jueves, 26 de diciembre de 2013

Desde el otero


 
Ahorcó los hábitos y aceptó la dolorosa de una ocupación oficinesca. Pero las viejas querencias vuelven por sus fueros. Tiene en su mesa de trabajo un globo terráqueo. De vez en cuando estira la mano sin mirar y lo hace girar sin un destino preciso. Cuando se detiene, derrama la vista al azar. Imagínenle entonces situado en un otero, dando la cara a la solana. 
 
Entonces comienza la proyección. Cuando ésta le lleva demasiado lejos el carcelero esconde el globo en la cocina. El encarcelado echa mano de tretas despreciables para volver a tenerlo cerca. Un mechero perdido, un café enfriado. El carcelero no le tiene fe, pero tampoco oculta su curiosidad por las selvas de Ceilán y las ruinas de Anuradhapura. No en vano se conocen desde niños. Un recorrido por el estrecho de Palk, flanqueado a uno y otro lado por una cadena de atolones, bancos de arena y arrecifes de coral, da al traste con la productividad de la mañana.
 
De regreso, a veces contemplan entristecidos dos parejas de buitres en formación inusual. No el vuelo espiral que desciende en círculos cada vez más estrechos sobre la presa, sino un rombo perfecto más propio de un escuadrón de caza que de una bandada de rapaces. Imagínenlos entonces de cara a la umbría, con el sol de espalda y un corazón envejecido lleno de preguntas.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Entrando en la ciudad por alta mar



Estaba muerta. Muerta estaba que yo la vi. Me dejaron acercarme un instante, le di un beso en la frente y marchamos a los encargos.
 
Recortamos distancia llevando a la yegua por el camino que conduce de SA al paso del Magasca.

Urraca, colores invertidos, careta negra sobre capa baya, sudaba. Sudaba él a las riendas y yo a su espalda. Empapaba mi palma en los vapores de la grupa y me la acercaba a la nariz, en un gesto repetido cien veces antes de desmontar. Eran mis nervios. Hubiera yo cabalgado por los siglos sin otro destino que la pausa necesaria para volver a cabalgar.
 
Iba él dichararecho y yo cabizbajo, recayendo por mi propia voluntad en su última expresión para fijarla por siempre. Y ya ves, casi cuatro décadas décadas después no consigo evocarla. La veo viva, sentada en una silla baja de enea al borde del pozo junto a unos tiestos de geranios. Pero muerta como estaba aquella mañana, limpio y recogido su consumido cuerpo en la penumbra, nada.

Hubiera yo cabalgado por los siglos pero allí estaba el castillo y era el fin. Y todo lo que recuerdo ya es la cháchara sin fin del jinete, el olor de Urraca, el castillo de T. desprendiendo la luz que venía cayendo desde hace dos horas, la llanura pálida, los berruecos encrespados como olas del mar y el comienzo de ese poema de Hahn:
 
Entrando en la ciudad por alta mar
la grande bestia vi: su rojo ser
Entré por alta luz por alto amor
entréme y encontréme padecer
Un sol al rojo blanco en mi interior.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Los que viajan lejos

 

8/12/2013
 
Marcel Schowb y Stevenson. El capitán Angelo Fiaschi. Richepin y Renard. Criados chinos, nodrizas annamitas. Georges Courteline y el cementerio del Calvario. El trayecto que va de Marsella a Samoa, pasando por el Jónico, Port Said, el canal de Suez y el Mar Rojo. François Villon, los coquillards y el argot francés. La "cruzada de los niños". Sobre ellos tomo notas estos días, en la esperanza de estar en condiciones de contar algún día a los míos qué relación les unía y de justificar todas las horas que robo al siglo escudriñando mapas, imágenes de paquebotes de dos chimeneas, manuales de medicina del XIX, gacetas australianas hace tiempo desaparecidas, relatos, certificados de nacimiento, poemas, fotografías de tumbas, crónicas de naufragios.
 
De noche mi cabeza da vueltas sobre todo ello. Pero quien actúa como un verdadero imán, desvelándome hasta muy entrada la noche, es Stevenson, los Recuerdos de Vailima de Isobel Strong y Lloyd Osbourne en una edición de Constable de 1903.

6/12/2013

Una patria se elige (Charles Simic). Todos sabemos, después del asesinato de Daniel Pearl, el valor que tienen esas cuatro palabras expresadas en voz alta: "I am a Jew". Pearl las pronunció con una faca al cuello, minutos antes de ser decapitado. El vídeo de su decapitación, que los asesinos colgaron en Internet y las hordas jihadistas se encargaron de divulgar a diestro y siniestro, mostraba un detalle que ellos no habían percibido: la señal de la victoria que Pearl hizo con su mano esposada mientras las pronunciaba. Son las palabras que ha elegido el pianista Evgueny Kissin para explicar por qué ha dedidido adoptar la nacionalidad israelí, en una declaración emocionante.
 
5/12/2013

Traduzco por el puro placer de tenerlos más cerca algunos poemas de Stevenson. Aquí, The far-farers.
 
Los que viajan lejos
 
El sol inmenso,
el brillante día;
las blancas velas
sobre la azul bahía.
Los que viajan lejos
se desvanecen.
 
Encended la lumbre
y cerrad la puerta.
Al viejo hogar,
a la amada costa,
los que viajan lejos
nunca vuelven.
 
 
3/12/2013
 
Conversación en uno de esos speakeasy que proliferan en Madrid desde la ley Salgado. Le cuento a Ch. lo que me ronda la cabeza. No lo ve, pero me da carta blanca. Justifica así su decisión: "Escribas lo que escribas, siempre aparecerás tú". Así que no soy el sujeto, sino más bien el objeto.
 
2/12/2013
 
Sólo me interesan los salvajes. El aire que beben. Con la edad, he aprendido a afectar interés por quienes no lo son. También a distinguir a los reales de los impostados. Pero mis querencias juveniles se mantienen intactas. El resto de los hombres carece absolutamente de interés para mí.     
 
Regardez-les passer ! Eux, ce sont les sauvages.
Ils vont où leur désir le veut, par-dessus monts,
Et bois, et mers, et vents, et loin des esclavages.
L'air qu'ils boivent ferait éclater vos poumons.
 
30/11/2013
 
Dice tener todo lo que quiere, salvo lo único que de verdad quiere. Le preguntaría, pero la respuesta sobra a buen entendedor. 

jueves, 28 de noviembre de 2013

Lo falso

David Leffel (Autorretrato)

Me pide V. que no tire a la papelera los borradores de lo que ando escribiendo, o las partes que descarto. Como si alguna vez pudiera llegar a interesar a alguien no ya esas notas, sino su arqueología. Una obra sólo está constituida por lo que se ha decidido conservar en ella. Lo descartado forma parte del proceso de creación, sí, pero no tiene sentido afear la criatura final cargándola con todo lo que abandonó por el camino.  
 
