jueves, 31 de enero de 2013

A la caza de la eternidad

 


En 2010, Werner Herzog dirigió un documental sobre Chauvet, la cueva situada en el sureste de Francia donde se conservan, intactas gracias al derrumbe que selló su entrada, pinturas del Paleolítico superior. Lo vi hace dos semanas, atónito ante la perfección de las representaciones de caballos, rinocerontes, mamuts, bisontes y leones de las cavernas. Hace 30.000 años, la esperanza media de vida no superaba los 35 años. Los hombres vivían sometidos al Würm I; los instrumentos de caza, aunque más sofisticados que los que utilizaban los neandertales, seguían siendo claramente insuficientes para algo más que desollar o descuartizar las piezas; los tigres dientes de sable, los osos cavernarios y las hienas gigantes aún debían encarnarse en sus pesadillas, o su aparición fugaz en un bosque debía helarles la sangre en las venas. ¿Por qué unos hombres que vivían al límite de la supervivencia dedicarían horas a dibujar? ¿Y por qué a dibujar no todo lo que conocían, el bosque, los robles que en él marcaran algún punto de referencia, los meandros y gargantas del río que hoy conocemos como Arbèche, sino precisamente a las bestias que compartían con ellos esa breve y amenazada existencia? ¿En qué momento preciso (momento interior, no histórico) comenzamos, suponiendo que los hombres actuales mantengamos con ellos más similitudes de las que ellos compartían entonces con el resto de las bestias y que podamos sostener la ficción de una continuidad; en qué momento, digo, empezamos a distinguir entre Ello y Nosotros? ¿Y, sobre todo, cuáles pudieron ser los efectos de ese extrañamiento? Estas preguntas me fui haciendo durante los siguientes días, y el primer deslumbramiento dio paso a cierto desasosiego que me tiene paralizado. De ese desasosiego y del porqué de esa parálisis me gustaría hablarles.
 
 
[El documental de Herzog, aquí].




 No quiero teorizar. Ni sé, ni me apetece (tal vez si supiera me apeteciese, no quiero insinuar que lo segundo preceda ni justifique lo primero). La representación de esa cuadriga no uncida de caballos salvajes sobre el lienzo calcáreo de Chauvet no despertó ninguna intuición teórica, ninguna hermenéutica embrionaria sobre el arte; nada de eso, sino algo mucho más elemental, un relámpago cerebral, un estremecimiento en las tripas, en un ejercicio que consistía a partes iguales en recordarse a sí mismo con cuatro o cinco años y en trasladar ese ser aún más o menos incontaminado 30.000 años atrás.

De ese ejercicio visceral nacieron dos impresiones. La primera, que el niño que se hace contemplando en su guarida la representación de-el-rinoceronte jamás verá con los mismos ojos a-el-rinoceronte que se cruce en su camino, que ya no será sino un caso de rinoceronte, por mucho que sea el polvo que levante a su paso, el hedor a barro y estiércol, el latido de su respiración en un claro del bosque de Païolive. La representación habrá matado para siempre la eternidad (¿justamente lo que pretendía captar?) de ese instante efímero, que hubiera quedado para siempre grabado en su memoria de no ser porque ahora se ahogará, cederá, favorecido por la propia fragilidad de esa memoria, ante la pintura que todos los días entrevé en la pared antes de caer dormido. La segunda, que la sucesión de días, tardes y noches esporádicamente retenidos por el recuerdo de algo excepcional, pasará a ser Tiempo, tiempo abstracto; no el tiempo que encapsula una vida, sino el que proyecta una mente. Del mismo modo que nuestra conciencia sobre nuestros antepasados más cercanos (y nuestra fantasía sobre ellos) es más rica cuando poseemos de ellos un reloj de pulsera o una carta manuscrita, el lomo del mamut sobre la pared cóncava de la cueva tuvo que hacerle consciente de una forma nueva de que existieron en un pasado que hasta ahora no pesaba otras vidas concretas. Y de ahí un paso: que la suya era también concreta. Y sólo un metro más allá: que existirán otras más cuando él ya no esté.

