienas gigantes aún debían encarnarse en sus pesadillas, o su aparición fugaz en un bosque debía helarles la sangre en las venas. ¿Por qué unos hombres que vivían al límite de la supervivencia dedicarían horas a dibujar? ¿Y por qué a dibujar no todo lo que conocían, el bosque, los robles que en él marcaran algún punto de referencia, los meandros y gargantas del río que hoy conocemos como Arbèche, sino precisamente a las bestias que compartían con ellos esa breve y amenazada existencia? ¿En qué momento preciso (momento interior, no histórico) comenzamos, suponiendo que los hombres actuales mantengamos con ellos más similitudes de las que ellos compartían entonces con el resto de las bestias y que podamos sostener la ficción de una continuidad; en qué momento, digo, empezamos a distinguir entre Ello y Nosotros? ¿Y, sobre todo, cuáles pudieron ser los efectos de ese extrañamiento? Estas preguntas me fui haciendo durante los siguientes días, y el primer deslumbramiento dio paso a cierto desasosiego que me tiene paralizado. De ese desasosiego y del porqué de esa parálisis me gustaría hablarles.
 
 
[El documental de Herzog, aquí].




 No quiero teorizar. Ni sé, ni me apetece (tal vez si supiera me apeteciese, no quiero insinuar que lo segundo preceda ni justifique lo primero). La representación de esa cuadriga no uncida de caballos salvajes sobre el lienzo calcáreo de Chauvet no despertó ninguna intuición teórica, ninguna hermenéutica embrionaria sobre el arte; nada de eso, sino algo mucho más elemental, un relámpago cerebral, un estremecimiento en las tripas, en un ejercicio que consistía a partes iguales en recordarse a sí mismo con cuatro o cinco años y en trasladar ese ser aún más o menos incontaminado 30.000 años atrás.

De ese ejercicio visceral nacieron dos impresiones. La primera, que el niño que se hace contemplando en su guarida la representación de-el-rinoceronte jamás verá con los mismos ojos a-el-rinoceronte que se cruce en su camino, que ya no será sino un caso de rinoceronte, por mucho que sea el polvo que levante a su paso, el hedor a barro y estiércol, el latido de su respiración en un claro del bosque de Païolive. La representación habrá matado para siempre la eternidad (¿justamente lo que pretendía captar?) de ese instante efímero, que hubiera quedado para siempre grabado en su memoria de no ser porque ahora se ahogará, cederá, favorecido por la propia fragilidad de esa memoria, ante la pintura que todos los días entrevé en la pared antes de caer dormido. La segunda, que la sucesión de días, tardes y noches esporádicamente retenidos por el recuerdo de algo excepcional, pasará a ser Tiempo, tiempo abstracto; no el tiempo que encapsula una vida, sino el que proyecta una mente. Del mismo modo que nuestra conciencia sobre nuestros antepasados más cercanos (y nuestra fantasía sobre ellos) es más rica cuando poseemos de ellos un reloj de pulsera o una carta manuscrita, el lomo del mamut sobre la pared cóncava de la cueva tuvo que hacerle consciente de una forma nueva de que existieron en un pasado que hasta ahora no pesaba otras vidas concretas. Y de ahí un paso: que la suya era también concreta. Y sólo un metro más allá: que existirán otras más cuando él ya no esté.

Por eso el desasosiego. Y por eso también la parálisis: pues si uno escribe para conservar y si conservar aniquila, al reificarlo, el recuerdo vivo, a qué escribir o dibujar bisontes.