***
 
Después de un contacto más o menos estrecho con algunos pintores, ha tenido que ser un escultor quien me abriera los ojos a los retratos y bodegones de David Leffel o a los paisajes de Frits Thaulow, y quien me haya dado a leer el discurso de ingreso de Carlos de Haes en la Academia de San Fernando.

El discurso de Haes tiene interés hasta para quienes prestamos una atención más educada a otras artes. Llega hasta mí tras una conversación encendida sobre el viejo debate verdad/belleza ("beauty is truth, truth beauty"). En el ejemplar, un doble subrayado lo vuelve a destacar, aunque por alusión a sus contrarios: "Salirse del carril de lo falso, que en definitiva sólo conduce a lo feo".

***

Me sucede todos los años, al menos una vez por estación. Cuando me hago consciente de que ha entrado, que suele ser varios días después de su estreno oficial, me invade la nostalgia de Roma y mi imaginación comienza a girar en torno a sus calles y plazas. Si es invierno quien entra, desciende como un ave sobre el Coliseo nevado y vacío, una mañana de domingo en que aún es fácil ver a un Miguel Ángel ya anciano paseando entre las ruinas en busca de inspiración.

***
 
Cena. Dos parejas esperan a una tercera. Todos sabemos de las aventuras de ella. La última, con un hombre mayor que la colmaba de regalos, algunos de los cuales disfruta ignorante X. Por ejemplo, ese lector de libros electrónicos último modelo, de cuyas virtudes hace una demostración al entrar. X. se muestra sin embargo de una arrogancia insultante. Da a entender en público que no sabe por qué sigue con ella, pudiendo rehacer su vida con decenas de otras. Calla ella, callan todos, recito para mis adentros la cuarteta de Villamediana:

¡Qué galán que entró Vergel
con cintillo de diamantes!
Diamantes que fueron antes
de amantes de su mujer. 
 


Frits Thaulow (Elvelandskap)
 

domingo, 24 de noviembre de 2013

Sueños roncados

Foto: Diane Arbus
 
Enajenado, necio, empecinado: ésa es la fama con la que ha quedado entre quienes posiblemente nunca le apreciaron mucho. 
 
Sin embargo, me admira tanto más que estando ya caído y sin blanca, abandonado por los suyos y hostigado por sus adversarios, haya redoblado su fe en ese dislate de vida. Tragamos saliva y nos quitamos el sombrero cuando el Quijote, derrotado y tendido en una playa de Barcelona, se reafirma en la preeminencia de Dulcinea, alegando que no sería bien que su flaqueza (humana: la lanza de Sansón Carrasco ya le rasga el pecho) defraudase esa verdad.
 
A un conocido común que le reprocha su falta de realismo le recuerdo aquello de que en la vida humana sólo unos pocos sueños se cumplen: la gran mayoría se roncan. Pero para que la primera parte de la reflexión de Jardiel se nos aplique de forma tan implacable es necesario roncar mucho. Y, además, hay quien sospecha que sólo conserva su sustancia el sueño que nunca fermenta.
 
Mi padre tenía otra forma de decirlo: Cuidado con los sueños, porque se cumplen. Lo que viene a dar en lo mismo. El valor de los sueños no reside en su materialización, sino en su propio aliento y en la completa libertad con la que el que sueña se define a sí mismo.

O, volviendo al empecinado del principio y al caballero derrotado: “Yo sé quién soy”. Que para abrir boca no está mal.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Pasos que otros huyen


 
La primera acepción de “fracasar” en el MM: “Romper algo haciéndolo pedazos”. La segunda: “Destrozarse haciéndose pedazos; particularmente, un barco al chocar con los escollos”. Fracaso: “Caída con estrépito y rompimiento, o hundimiento estrepitoso de algo”.
 
Es curioso que un término que aludía a un fenómeno tan puramente físico haya pervivido en el lenguaje corriente como metáfora de un estado del espíritu.
 
Nunca he tenido claro si el rompimiento es causa o consecuencia. Tendemos a pensar, pues lo único que tenemos a mano para identificarlo es el cuerpo ya abierto, el corazón en canal, que su origen debe hallarse en algún momento pasado. Pero bien podría ser que el rompimiento fuera la detonación primera, una especie de espasmo breve y violento que hubiera congelado el gesto que ahora observamos.
 
Siempre me interesó el fracaso. Particularmente, el que es producto de la voluntad (activa o pasiva). “Viendo delante y cerca fin temido, con pasos que otros huyen lo he buscado”. El rompimiento deliberado rechaza el manto social de la derrota. 
 
No hay que idealizar el fracaso, tampoco el de esta clase. Romperse duele y el destrozo es de tal calibre que ni el tiempo puede alardear de sus proverbiales virtudes curativas. 
 
El hundimiento no te permite hacer pie nunca más. Si has llegado al fondo podrás, como mucho, volver a cojear con algún arrimo.
 
El fracaso afina los sentidos. El hombre roto es capaz de percibir las llagas allí donde otros ven una piel tersa y brillante.
 
Reconozco varios intentos de fracaso en mí mismo. Justo es decir que algunos de ellos tuvieron mucho éxito.

El más reciente se lleva la palma. La descomposición fue directamente proporcional a la felicidad que lo precedió.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Vuelva el que tenga



Diecinueve domicilios en cuatro décadas. Él, once. Sacamos las medias. Salgo yo a una residencia cada dos años y poco; eso, sin contar las casas en las que he pasado unas semanas o meses al año. Cambiamos, dice, porque creemos que el traslado pone nuestro contador a cero. Pero quiá, al cabo del tres ánades madre volvemos a ser los mismos perros y ladramos el mismo idioma en distintas ciudades. No nos hemos transformado en un ser nuevo. Muy al contrario: queriendo engañar a nuestra sombra, nos hemos convertido en su trainel. Querríamos regresar a nuestro lugar, y resulta que no hay lugar, sino una frontera esquiva y movediza. ¿Echar de menos? No, le digo: lo que echo de menos es ya inalcanzable. ¿Volver? Vuelva el que tenga.

Las residencias y sus ataduras. De las últimas no merece la pena hablar. Las de todos los hombres son intercambiables, por distinguidas o sórdidas que parezcan. De entre las primeras, se impone obstinado el edificio art déco del Rond-point de l’Étoile, conocido como Palais de la Folle Chanson, esquinero con el Boulevard Général Jacques y a las traseras del bosque de La Cambre. Según consta en los archivos de Ixelles, fue construido en 1928 por Antoine Courtens a instancias de mademoiselle Rossignon, dama de la nobleza belga que acabó prodigando su fortuna en un internado para señoritas en el condado de Surrey. Pocos años después, la guerra daría al traste con sus inquietudes filantrópicas y con sus años de peregrinaje entre París, Ginebra, Londres y Bruselas, y llevaría una existencia igual de ominosa que la que nosotros, con contumacia infantil, intentamos evitar anticipándonos al abandono de lo que un día, en todo caso, nos habría abandonado.