Por eso el desasosiego. Y por eso también la parálisis: pues si uno escribe para conservar y si conservar aniquila, al reificarlo, el recuerdo vivo, a qué escribir o dibujar bisontes.

lunes, 28 de enero de 2013

Ponerse en pie

Foto: Andrei Tarkovsky
 
"Mais dans le plus petit comme dans le plus grand bonheur, il y a toujours quelque chose qui fait que le bonheur est un bonheur : la possibilité d'oublier, ou pour le dire en termes plus savants, la faculté de se sentir pour un temps en dehors de l'histoire. L'homme qui est incapable de s'asseoir au seuil de l'instant en oubliant tous les événements passés, celui qui ne peut pas, sans vertige et sans peur, se dresser un instant tout debout, comme une victoire, ne saura jamais ce qu'est un bonheur, et, ce qui est pire, il ne fera jamais rien pour donner du bonheur aux autres; imaginez l'exemple extrême: un homme qui serait incapable de rien oublier et qui serait condamné à ne voir partout qu'un devenir; celui-là ne croirait pas à son propre être, il ne croirait plus en soi, il verrait tout se dissoudre en une infinité de points mouvants et finirait par se perdre dans ce torrent du devenir. Finalement, en vrai disciple d'Héraclite, il n'oserait même plus bouger un doigt. Tout acte exige l'oubli, comme la vie des êtres organiques exige non seulement la lumière, mais aussi l'obscurité. Un homme qui ne voudrait rien voir qu'historiquement serait pareil à celui qu'on forcerait à s'abstenir de sommeil ou à l'animal qui ne devrait vivre que de ruminer et de ruminer sans fin. Donc, il est possible de vivre presque sans souvenir et de vivre heureux, comme le démontre l'animal, mais il est impossible de vivre sans oublier. Ou plus simplement encore, il y a un degré d'insomnie, de rumination, de sens historique qui nuit au vivant et qui finit par le détruire, qu'il s'agisse d'un homme, d'une nation ou d'une civilisation".
 
 
NIETZSCHE
Considérations intempestives, II, 1
tr. fr. G. Bianquis, éd. Aubier-Montaigne

martes, 22 de enero de 2013

¡Tradúzcanlos!

Uno de los entretenimientos de los días de descanso, cuando las horas de callejeo habían agotado las fuerzas, ha sido recopilar un listado de poetas todavía no (o poco) traducidos al español. Aunque tengo la suerte de leer con alguna fluidez en tres idiomas con una gran industria editorial, por mis propias limitaciones (y para escándalo de algunos puristas) siempre que tengo la opción prefiero una buena traducción a mi lengua materna al texto original. La regla tiene excepciones: Eliot traducido tiene la misma gracia que un tratado de mecánica.

La lista primera, anotada entre café y café en una cafetería de hotel con el arma única de la memoria, incluía catorce nombres. La he recortado a cinco, por que la extensión no genere desesperanza. La transcribo en el caprichoso orden en que se me aparecieron (con los huecos dejados por los eliminados). Aunque no deja de ser una delación de mis gustos literarios (y de mi fidelidad por la literatura del Este), el tiempo (con la única excepción de Leo Yankevich) ha sancionado ampliamente su calidad. 


1. Miron Białoszewski. Una vez subsanada hace poco más de un mes la ausencia de Herbert, toca el que al parecer es "el santo grial de los traductores del polaco". El volumen editado por la UNAM, Poesía polaca contemporánea (en traducción de Krystyna Rodowska) sólo contiene seis poesías de Białoszewski. Hasta donde sé, no existe ninguna otra traducción. Tal vez en alguna revista literaria puedan encontrarse algunos poemas más. En inglés no hay mucho más (cinco poemas en la famosa recopilación de poesía polaca de posguerra de Milosz y The Revolution of Things: Collected Poems, una antología descatalogada e incompleta).  


2. Vladislav Jodasevich. Lo que sea, que traduzcan lo que sea de este escritor más conocido por las referencias de Nina Berberova y Nabokov a los círculos de los emigrantes rusos en el exilio que por sus propias obras. Pero si todo les parece mucho, o si (con razón) deciden que su poesía no vendería dos docenas de ejemplares, sus memorias literarias: Necrópolis. Llegué a ellas a través de la traducción al italiano de la editorial Adelphi. La recuerdo como una gran novela en que los personajes son los propios escritores rusos, fantasmas ya suicidados, asesinados o desaparecidos por obra de la perversión soviética.



