miércoles, 5 de diciembre de 2012

Varia

 



No puedo dibujar ni una mesa. Lo que dibujo, cuando lo hago, no es el objeto, sino la representación tantas veces vista del objeto, que imito torpemente. El otro día me preguntaba, entre sueños, si no haría lo mismo con la escritura. Por la mañana me abalancé a comprobarlo. No; qué inmenso alivio. 
 
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Hoy he soñado que criaba en casa huevos de esturión y caballitos de mar. Mejor no interpretar los sueños.

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Estos días hago un poco el gamberro. Ayer se cruzaron los dos en la escalera, uno saliendo, otro llegando a casa. Ambos sospecharon, pero ninguno se atrevió a lanzarme la pregunta directa.

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¿De dónde procede este optimismo? De que todo me parece milagroso y todos los días me asombro de ello.

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Leo en el Canto XI la célebre respuesta de Aquiles a Ulises, cuando éste le dice que no debe echar en falta la vida, puesto que ahora reina entre los muertos:

 
Ne cherche pas à m'adoucir la mort, noble Ulysse,
J'aimerais mieux être sur terre un thète au service d'un paysan,
fut-il sans patrimoine et presque sans ressource,
plutôt que de régner ici parmi les ombres consumées.
 
 
 
No vemos nunca el momento de irnos. Y, si fuera posible, nunca veríamos el momento de regresar.
 
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Todos los hechos que se relatan en Julio César (pensaba el otro día cuando salíamos de ver la película de los Taviani) son ciertos. Shakespeare debió de conocer muy bien las fuentes y se atuvo a ellas. Pero en sus manos el asesinato se convierte en una tragedia de temas clásicos: el honor, la tiranía, la traición, la lealtad, el amor por la patria. Conceptos más digeribles, por fácilmente reconocibles en el entorno, que los de reforma agraria, extensión de la ciudadanía, oligarquía, y que no admiten grises: se traiciona o no se traiciona, no hay término medio.
 
Por eso dentro de mil años César será no el que fue, sino el retrato de Suetonio, versión Shakespeare. Lo mismo Bruto o Casio. Luego ¿a qué la gloria, si sólo está unida a un nombre y no a un hombre?
 
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No es la primera vez que me alaban el comportamiento encendido. Me hace gracia la fama de buenos amantes que nos atribuyen. De ser así, debe existir alguna relación entre el Talmud y la pasión sexual. Y, la verdad, no veo cuál.
 
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S: Para mi cumpleaños no quiero una bicicleta ni una play, sino un pájaro.
PJ: Me parece muy bien. ¿Qué pájaro querrías?
S: No como los que tenemos. Uno que hable.
PJ: ¿Un yaco?
S: Me gustan más las cacatúas.
PJ: ¿Y eso?
S: Parecen chicas, y a mí me gustan las chicas.
PJ: ¿Si se llamasen cacatúos también te parecerían "chicas"?
S: No tanto. [Se queda pensando] Pero sí: por el moñito.
PJ: Está bien, una cacatúa. ¿Por qué quieres un pájaro que hable?
S: Para contarle mis secretos y que pueda entenderme.
 
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Dentro de un año mi vida se parecerá a ésta en muy pocas cosas. A algunas personas esto les provoca un estado de ansiedad y zozobra. A mí, una infinita curiosidad.