 

sábado, 9 de noviembre de 2013

Gravitaciones

Camino de G.
 
Practica la caza de altanería cerca de un aeropuerto y tiene un joven neblí que aún no ha mudado las plumas del dorso. Serán azuladas en poco menos de dos meses. Su primera reacción fue probar una a una mis falanges, pero al comprobar que yo no las movía perdió el interés. Le hablé entonces como hago con mis pájaros y se dejó acariciar la frente y la bigotera. 
 
Me acordé de una de las primeras estrofas de la batalla de Maldon, del joven guerrero sajón que acude en ayuda de Byrhtnoth cuando la bajamar ha permitido a las tropas vikingas cruzar el Blackwater. Sabe que es probable que muera hoy, así que suelta a su halcón en el bosque. He let then from his hand flee his beloved / falcon towards the woods and there to battle went forth. Nada más se sabe del guerrero en todo el poema, pero ahí queda ese “beloved” como prueba de todo lo que perdió. 
 
***
 
A veces una multitud de recuerdos, acumulada durante largo tiempo, queda anclada en dos o tres imágenes. Las demás gravitan lánguidas en torno a ellas y es necesario un esfuerzo expreso para convocarlas. Así, tres hombres distintos quedan prisioneros en una conversación mantenida cuando observábamos allá abajo los movimientos del patio de caballos; una cópula junto a un alféizar mientras el cielo se vierte, más allá de la ventana abocinada, sobre la comarca de Oropesa; un guiño en un boliche de Villa Dolores con el rugido de fondo del solitario ejemplar de tigre ártico visitado esa misma mañana. 
 
(Camino de G., a resolver asuntos de la sucesión, tengo que matizar esta nota tomada días atrás, pues me sorprende lo contrario: una proyección veloz de imágenes, un delirio gráfico que me obligo a congelar para recordar con precisión sus últimos instantes en este porche).  
 
***
 
Guardo una selección muy restrictiva de odios, pero cuando veo caer una porción del enemigo se transforman en tristeza.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Paseos romanos (3) Piazza Brin

 
(La cosa che mi piace più di tutte è vedere le case, è vedere i quartieri. E il quartiere che mi piace più di tutti è la Garbatella, e me ne vado in giro per i lotti popolari...).
 
La Garbatella, mi barrio en Roma junto con el vecino Testaccio. En uno de los edificios que quedaron a salvo del sacco di Roma (el de los sesenta, el de los tiburones urbanísticos). Un envoltorio barroco (más bien barocchetto) de gárgolas, frisos y molduras con motivos florales y animales, balconcillos de media luna, ventanas altas y estrechas con arcos de medio punto, y una construcción interior muy pobre. Nada de los mármoles de los palacios de los rioni del centro. Mucha escayola, mucho estuco. Pero también patios. Cada casa tiene su patio y cada patio su selva de pilistras y helechos. Porque la Garbatella, barrio históricamente rojo y resistente, y por añadidura de la Roma, se construyó para los campesinos que llegaban de provincias a convertirse en obreros. Y para consolarles de la melancolía que les embargaría al asomarse a la ventana estaba el minúsculo jardín. Para evocarles el huerto. Allí acabamos los dos errabundos. Mantuvimos una fugaz y tórrida relación, seguramente, pienso ahora, porque en aquellos cuarenta metros no había nada; ni televisión, ni un solo libro, ni un miserable calendario en que leer frases célebres de San Agustín. Y porque hacía frío y las paredes rezumaban humedad y cuando el mistral azotaba, el apartamento parecía desplazarse de un lado a otro como un balandro a la deriva, navegando sin rumbo por encima de piazza Brin.

domingo, 3 de noviembre de 2013

B/N

 

"Íbamos juntos también a los cines, a los teatros y a las librerías. Durante unos años mágicos fuimos casi intercambiables, una persona que pensaba con tres cerebros y sentía con tres corazones. Cada uno de nosotros sabía, antes de que ocurriera, la reacción, incluso las palabras aproximadas, de los otros dos frente a cualquier situación. Y lo que nos caracterizaba en aquella edad de los descubrimientos era sobre todo la voracidad intelectual. Descubrimos juntos a Antonioni y Bergman, a Buero Vallejo, a Freud y Marx, a los Beatles. Fuimos asiduos de las tertulias estudiantiles del padre M.B., consiliario entonces de la Acción Católica, y discutimos con él combativamente de religión delante de un tablero de ajedrez, mientras su instalación estéreo desgranaba las notas de la sonata opus 111 de Beethoven tocada por Wilhelm Backhaus (la más sólida argumentación, quizá, a favor de la existencia de un más allá, pero aun así insuficiente para nosotros; aunque yo fui el más reticente de los tres a abandonar la fe. “Resulta a fin de cuentas que todos mis mejores amigos son ateos”, se lamentó un día B.)".

Pero en esa época yo estaba aún muerto. Ya vivo, la primera imagen borrosa es un hombre tuerto que nunca salía del piso que habitábamos en Tetuán, un reparto nocturno en que acabé dormido en la trasera de un Dyane 6, encuentros en que los niños terminábamos arropados en camas ajenas, viajes a Lisboa y a Barcelona sin propósito conocido, visitas a un domicilio de Moratalaz cuyo dueño tenía dos nombres, uno que no debía pronunciarse y otro que me resultaba poco digno de crédito: "Pipas". Porque fumaba en pipa y no, como pensé durante mucho tiempo, porque se alimentara de ellas. Una niebla de pistas indescifrables que se disipó una mañana gélida de finales de enero en que, subido a hombros de un adulto, me di cuenta de que lo que tenía pendiente a la muchedumbre era una hilera de cinco ataúdes.  

viernes, 1 de noviembre de 2013

Blue guitar


 
Aparentemente fácil de traducir, pero hay que tomar algunas decisiones en que tiembla la mano. Son las Trece maneras de mirar a un mirlo (original en inglés). Me he permitido algunas irreverencias; es inevitable escuchar el eco propio. Pero ya lo decía el mismo Stevens: "They said: You have a blue guitar, you do not play things as they are./The man replied: Things as they are/Are changed upon a blue guitar".  
 

I

Veinte montañas bajo la nieve,
y lo único que se movía
era el ojo del mirlo.

II

Yo era tres
como un árbol
en que hay posados tres mirlos.

III

En el viento del otoño volaba en círculos el mirlo.
Una pequeña parte de la pantomima.

