domingo, 9 de diciembre de 2012

Uomini


Foto: Imogen Cunningham


Me divierte el horror con que mis conocidos mayores de cincuenta años hablan de su próstata. Qué pensarían si llevaran veintipico años acudiendo puntualmente a un ginecólogo (no es mi caso).
 
El otro día, hablando con Manolo Galicia, se me ocurrió el cuento de terror para hombres más breve del mundo:

"Dése la vuelta, dijo el urólogo".
 
 
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Suspiro por dos ciudades tan distintas. Sé que en cualquiera de ellas sería feliz. Suspiro por dos hombres tan distintos, sólo que en este caso sé que ninguno de ellos me haría feliz. En el primer caso mi amor es activo: viajo a ellas tanto como puedo. En el segundo, pasivo: me dejo querer, pero protejo la frontera con uñas y dientes.
 
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Luz Almodóvar es fea como un demonio, y sin embargo arrasa en su entorno masculino. Obviamente, no podía preguntarle de forma directa en qué radicaba el secreto de su éxito. Sin embargo, el otro día fui involuntario testigo directo: consiste en no ponerle puertas al campo. No es mi estilo, aunque reconozco que tampoco es sensato mantener el perímetro electrificado.    
 
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Leo en algún sitio la expresión "hemofílicos de la vanidad", personas cuyo ego sangra desproporcionamente (en forma de insulto, lamento, indignación) al menor rasguño, un rasguño que no cicatriza nunca. Sin esfuerzo me vienen a la cabeza tres o cuatro nombres. Es una enfermedad que arrasa entre los hombres andropáusicos.
 
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"Cómo me gustaría que te gustasen las mujeres". Me quedo pensando en ello, en por qué no es así. No tengo ningún prejuicio teórico. Tampoco me provoca una repugnancia instintiva el pensarlo, como le ocurre a muchos otros heterosexuales. Es, simplemente, que el mundo masculino, dentro y fuera de la cama, me sigue pareciendo el retablo de las maravillas, y yo una espectadora que con gusto se deja engañar por Chanfalla y Chirinos.