  
3. Leopold Staff. La poesía escrita en polaco en el siglo XX es superior a la escrita en inglés (me atrevo a decirlo encaramado a los hombros de Brodsky), lo que quiere decir que nos estamos perdiendo a poetas extraordinarios. Tampoco existe, que yo sepa, una buena antología poética de Staff traducida al español. De nuevo, poemas sueltos en algunas revistas literarias. Ahí va un ejemplo, con traducción de Xuan Bello aparecida en El Comercio: "No me lo podía creer/de pie en la orilla de un río/ que era ancho y turbulento, /que tuviese que atravesar aquel puente/que era estrecho y frágil,/tendido sobre el incierto abismo./Caminé delicado como una mariposa,/y pesado como un elefante./Caminé seguro como un danzarín/y temeroso como un ciego./No me podía creer que pudiese atravesar aquel puente, /y ahora que estoy de pie en la otra orilla/no me puedo creer que lo haya cruzado".


4. El Awater de Martinus Nijhoff. Eliot consideraba Awater uno de los grandes poemas "modernistas" del siglo pasado, tal vez porque el protagonista espiado, Awater, se parezca algo a Prufrock y a Tiresias. Se publicó a comienzos de los 30 en holandés y en 1939 apareció la primera traducción al inglés. Llevamos pues setenta años de retraso. No es mi estilo, prefiero con mucho la delicadeza menos intelectualizada (la metafísica más disimulada) de los polacos; pero también querría leerlo en una buena traducción al español antes que en otro idioma.




5. Leo Yankevich. El único de los citados que, además de estar vivo, escribe en inglés. Un poeta que se define como formalista y que rara vez escribe en verso libre o blanco. En la Red circulan numerosas muestras de su calidad, incluido un libro electrónico completo (Metaphysics). Un botón de muestra:



PRAISED BE


Praised be the ugly and the beautiful,
the slow decay of leaves, the dew on grass,
the thistles and the apples bountiful.
Praised be the frozen branches in the pass,
the rapids rushing downwards to the spring,
the violets sprouting in the morning light.
Praised be the feather of the broken wing,
the wounded fawn that will not last the night
whose heavy clouds obstruct the moon and stars.
Praised be the hungry lynx and its last prey,
the goshawk flying over woodland scars
before it dives into a sea of grey.
Praised be the fierce light that forever burns,
and life that struggles, dies and then returns .

jueves, 17 de enero de 2013

Takun sin Takun

  
Guti
 
Hace meses, cuando le conocí en circunstancias poco habituales en el bar del Hotel Suecia, no imaginaba que íbamos a mantener la relación, o que, de mantenerla, sería tan esporádica e imprevisible. Ni mucho menos que una noche terminaríamos en un casino cercano, jugando cada uno en una mesa diferente. Me gusta jugar. A todo, desde el parchís hasta al giley, el futbolín, el billar o el mus. Pero hacía muchos años que no jugaba al póquer. Tantos como veintipico, cuando me encerraba durante las horas de la siesta en la penumbra de La Victoria con Guti, whisky va whisky viene, y salíamos ya de noche algo más que perjudicados a la plaza.


Takun Q Takun (todavía Primero de solfeo). Ensayo en la Casa Pizarro, 1985.

Y la razón por la que gané, en una mesa de cinco hombres con una media de tres mil euros en fichas cada uno, es porque seguí al pie de la letra los tres viejos consejos de Guti. Regla número 1: que tu juego no revele tu carácter, por que tu carácter no descubra tu estrategia. Regla número 2: tus fondos iniciales nunca pueden ser inferiores a dos tercios de los fondos de tus adversarios. Regla número 3: agua mineral o zumos hasta ganar o perder la última peseta.

Había imaginado que me encontraría con viejos jugadores, de esos que en ocasiones se hacen los pardillos para disimular los cientos de noches que han repetido los mismos gestos ante el tapete verde, entre las columnas de fichas, y que el jugador inexperto hunda él mismo el anzuelo en su fresca carne. Pero las cosas han cambiado mucho: en la que fuera la sala principal, reducida ahora a una cuarta parte de su tamaño original, apenas quedan un par de ruletas y unas desoladas mesas de 21 para los nostálgicos de la emoción real. El resto se ha compartimentado en media docena de cubículos donde se juega a las máquinas tragaperras y a partidas virtuales de póquer con otros noctámbulos ojerosos, conectados desde cualquier parte del mundo. La media de edad de los jugadores ha disminuido sustancialmente. El espectáculo de folclóricas que solía comenzar a partir de medianoche se ha suspendido. La etiqueta no es tan rígida. Las copas siguen siendo igual de caras, pero los camareros te las tiran encima o se equivocan de combinación a la primera de cambio.