IV

Un hombre y una mujer
son uno solo.
Un hombre, una mujer y un mirlo
son uno solo.

V

No sé qué preferir
si la belleza de lo entonado
o la belleza de lo insinuado,
El trino del mirlo
o el después.

VI

Los carámbanos cubrieron el ventanal
de cristales bárbaros.
La sombra del mirlo
lo cruzó de arriba abajo.
El ánimo
rastreó en la sombra
una causa indescifrable.

VII

Oh, delgados hombre de Haddam,
¿por qué imagináis un pájaro de oro?
¿No veis que el mirlo
camina entre los pies
de las mujeres que os rodean?

VIII

Conozco los acentos nobles,
los inevitables ritmos lúcidos;
pero también sé
que el mirlo anda implicado
en todo lo que conozco.

IX

Cuando el mirlo se perdió de vista
señaló el límite
de un círculo entre muchos.

X

Al ver los mirlos
volando en la luz verde,
hasta los traficantes de eufonías
estallarían en un alarido.

XI

Recorría Connecticut
en un carruaje de cristal.
Una vez tuvo miedo
al confundir la sombra de su equipaje
con una bandada de mirlos.

XII

El río se mueve.
Será que el mirlo está volando.
 
XII

Toda la tarde estuvo anocheciendo.
Nevaba
e iba a nevar.
El mirlo se posó
en la rama del cedro.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Plumas prestadas


Retrato de Chandos. Autor y modelo dudosos.
 
Sigo debatiendo con un conocido el asunto del pago por contenidos. Desliza ahora un argumento tradicional: la defensa frente al plagio. Otra de esas razones que no existían antes de que la obra, por motivos bien poco espirituales, se convirtiera en objeto de explotación mercantil por parte de terceros. 
 
Lo que ahora se denomina plagio fueron durante siglos préstamos y han sido moneda corriente en la historia de la literatura. Shakespeare, por no hablar de autores de menor fuste, no sólo bebió de fuentes anónimas (el ejemplo más conocido es el argumento tomado de King Leir, que a su vez bebía de la Historia Regum Britanniae de Monmouth del siglo XII, quien a su vez decía haberse limitado a traducir partes de la obra de Gildas, el misterioso monje del siglo VI), sino abiertamente y sin complejos de Plauto y Suetonio para sus tragedias de tema clásico, y de las formas de Marlowe (hasta el punto de dar pie a la teoría conspiparanoica de que Sh. y él fueron uno y el mismo). Eso sin contar con que el proceso de aprendizaje de un arte siempre atraviesa una fase de copia de los modelos anteriores probados con éxito. Cuando era joven e inseguro, venía a decir un poeta consagrado cuyo nombre he borrado, citaba a mis maestros; ahora que soy viejo y he obtenido reconocimiento les copio sin citarles. 
 
O, y en este caso sí recuerdo el verso exacto y a su autor, “of borrow´d plumes I take the sin” (Adam Gordon).   

domingo, 27 de octubre de 2013

Maneras de mirar a un mirlo

 
Foto: Cristóbal Hara
 
Una mañana parecida a ésta de octubre salí con mi padre a cualquier cosa. Cualquier cosa es lo que podía esperarse cuando mi padre invitaba a salir con un propósito en apariencia definido. Una excursión en principio breve para comprar pienso en Zorita podía llevarte a un periplo imprevisible por la comarca que acabara con la adquisición de una potra y la celebración del trato con una familia de gitanos de Santa Cruz hasta las horas pequeñas de la noche. Aquella mañana el monte retumbaba con los tiros de los cazadores. Se había abierto la media veda y los hombres y los perros andaban persiguiendo codornices y becadas por un dédalo de chaparros.
 
Una tarde de febrero a orillas del Pacífico, veinte años después. Observaba a unos niños que pescaban jibias en el malecón de Valparaíso. Hacía años que ya no era un adolescente. El monte de encinas quedaba lejos. Pensé, de hecho, que en cualquier momento podrían pedirme ya el certificado de tránsito. Uno de los muchachos me ofreció una bandeja de sepias sumergidas en hielo troceado. Me llamó la atención una mancha azul que conquistaba lentamente los cristales. Más por tener una excusa para darle unos pesos que por verdadero interés en el producto, cargué con la bandeja hasta el hotel. Por la tarde salí al campo, tenía mono de campo, sólo para vislumbrar desde lo más alto el paisaje deprimente de una quebrada devorada por una cantera de yeso. A mi regreso, la mancha azul, el color de la sangre de la jibia, cubría ya la mitad de los cadáveres.
 
Una ciudad provinciana, pequeña como Soria, los últimos días de verano. La alcaldesa había invitado a comer a los miembros del tribunal. Y yo detesto las comidas con las fuerzas vivas de provincias, su afán por corroborar la desgracia que aflige a los que no tuvieron la suerte de nacer allí. El cerebro en off y la sombra de un magnolio, que envolvía la escena en una luz más favorable, me sacaron con vida de allí. Todavía quedaba tiempo de visitar el cementerio. Es un atajo que suelo tomar para conocer mejor a los vivos de un lugar. Los ejércitos de muertos hablan siempre alto y claro. Pero era día de entierro y la entrada estaba abarrotada de personas que no querían entrar o ya no cabían. Junto al muro juegan tres niños engalanados de entre tres y ocho años. Su despreocupación contrasta con el luto de los rostros adultos. Deduzco, por fragmentos de conversaciones, que el protagonista era un hombre joven y que su muerte ha sido violenta e inesperada. Enseño a los niños cómo atrapar una mariposa sin dañarle las alas. Se ríen, muy excitados, cuando al pasársela de mano en mano aletea en su afán desesperado por liberarse. Por fin, la mayor de las niñas dice: “Deberíamos entrar a despedirnos de papá”.
 
Una tormenta seca, un granizado de sangre, tres huérfanos felices. Pongo éstos como ejemplos de lo que queda cuando ya hemos olvidado todo lo que creímos realmente importante. Este embrollo en que nos han metido no es más (ni menos) que la sucesión de todas las mañanas que recordamos, en las que estuvimos todas las personas que hemos sido. Algo que ya dijo el poeta en una de sus trece maneras de mirar a un mirlo. 

viernes, 25 de octubre de 2013

Un puñetazo en el cráneo





Querido C.:

“(...) Siento no compartir las jeremiadas de X. sobre sus problemas para cobrar por lo que escribe. Me parece una manifestación de vanidad. Se ha puesto de moda entre ciertos escritores, e incluso en el gremio de emborronadores de blogs y twitteadores, defender el cobro por los servicios que ofrecen en Internet. Pagar por los contenidos, lo llaman, sugiriendo así que su pensamiento lleva en sí alguno que ningún otro mortal ha tenido la dicha de engendrar, y que a la vuelta del clic de Paypal te espera un auténtico planazo espiritual. Los hay que bloquean el acceso a sus columnas; otros sugieren simplemente al lector la oportunidad de hacer una pequeña contribución a su cuenta corriente; los más insignificantes, sabiendo que la probabilidad de que alguien esté dispuesto a pagar por su tesoro es remota, puede que hasta nula, se limitan a patalear. 
 
