sábado, 22 de diciembre de 2012

Ya no es ayer

 
 
 
Aunque nunca fui aficionado a las fiestas navideñas (y no por los motivos obvios), estos días, pasando las páginas del libro de Dussaud sobre la Serra do Barroso, en Tras-os-Móntes, he llorado literalmente la pérdida de la única referencia geográfica estable que he tenido; el único lugar del mundo que podía dotar para mí de sentido la palabra destierro .
 
Éstos eran los días de la matanza; del frío navajero del amanecer, camino del portal de los Bejarano para preparar las migas; de los niños peloteando en la plazuela chica mientras los adultos nos afanábamos sobre los restos del animal; de las heridas infantiles, por caída de bici o pedrada; de las comidas de treinta personas y de las sobremesas en que yo siempre terminaba dialogando a solas con Manolo Quinto, verdadero Dersu Uzala en esa provincia del ocaso; de los paseos en las burras (o simplemente con ellas) hasta el Búrdalo; de los ires y venires de Néstor, escapando un instante de su prisión autista para buscarme y que le alzase a mis rodillas; de los podencos callejeros merodeando los patios, esquivos y desconfiados como felinos, en busca de las sobras de los mondongos; de la poda en el corral, vigilado de cerca por media docena de curiosas gallinas y un par de orgullosos gallos extremeños; de la recogida de aceitunas en el olivar del molino, donde la humedad va traspasando las capas de piel hasta anclarse en los huesos; del olor a lumbre en la casa, pegado a las frías sábanas, a la piel caliente de quien las compartía contigo; de las partidas de cartas con mi tía abuela y de su paciente explicación de las cabañuelas; de los villancicos perdidos en la voz de falsete de tía Ángela, villancicos extraviados ya en el tiempo que aprendió de niña en el chozo itinerante de sus padres; de las visitas de rigor  a los hermanos y primos de mis abuelos en Santa Ana, Ruanes, Alcollarín o Guadalupe; de la puesta al día de mi cuadrícula de censo de aves y el recorrido de los caminos rurales en torno a Santa Cruz en busca de especies; de las excursiones a Miajadas para presentar mis respetos a los gitanos con los que compartía los décimos; y, por fin, al cerrarse el año, del cumpleaños de S., el niño siempre más celebrado y último siempre en celebrarse.
 
[Todas las fotos, de George Dussaud]