Ahí sentado entre los jóvenes chacales nocturnos, me esmeré en respetar las tres reglas. Les desplumé. Salí de allí con la urgencia de llamarle. Pero Guti ya no está localizable. En el bar de la esquina, brindé a la salud del amigo. En el bolsillo, el botín se enfriaba. 


domingo, 13 de enero de 2013

Preguntas

Art Basel (Miami, 2010)

A la pintura le molestan los objetos, la realidad, desde hace muchas décadas. No es noticia. Pero la tendencia se ha contagiado a nuevas formas de expresión [llamémoslas así, aunque la primera acepción del término "expresión" evoque la transmisión hacia afuera de algo para hacerlo inteligible].

Un happening consiste típicamente en la exhibición de algún símbolo (otro alejamiento de la naturaleza) del que, presuntamente, debemos deducir una idea. Y de ahí la cara de imbécil con que vemos salir a muchas personas de ellos, si de la simple contemplación no resulta evidente nada, y las largas, tediosas conversaciones posteriores que mantienen sobre "lo que realmente quería decir". Por ejemplo, Shibboleth (en 2007) en la Tate Modern, una grieta que atravesaba el Turbine Hall de parte a parte


Shibboleth (Turbine Hall, Londres, 2007)

era una metáfora sobre la experiencia de la emigración y la xenofobia. Por si la raja no fuera ya suficientemente explícita, el título lo aclaraba todo.

Algunas veces, la exposición no es nada sutil (aunque ojo: no deja de ser simbólica), pero la propia obviedad, y hasta zafiedad, nos deja con la misma sensación de bolonio que las variantes más crípticas. Véase el vídeo gore Himenoplastia (o no lo vean; fíense de mí), de la sin par Regina José Galindo, León de Oro en la bienal de Venecia de 2005, por citar uno solo de sus muchos reconocimientos. Por supuesto, aquello no trataba sólo de la recomposición de un hímen ya roto,  sino de quién lo había roto. El mensaje era pues de mucho más largo alcance: la violencia contra "la mujer" en el mundo, el predominio del patriarcado.

Lo mismo sucede con los "artistas visuales". El CNN Concatenated de Omer Fast, que ha expuesto sus vídeos en medio centenar de museos de arte moderno del mundo, se supone encarna una crítica a los medios de comunicación, una puesta en cuestión de su credibilidad. Así será, si así él lo dice. Existen infinidad de ejemplos de esta representación de la realidad que prescinde (reniega) de las formas reconocibles de la realidad. En la Red, por ejemplo, están colgados los trabajos presentados en la Documenta XIII de Kassel, cuya sola declaración de principios no deja lugar a dudas sobre qué conciben por arte.

Ahora esto empieza también a oler a rancio.

***

Todo este rodeo para sorprenderme de que en poesía esté ocurriendo exactamente lo contrario: en las dos últimas décadas, una especie de hiperrealismo lo inunda todo.

La experiencia más banal, el día a día ("me levanté por la mañana temprano, preparé un café para los dos, no encontrabas el champú"), elevados a objeto máximo de atención. Y su contintente formal, en perfecta correspondencia con la futilidad del contenido: en lo que a estructura se refiere, un falso poema en que basta con volver a unir los versos por obra del punto y seguido en oraciones simples para obtener un vulgar texto en prosa; en cuanto al vocabulario, cálcele usted algún objeto cotidiano ("lavadora", "cepillo de dientes", "móvil", "bono-metro", qué sé yo, échenle imaginación) que al menos parezca dotar de autenticidad esa menuda existencia. Funciona también la inserción de una palabra, preferiblemente malsonante, donde menos se la espera: algún contraste semántico inesperado por difícilmente justificable (por ejemplo, la palabra "polla" en un texto que hable sobre el amanecer en un bosque hiperbóreo), pero que deje al lector con la sensación de que le habla un hombre de nuestro tiempo y desde sus mismísimas vísceras. De métrica y rima, mejor ni hablamos.