El argumento de fondo presupone que no hay creación posible sin recompensa (material), y que la contraprestación monetaria es el justo reflejo del esfuerzo invertido en la obra. La mosca garantiza, además, que el producto (noticia, reportaje, relato o fotografía) es de calidad, el fruto de un trabajo profesional, y no la primera mamarrachada que a tu primo se le ha ocurrido colgar en Forocoches. El periodismo no se vende, se compra, era el lema que utilizaba un conocido defensor patrio del pago por noticia. 
 
Al club de la crisis de la vanidad le resultaría difícil explicar, sin embargo, que el ciego de Quíos, que ni siquiera se molestó en poner sus himnos por escrito, el visionario del Apocalipsis o el primer narrador del Ollantay incaico jamás aspiraran a cobrar honorarios (ni siquiera, en realidad, a asociar su nombre a una obra). O, si prefieres trazar la frontera en Gutenberg, que el misterioso autor del primer acto de La Celestina o el Cervantes encarcelado y arruinado decidieran ponerse manos a la obra sin importarles si algún impresor se interesaría nunca por ellos. Más allá en el tiempo, si piensas que la demarcación definitiva es el romanticismo, verdadero culpable de que los artistas pasasen a exigir tratamiento de príncipes del Espíritu, quien posiblemente sea el mayor escritor que dio el siglo XX apenas publicó un par de colecciones de relatos en vida, sin que ni la continuidad ni la calidad de su prosa se resintieran jamás por ello. 
 
El club de la crisis de la vanidad falta además a la verdad histórica cuando asocia el derecho de autor al acto creador. El derecho de autor fue, ante todo, un instrumento útil del poder político y eclesiástico para gestionar la censura en una época en la que las ideas podían reproducirse en tantas copias como un impresor arrojado quisiera, y una forma de proteger el negocio oligopolista de los propios impresores. 
 
Un escritor no necesita de un mecenas para escribir. Escribirá en cualquier caso y en casi cualquier circunstancia. Y es evidente que no existe ninguna relación necesaria entre una obra y sus honorarios. Un libro sólo será imprescindible, decía el viejo Kafka, si nos despierta de un puñetazo en el cráneo, si rompe como un hacha el mar de hielo que llevamos dentro. Se publique en fotocopias, en Internet, en Penguin o, si me apuras, aunque nunca se publique”. 

martes, 22 de octubre de 2013

Toda esa cuestión de la memoria

Foto: Bill Brandt

No escribo con ninguna pretensión, y al mismo tiempo no hay nada que haga con un propósito tan definido como escribir. Cómo no saber que al final de todo está el colosal muro del olvido. Pero no escribo para grabar ninguna muesca en él. Trato de dejar esas muescas a través de la acción, y por eso mi vida siempre ha estado hecha a partes iguales de trabajo (digamos) intelectual y de viajes, encuentros, búsquedas, de actividad física, para desconcierto y a veces oposición de mis más cercanos. De algunos actos en apariencia deslavazados ha nacido a veces un amago de justicia (o al menos de justeza, apuntaría V.). Ese tipo de muescas en el muro son las únicas que me interesan. En el improbable más allá, no nos preguntarán qué hicimos para entretener las noches de un misántropo o adornar las paredes de una familia burguesa. Así que escribo simplemente para ordenar lo que veo, para encontrar algo de verdad en los hechos desnudos. Como una forma concentrada de pensamiento. A veces, por la memoria de los mudos. Pero por mucha que sea mi afición a la música de las palabras, no perdería un solo minuto en una línea por el mero placer estético.

***

Estos escenarios que se repiten aproximadamente cada seis meses me recuerdan a La información, aquel novelón de Amis. Llevan años así, degradándose el uno al otro, pero sobre todo a sí mismos, en público. Urdiendo miserables venganzas, difamándose sin pudor. Ninguno de los dos tiene altura suficiente para detenerse. Por razones que difícilmente podría explicar a un tercero, por sentimentalismo, por fidelidad mal entendida, por esa tendencia a alinearse con los arruinados, por los recuerdos que logras mantener incontaminados, podrías dar la cara por uno, a sabiendas de que es tan mezquino como el contrario. Pero es una debilidad. Ni el éxito ni el fracaso ennoblecen y la miseria moral, probablemente la materia prima de que estuvieron hechos desde muy jóvenes, les ha unido de por vida.

***

Converso con A. sobre los problemas que plantea la administración de una pequeña finca de secano. Me pregunto si no debería comprar la parte de L. y retirarme a vivir allí. Recuerdo la conocida máxima (toda finca es mejorable hasta la ruina total de su propietario), que mi padre aplicó escrupulosamente hasta el fin de sus días. ¿Y qué, si lo que me sobran son francos y lo me falta es precisamente un mulo y un mastín? Volver allí, cambiar Módica, mi cabeza de puente en Sicilia, por la sierra de G. Como al principio.

***

De la última entrevista a Sebald:

"The moral backbone of literature is about that whole question of memory. To my mind it seems clear that those who have no memory have the much greater chance to lead happy lives. But it is something you cannot possibly escape: your psychological make-up is such that you are inclined to look back over your shoulder. Memory, even if you repress it, will come back at you and it will shape your life. Without memories there wouldn't be any writing: the specific weight an image or phrase needs to get across to the reader can only come from things remembered".

Nada que añadir, Señoría.

sábado, 19 de octubre de 2013

La bemol

Foto: Cristóbal Hara
 
De aquellos días sólo conservaba una extraña percepción: la asociación involuntaria de palabras a notas musicales, a veces solas, a veces formando intervalos de dos, casi siempre armónicos, en ocasiones melódicos; en muy pocos casos, de la palabra brotaba lo que parecía un compás entero, el inicio truncado de una melodía. La asociación se producía sólo en un sentido; al pensar brújula, por ejemplo, escuchaba automáticamente el sonido simultáneo de fa y do, pero la reproducción de ese sonido en un piano se agotaba en lo musical. No recordaba cuándo fue la primera vez que le sucedió, pues hasta muy entrada la adolescencia no supo que no se trataba, como creía, de algo común. Ni siquiera era una manifestación típicamente sinestésica.
 
