domingo, 2 de diciembre de 2012

Territorios peligrosos

 
Foto: Edward S. Curtis
 
Los límites. Me doy cuenta ahora de lo importantes que son. En la educación que recibí, tanto en la casa paterna como en la escuela donde pasé quince años (heredera directa de la Institución Libre de Enseñanza), las expresiones despectivas hacia una persona por razón otra que su falta de cualidad moral o de coherencia intelectual estaban seriamente reprimidas. En los dos espacios en que me eduqué hubiera resultado algo más que escandaloso referirse a una persona como "puto negro", "maricón de mierda", "maldita zorra", "sucio judío", "moro asqueroso" o "cerdo catalán". Hubiera provocado la censura y el desprecio de mi padre y de mis maestros.
 
No se trataba sólo de mantener las formas; había en el fondo de ese límite insobornable una postura ética muy definida, a la vez base y consecuencia de ese autocontrol. Intus et in cute, solía decir mi padre, para señalarme que los principios debían tener un reflejo en las formas y que éstas, por otro lado, no podían ser mera fachada sin correspondencia alguna con las convicciones internas.
 
Ahora veo en los míos cómo se refuerzan recíprocamente los dos ámbitos. Un chico acostumbrado a observar ciertos límites en la expresión acaba por interiorizar las razones que los justifican. Y una vez que esas razones están bien asentadas, lo cual sucede muy temprano si uno hace las cosas bien, sentirá una aversión espontánea hacia el lenguaje que las traicione.
 
Cuando uno se permite ciertos usos del lenguaje se adentra sin ser demasiado consciente en un territorio peligroso. Porque el "puto negro", ofensivo para el sujeto aludido pero inocuo en un mundo aproximadamente igualitario, con toda la carga subterránea de prejuicio y desprecio que lleva implícita, facilitará que brote la semilla  de la segregación racial cuando las circunstancias acompañen, del mismo modo que el "sucio judío" allanará el camino a  pogromos venideros o la expresión "maldita zorra", pronunciada alegremente sin aparentes consecuencias durante unos años, permitirá un salto más fácil a una somanta de hostias.
 
No, no hay que dar un paso más allá hasta la ridícula corrección política tan en boga. De hecho, hay que huir de ella como de la peste porque, paradójicamente, revela una concepción similar en la que las personas se definen en su esencia por el sexo, la religión, el tono de piel o las preferencias de cama. Que es justamente la trampa que se trata de evitar. Pues la naturaleza de las personas es la misma, cualesquiera que sean sus accidentes. Aristóteles.