Me gustaría poder explicar a qué responde esta diferencia, pero sólo tengo algunos indicios y muchas preguntas.

domingo, 6 de enero de 2013

Notas italianas



No se puede entender la política italiana si se desconoce el pacto tripartito de posguerra (Democracia Cristiana/Vaticano/Estados Unidos) que impidió que el PCI llegara nunca al poder, a pesar de contar con un amplio respaldo social. No se entiende sin conocer a dos de los personajes políticos más siniestros de la Europa de los 70-80: Giulio Andreotti, l'onorevole Andreotti, il divo ("il potere logora chi non ce l'ha"), y su gabinete/corte de políticos corruptos, mafiosos y cardenales, y Bettino Craxi, el hombre de la CIA en Italia. Aquella tibieza (dejémoslo ahí) ante el secuestro de Moro y la muerte temprana de Berlinguer dieron al traste con la estrategia de "solidaridad nacional" con que (una parte de) la DC y el PCI querían regenerar la vida pública italiana y su corolario fue, dos décadas más tarde, Berlusconi. 
 
No saldrán de ésta (tampoco) mientras no nazca otro Berlinguer.
 
***

Uno podría, si viviera en Nápoles, dedicar una hora de su vida al día a caminar por las salas del Arqueológico antes de regresar al siglo. Son pocos días y no puedo obligar a nadie a quedarse absorto dos horas ante la gran maqueta de Pompeya, la colección de estatuaria de Ercolano, el bárbaro arrodillado, el Antínoo Farnese, el busto de Homero o la mirada perdida del Hércules de Glycón.

Hace muchos años que los conservadores se quejan del deterioro de los sitios y las colecciones antiguas. Es muy probable que la escasez de recursos obligue a ir cerrando cada vez más espacios para evitar una fatalidad. En Italia no es infrecuente que uno acuda a unas ruinas o un museo y se los encuentre parcial o totalmente cerrados al público. Ocurrió durante años con el Antiquarium Forense, que visité de estrangis una mañana de primavera en que llovía torrencialmente gracias a la complicidad de Vittorio. Hace dos años con la Casa de Augusto en el Palatino. Ocurre hoy en Ercolano. Me espanta la idea de que dentro de quinientos años hayan podido desaparecer hasta los restos de esta civilización. 

***

Lo primero que me viene a la memoria al pisar el puerto no es el breve tránsito por la ciudad, sino la primera vez que vi las pequeñas islas. No tienen aeropuerto. No hay otra forma de llegar a las Eolias que en un aliscafo desde la Campania, la Calabria o la isla grande. Cierro los ojos y recuerdo la mañana de 1985 en que me escabullí del saco de dormir donde habíamos pasado la noche en cubierta, Stromboli entre las primeras brumas y un único rayo de sol como un gran rompimiento de gloria sobre el volcán.

***

Leo a Umberto Saba. Vuelve Ulises:
 
 
O tu che sei si triste ed hai presagi
d'orrore -Ulisse al declino- nessuna
dentro l'anima tua dolcezza aduna
la Brama
per una
pallida sognatrice di naufragi
che t'ama?
 
 
 [Intento en el hotel una traducción, que corrijo al llegar a casa:
 
Oh, tú tan triste y que presagias
el horror -Ulises en declive- ¿no existe
en tu alma ninguna dulzura que encienda
el Deseo
por una
pálida soñadora de naufragios
que te ama?
 
 
Pero debería consultarlo con JAM. En otras traducciones al español leo que es el Deseo quien despierta la dulzura].
 
 
 
Ulises y Diomedes (Museo Arqueológico de Nápoles)
 
 

 

martes, 1 de enero de 2013

But strong in will to strive


Brian Stauffer

1 de enero

Nápoles, barrio de los españoles, donde no se adentran los turistas. Ercolano, donde sólo acuden aquellos a quienes Pompeya sólo ha conseguido abrirles el apetito. Piazza Bellini, desde ya convertida en cuartel general. El funicular que sube al Vomero, de donde no querría bajar. Santa Chiara, donde la clausura deja de parecer una opción insensata. Y la nostalgia de Roma, infundada pero omnipresente.

***

31 de diciembre

Hace dos veranos me habló de las bondades de Procida un hombre cuyo nombre no recuerdo. Es uno de esos lugares en que podría retirarme, dijo. Durante la cena me pareció un hombre muy inteligente, de una extraña sensibilidad. Al entrar en el edificio en que vivía, en la frontera este de la ciudad universitaria, catorce alturas, servicio de vigilancia 24 horas y largos pasillos de puertas numeradas a izquierda y derecha como celdas, comenzó mi extrañeza. ¿Hace cuánto vives aquí? Cuatro años, respondió. Antes, pensé, un albergue que vivir en esta fantasmagoría.