Otras muchas alteraciones infantiles fueron desvaneciéndose con los años. Por ejemplo, desde que tomó conciencia de la muerte, el cálculo del tiempo que le quedaba por pasar con las personas a las que quería o a las que detestaba. 613.200  horas con su padre. 26.280 horas con su amigo A., cuyos padres habían anunciado que regresaría a cursar el bachillerato a su país. 17 horas y cuarenta y dos eternos minutos con el estúpido Sixto, el bibliotecario del colegio. O la costumbre de hacerse acompañar a todas partes por un fantasma, un pequeño humano de su misma edad, a la vez mejor amigo y una suerte de alter ego, quien tenía reservado un espacio físico en el autobús, estampaba su firma junto a la suya en la hoja de deberes y exponía sus propias opiniones en la mesa, que él traducía pacientemente en alto para los hiperrealistas. Es posible que los viajes al otro lado, al territorio de los indios piel roja, a las reservas de animales extintos, a los superhéroes de su propia invención, no desaparecieran, que simplemente mudaran de piel, aunque ya no le sumieran en ese silencio terco que sacaba de quicio a su madre. Bull Bullader (alias van Winkler), el moloso capaz de hacer trizas a una pantera camuflada en la noche o de transportarle dormido sobre su lomo a través de los desfiladeros de Montana, hacía tiempo que había desaparecido definitivamente en las tinieblas de la infancia.
 
Desde la muerte de su padre, sin embargo, era revisitado por un viejo conocido. Le sacaba entonces apenas una cabeza y treinta años. Vestía puntualmente de marrón, aunque los días de invierno se cubría con la chaqueta azul que le distinguía como portero de la finca. Aun en silencio, exhibía unos dientes de caballo amarilleados por el tabaco. Las uñas de sus meñiques eran garfios. Su mirada le daba miedo. Su voz le daba miedo. Su olor le repugnaba. El tacto de su miembro entre los muslos le repugnaba. Prisionero en alguna escalera poco transitada o en el cuarto de contadores se desdibujaban los ángulos, los planos; los sonidos llegaban amortiguados e indescifrables como si se encontrase a veinte brazas bajo el agua. Desgarrado de todo, perteneciente a nada, esperaba a que terminase para huir. Y mientras esperaba, pensaba la palabra que describiera ese asco nuevo. Vacío, un la bemol aislado. Un vacío que sin embargo contenía ya en potencia todo su futuro.

jueves, 17 de octubre de 2013

Barco con jarcia de seda


[El regreso de Shabtai a Esmirna vino precedido de varias señales que la comunidad tuvo por milagrosas. Una de ellas fue la aparición de un barco en la costa septentrional de Escocia. Cuando se aproximó lo suficiente, los aldeanos distinguieron su cordaje de seda. En las velas, también de seda, podía leerse el motto Las doce tribus de Israel. Los marineros que desembarcaron sólo hablaban una lengua por completo extraña: hebreo. La leyenda corrió como la pólvora de Amsterdam a Gaza].
 
Soy la única persona en la playa que puede comunicarse con ellos. Me dirijo al capitán en hebreo moderno. En nada se distingue de un gentil: casaca, sombrero de dos picos, escarapela de cintas turquesa y oro. No me interesa su procedencia ni su destino, sino la travesía. Han perdido a la mitad de los hombres, me dice, en una tormenta en las Hébridas Exteriores. El viento sopla tan fuerte que nos cuesta entendernos. Miro el mar. Difícil decidir dónde acaban las olas y dónde empieza el cielo, pero hay un hombre agitándose en el tumulto. Grito: “¡Hay un hombre aún vivo!”. No llegaríamos a tiempo de salvarle, contesta. Observando más atentamente, identifico a P. Llevo un arma corta, anacrónica, en el zurrón. Apunto al capitán: “Lo intentamos con una barca, aunque no lo logremos”. P., que parece haberme reconocido, hace señales desesperadas. Comprendo que a cada minuto que pierdo en súplicas o amenazas las posibilidades de rescatarle se reducen. Me meto en el mar hasta la cintura, desamarro una barca, remo hacia él con todas mis fuerzas. La resaca me hace creer que me aproximo, pero cuando vuelvo la vista para calcular el avance la orilla sigue a la misma distancia. Lloro de impotencia: “¡Perdóname, P., perdóname, no puedo hacerlo solo!”. P. se hunde lentamente en las aguas. Suelto los remos. Ahora arrecia, y el cielo, el mar y la lluvia se baten en una misma espiral gris. 

viernes, 11 de octubre de 2013

Home is the sailor


La leyenda se transmitió en múltiples versiones, y la que yo conocí de joven era la más romántica. El hijo de un labrador pobre de Ayrshire, en el estuario de Clyde, salva de morir ahogado al vástago de un hacendado. El hacendado adquiere en agradecimiento el compromiso de proporcionar al chico la misma formación que reciba su hijo. En una variante que conocí después el hacendado era Winston Churchill; en otra, el padre de Churchill. En todas, el joven inculto se llamaba Alexander Fleming y le digo a L. y a S., que anda en estos días de la feria de otoño muy impresionado con el arte de la lidia, que gracias a él muchos toreros se libraron de morir de una simple infección. Al parecer, es una fábula, ma è ben trovata. Funciona a la perfección cuando me preguntan qué opino sobre los recortes de gasto en la enseñanza pública: perderemos demasiados Fleming.  
 
***
 
Estos días parece que sólo me consuelan las memorias de quienes también se vieron forzados al descanso. Beryl Markham y las partidas de caza con los murani masai en las colinas de Ngong, sus aterrizajes nocturnos en pistas débilmente iluminadas con balizas de trapos empapados en petróleo. El libro de fotografías sobre la expedición de Shackleton a la Antártida: el Endurance encallado en el hielo antártico, la tripulación despidiéndose en las desoladas costas de Isla Elefante, los hombres disputando un partido de fútbol en los témpanos flotantes, la arboladura desplomándose palo a palo ante la mirada de los perros canadienses.

Pero, sobre todo, cuando vuelvo a casa, para matar la ansiedad que me provoca este compás de espera abro mapas, planifico viajes, etiqueto mi incipiente colección de libélulas y caballitos del diablo, aprendo la primitiva gramática de una lengua que es posible que ya nadie hable cuando tenga tiempo de practicarla, releo a Stevenson. No al gran tusitala que fue, sino al poeta que no tuvo más remedio que ser cuando la enfermedad le postró definitivamente en Samoa. Traduzco, sacrificando la rima:
 
Hace años que para siempre
llevé mi barco de cedro a la orilla,
que a los caminos, a los cauces de los ríos
a los verdes y ondulantes juncos
dije mi último ignorante adiós.
Ahora paso mis días conforme en casa.
Divido ahora mi indolente vida
entre mi mujer y mis versos.
Pero en vano; pues cuando enciendo la lámpara
y me siento junto al fuego
inmóvil ante el desgastado atlas
trazo con mis huellas caminos interminables.
 
Y también:
 
De vuelta está el marinero, de vuelta del mar.
Y de vuelta del monte está el cazador.
 
(Home is the sailor, home from sea,
and the hunter home from the hill).
 
 
 

viernes, 4 de octubre de 2013

Hey Joe


Foto: Jeff Lynch
 
Comarcal 503, dirección sur. Marchan por la cuneta matrimonios endomingados, grupos de mujeres cogidas del brazo, un hombre solo que hace bailar una vara en el aire. ¿Camino del cementerio? A pesar de diciembre conduzco con la ventanilla abierta. La mano derecha en el volante y la izquierda jugando con el viento de frente, como si fuera una pobre Piper esquivando cizalladuras. Canto con Deville: “I’m going downtown, I’m gonna buy me a blue-steel 44”. Así de caprichosos son mis recuerdos de aquel trayecto.

Lo que no son recuerdos lo tengo anotado a lápiz, aprovechando la última página de respeto y el colofón del libro que llevaba entonces conmigo. Transcribo: “A la entrada de N., en lo que debió de ser una era, una pareja de quebrantahuesos. Debían estar pasando mucha hambre; de otro modo no se entiende su presencia en ese jaral. Espero a que una docena de personas salga de misa. Iglesia sin interés, plagada de prótesis y revocos. El sacristán, tras su melifluo disfraz primero, resulta ser un truhán. El argumento que ofrece para no hablar del paso de O. por aquí es escurridizo. Mi desconfianza se acrecienta con sus oscuros obiter dicta, que no guardan ninguna relación ni con aquél ni con mis preguntas. Mientras habla, pienso que nadie podría aguantar un sermón en esta nave sin la ayuda de un brasero de picón. Mientras habla, una parte de mí aún escucha los violines de Hey Joe. Mientras habla, cada palabra suya centellea en el aire enrarecido del crucero antes de pulverizarse como un cristal hecho añicos. Mientras habla, leo de reojo un folio ciclostilado que promete a los fieles una peregrinación por las mismas aguas que transportaron el cadáver del Apóstol. Tres vueltas al cerrojo del templo y le veo alejarse con la luz a las espaldas, contoneando las caderas como una vieja puta de la calle Valverde. A la salida, bajo la luz tramposa del lubricán, los quebrantahuesos han desaparecido. Bien porque no saben cazar en llano, bien porque una cuadrilla desaliñada de buitres leonados acaba de reconquistar su vedado. Campillo de la Jara, 11/XII/1999”.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Todas las certezas

 
Foto: Ian Berry
 
De todos los momentos decisivos de la Ilíada, aquel en que Héctor, de pie junto a las murallas, paralizado por el presentimiento de la derrota, se abate ante una duda que se eterniza dos versos. ¿No sería mejor entregar a Helena? Todo el libro parece contener la respiración hasta que "el guardián de las alegrías perecederas" se recompone: "No, no huiré más de ti, hijo de Peleo".
 
***
 
Si el Tiempo no existe, si se rebela aunque pongamos en hora todos los relojes de la tierra, si volando a la velocidad de la luz el año que pasamos en el espacio equivale a aproximadamente cien años terrestres y al regreso de Marte sólo sacas unos años a tu tataranieto, si el pasado puede pues alcanzar al futuro y no hay nada parecido a una continuidad, sino más bien una contigüidad, y los momentos no se suceden, sino que coexisten, ¿son los muertos una ilusión crónica? Es posible, pero a este lado del paraíso, poco consuelo da el saber. En la insalvable distancia se desvanecen todas las certezas.
 
***
 
Dudé entre atraparle o dejar que huyera. Por fin tomé una decisión. Me parecía irrefutable. Había sopesado cuidadosamente mis argumentos, y en el fiel pesaba más su libertad. Estaba seguro de que escaparía hacia el mechinal del edificio de enfrente. Me distancié, unos cuatro o cinco metros, para que pudiese organizar su huida. Aleteó un rato por la habitación. Luego me miró y regresó a la seguridad de su jaula.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Cincuenta años bastan

 


Un correo electrónico escueto, el día de su 51 cumpleaños: "Arise and go, for this is no place of rest (Miqueah, 2:10)".
 
Luego recordé haber comentado con ella El malogrado en la terraza del Remor. Yo insistí en lo mucho que me aburría el Bernhard novelista, y lo buen dramaturgo que me parecía. La impresión que dejó en mí Heldenplatz. Ella volvía una y otra vez sobre las razones del suicidio del pianista. Yo me distraía con una bandada de estorninos que parecía estar jugando una partida de ajedrez sobre la nieve sucia, observaba sus pequeños saltos en diagonal y en ele. Ella decía que no le hacía falta, como a Wertheimer, haber conocido a Gould para saberse una fracasada. Le respondí que no sabía exactamente en qué consistía el fracaso. Nos cambiamos de mesa para protegernos de un golpe de bise que llevó hasta la copa de un árbol la gorra de un transeúnte. Contestó que claro que sabía, pero que los judíos teníamos una relación menos dramática con él. Me pareció que estaba vengando una antigua afrenta. Le propuse que fuéramos a ver la tortuga bicéfala y los leones disecados del Museo de Ciencias, o que asistiéramos al oficio de la iglesia ortodoxa en Les Tranchées. El párrafo que resumía todas aquellas razones era éste: 
 
"Hasta tres días después de haberse ahorcado Wertheimer no me dí cuenta de que él, como Glenn, había llegado a los cincuenta y un años. Cuando hemos sobrepasado los cincuenta, nos parecemos viles y faltos de carácter, pensé, la cuestión es saber cuánto tiempo aguantaremos ese estado. Muchos se matan a los cincuenta y un años, pensé. Muchos a los cincuenta y dos, pero más a los cincuenta y uno. Da igual que se maten a los cincuenta y uno o que a los cincuenta y uno mueran, como suele decirse, de muerte natural, igual que mueran como Glenn o que mueran como Wertheimer. La causa es, muy a menudo, la vergüenza de haber sobrepasado un límite que siente la persona de cincuenta años cuando ha cumplido su quincuagésimo año. Porque cincuenta años bastan absolutamente, pensé".