El apartamento era la representación más inequívoca que nunca he visto del síndrome de Diógenes, sólo conocido hasta entonces a través de esas noticias que de cuando en cuando aparecen en la prensa. Desarrollé un rechazo instintivo hacia Procida. Mi cabeza no era capaz de separar la fantasía de la pequeña isla en el golfo de Nápoles de la memoria de aquel tiberio de cajas de medicamentos, carátulas de dvd, libros a medio leer, calcetines y botellas de agua mineral vacías.

***

30 de diciembre

Como el viejo Ulises en el poema de Tennyson, que no encontraba descanso en no viajar, que quería seguir bebiendo la vida hasta las heces:

Though much is taken, much abides; and though
We are not now that strength which in old days
Moved earth and heaven, that which we are, we are
One equal temper of heroic hearts,
Made weak by time and fate, but strong in will
To strive, to seek, to find, and not to yield.
  

Algo así como, en traducción a pelo:

Es mucho lo perdido, pero queda mucho todavía, y aunque
no tengamos ya la fuerza que antaño
movía tierra y cielos, lo que somos, seguimos siéndolo:
un espíritu justo de corazones heroicos
debilitados por el tiempo y el destino, pero resueltos 
a combatir, a buscar, a encontrar, a no rendirse.
 
 ***
 
 29 de diciembre
 
- ¿Quieres que te regale una cámara?
- No, gracias. Ya me regalaron una y nunca la utilizo. Me gusta recordar las cosas a mi manera. Y las cámaras nunca recuerdan las cosas como yo las recuerdo. 
 
***
 
28 de diciembre
 
Fragmentos de correspondencia:
 
JJ: "Ahora estoy en Roma. Un lugar tan poco encantador para un judío en Navidad".
PJ: " ¡No hay ningún centímetro en Roma, ni siquiera en el perímetro vaticano, que no sea encantador hasta para un judío!"
 
G: "Me gustaría verte durante el día, estar contigo por las mañanas. Pero te escurres como los peces".
PJ: "Para ser más exactos, como los tiburones. Me he vuelto un animal solitario. Sólo me trato con otros ejemplares cuando me acecha el hambre y tengo que cazar".
 
C: "Voy a cumplir cincuenta años y me siento como si tuviera ochenta".
PJ: "Demasiadas esquirlas en un mismo año. Ten paciencia".
C: "También en eso tengo ochenta: mi paciencia es infinita".
 
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27 de diciembre
 
Sueño con Bakú. Conduzco por una carretera semidesierta un coche destartalado. A mi lado, G. sostiene un mapa plegado en sus manos. Ábrelo, a ver si descubrimos cuál de estos caminos que salen es el que lleva a la inscripción romana. Lo despliega, pero está en blanco, completamente en blanco. 
 
Le llamo por la mañana y le cuento el sueño. Se ríe: "Simplemente te quedaste con ganas de aquella inscripción". Bien, yo tampoco me fío mucho de las interpretaciones psicoanalíticas de los sueños, pero este escepticismo suyo es demasiado. ¿Qué significa que en un mapa se hayan borrado todas las indicaciones que debían servirte para llegar al sitio que quieres? 
 
***
 
26 de diciembre
 
Luz, la astróloga autodidacta, ha pasado de un maltratador a otro. Le llaman Chuck y es el hijo de un boxeador vizcaíno que, tras unos combates de éxito en Australia, decidió probar fortuna por allí, sólo para terminar de minero en una región lunar cuando las fuerzas abandonaron sus músculos. Chuck no terminó el bachillerato, pero prosperó profesionalmente: comenzó ganándose la vida de pequeño camello de hierba, pasó unos años dorados cuando ascendió a corredor de merca y pastillas y, tras una breve estancia en la jaula, logró un contrato como conductor del camión de la basura en Melbourne. Ahora vive de una generosa pensión del gobierno australiano.

Vive es una forma de hablar, pues que mata las horas de la semana laboral fumando una marihuana pestilente y oteando abotargado el horizonte de la calle del oeste, y las horas del domingo quemando rueda a una Harley en un estado no mucho más alerta.



Foto: Constantine Manos