Amaba a esa mujer de rasgos un poco cubistas y descreída de sí misma.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Ishi de la Berbería

León de Berbería. Argelia, 1893

Se cansó de las enciclopedias de animales al uso y empezó a interesarse por las especies extintas. Una de sus predilectas era el león del Atlas, aunque le gustaba pronunciar despacio su otro nombre, león de Berbería. Atlas, al fin y al cabo, era una palabra familiar (aunque desconocía que fuera también un topónimo), pero esa aliteración ber-ber y el hiato final le resultaban tan exóticos como la mancha rojiza que se extendía en el mapa de Oeste a Este, Marruecos-Túnez-Argelia. Por alguna asociación infantil cuya lógica olvidó después, la consulta de las fichas de los extintos iba precedida de un ritual preciso: atarse al cuello el collar que N. le había traído de Florida. Sospechosamente plastificado, el collar de los seminola surtía dos efectos inmediatos: le transportaba al otro lado, expresión cuyo significado preciso también difuminó el tiempo pero que tenía la cualidad de aislarle de cualquier manifestación física presente, muy particularmente de las voces adultas, y le invadía el cuerpo de ronchas. Enormes ronchas que se extendían desde la nuca hasta las plantas de los pies y le impedían dormir durante dos noches, el plazo que los seminola le daban para regresar del otro lado. Recordaba años después casi textualmente: "A diferencia de las subespecies supervivientes de Panthera leo, el león de Berbería alcanza casi en alzada al león de las cavernas, tiene una guedeja negra que en los machos de mayor edad llega a veces hasta el suelo, vaga por las montañas y rara vez desciende a los llanos, caza gamos persas y arruíes y, en defecto de estas piezas, camellos y niños en las aldeas".
 
Esta noche he vuelto al otro lado. Conduzco por una carretera que sigue la línea de costa, entre dos montañas bañadas en una luz poniente, en algún lugar de la Cabilia argelina. Oscurece por momentos. La pista está en un estado lamentable y el único automóvil que he podido alquilar es un Graham-Paige. Toda mi preocupación es hacer llegar entera esta pieza de coleccionista que va rematando con los bajos las irregularidades del terreno. En un saliente del cortado está él. Freno en seco. No llevo cámara: nadie me creerá si les digo que existe al menos un ejemplar en libertad. No se da cuenta de mi presencia. Mira hacia algún punto del horizonte marino, y entre las patas delanteras aún guarda un amasijo de vísceras y un par de cuernos de gacela.

jueves, 12 de septiembre de 2013

You never can tell

 
[Nocturna a A.N.]
 
Querido A.:
 
Pasaron los días de la angustia, luego los del aturdimiento y ahora también las noches en que soñaba con las fauces abiertas del horno que rugía con los motores a toda máquina, el calvo del tanatorio que esperaba mi señal, nosotros tres junto a las puertas batientes, la luz furiosa del mediodía agosteño, pero no quería ponerme las gafas oscuras, no entró nadie más, mejor así, sólo el murmullo en la sala donde estuvo unas horas el ataúd, el asentimiento indicado con una breve inclinación de la cabeza, que nadie pensase que las llevaba para ocultar nada, las manos de los chicos sobre mis hombros, porque no derramé una sola lágrima en público, uno a cada lado, serios y enteros, quiere verle por última vez, quería marcar distancias con respecto a cualquier posible representación, no, gracias, no es necesario, y además con gafas oscuras parezco una groupie, los chicos miran al frente sin parpadear, una lección de hombría y de saber estar, no es necesario, ahí tienes una respuesta estúpida, vista como vista cuando me las calzo parezco alguna versión desmejorada de Chrissie Hynde, un gesto a un segundo empleado y la máquina cambia a una marcha más larga, parece una nave espacial a punto de despegar, y tal vez sea literalmente eso, un transporte a otro lugar, los pantalones ceñidos, las botas de tacón, el atuendo podría pasar, pero con las gafas oscuras, aunque en verdad no lo creo, éste es nuestro único lugar, así que nada de representaciones, y no obstante una sensación de vacío, qué es este irse sin palabras ni ceremonia, sin más, y por dentro musito algunos fragmentos del kadish, y así salgo, ni gafas negras ni ropa negra ni semblante oscuro, la galería piense lo que le vague y las tribulaciones mejor para el alma, del kadish katán, e incluso me entretengo observando el polígono de Villanueva, las naves de piensos y de repuestos mecánicos, la sala de fiestas Casablanca, porque de la versión larga del kadish quién se acuerda, beso a personas que ni reconozco, incluso al decir de los chicos mantengo conversaciones que luego no recuerdo, por las apariencias uno nunca podría decir, y en ese estado anestesiado paramos a comer en Berzocana, tengo un hambre voraz y el recuerdo de la nave espacial me hace sonreír, hambre al que hace sombra cierto sentimiento de culpa, pero puede el hambre, fíjate, más hambre que culpa, más hambre que pena, más hambre que cansancio, hasta que con los días llega el vacío, un vacío que se enseñorea hasta del hambre, dejando eso sí a salvo ese otro hambre de ceremonia que la cercanía de Yom Kipur va saciando, que tu vídeo ha transformado en consuelo, al menos el consuelo de haberle tenido por padre. Oiga, N., no le tenía por tan buen tenor: tú también si cambiaras esa montura años treinta benjaminiana por unas Oakley negras parecerías otro. No más guapo, estás tremendo cantando, tremendo en esa mirada de los últimos segundos, pero otro al que yo conozco cuando se calza las Oakley y cambia el Kol Nidré por You never can tell. 'Cause you never can tell.
 
Kol tuv,
PJ     

sábado, 7 de septiembre de 2013

Blanc

Foto: Sibylle Bergemann
 
Tenía uno de esos apellidos à particule que a los franceses tanto les gusta exhibir. En cambio, ella lo ocultaba como si fuese un lunar peludo. Durante unos años adoptó incluso un pseudónimo que resultaría vulgar hasta para un viajante de comercio. Luego dejó de escribir. La conocía precisamente por eso, por ser vecinos de mesa en el café de Saint-Jean donde ambos nos encerrábamos (yo con menos regularidad) de siete a diez a emborronar cuartilla (ella, una elegante Mulberry). Me he cansado de ser un sismógrafo, explicaba. No era esto lo que yo esperaba, convertirme en un punzón que traduce a golpe de pequeñas vibraciones movimientos que se producen demasiado lejos o a demasiada profundidad, parónimos falsarios, dijo, de lo que verdaderamente resuena en la sima. Pero no renunció a su Blanc. Iba, por ejemplo, a una farmacia, y dejaba encargada una caja de Hidroxil a nombre de Blanc, F. O recibía a un fontanero en su piso de la rue des Alpes anunciándole aquel nombre de tan común improbable. Desde ese inmueble de aspecto beirutí me telefoneó un día a la oficina en la que trabajaba aquellos días. Dio muchos rodeos, como si realmente no tuviese nada importante que contarme y sólo el aburrimiento le hubiera llevado a llamar. He heredado, dijo por fin. Una suma importante. En realidad, sólo la villa de Coligny bastaba para proclamarla multimillonaria. No entendía a dónde quería llegar. Le felicité. No, no era eso. Sabía que yo había estudiado leyes, aunque nunca hubiera ejercido el oficio. No quiero renunciar a mi apellido. ¿Se le ocurre -siempre nos tratamos de usted- alguna idea para que una Blanc pueda heredar a una de C...?