jueves, 20 de diciembre de 2012

Notas sobre Azerbaiyán


Tengo que confesar que sólo me dejé traer hasta aquí por Kobustán. Quería ver con mis propios ojos esos petroglifos de hace 40.000 años en un paisaje lunar. Me hubiera gustado poder ir a Nagorno Karabaj, aunque mis únicas referencias sobre la región proceden de la literatura soviética. Pero queda lejos, a pesar de que han pasado veinte años desde la guerra la zona no está por completo pacificada, y a G. no le tienta la idea de enfrentarse con un control militar cada cuatro kilómetros. También hubiera querido llegar a la región de Astara para ver los valles plantados de naranjales y kiwis, pero 300 kilómetros de viaje son muchos por estas carreteras.

Me consuelo de Bakú, feo y frío, pensando en Kobustán.

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Apenas hablan otra cosa que azerí, una lengua de raíz turca. Eso limita mucho mi entretenimiento durante las horas en que mi acompañante está reunido. De modo que cuando me canso de ser silenciosa espectadora de un juego de nard (lo que nosotros conocemos por backgammon), evito el centro y me dedico a dar largos paseos por la orilla del Caspio, donde todo, desde el agua hasta la arena, los incomprensibles fragmentos de muro atravesados cada tanto en medio de la playa, las plataformas petrolíferas que jalonan la línea de costa, los rascacielos a mis espaldas, se conjuran en un gris ballena. Lo llamo así porque de ese color veo yo a las ballenas, que tal vez sean de otro color. Supongo que "plomizo" es un término que entenderían mejor otras personas. Una gasa de gris tan tupida que parece haber nacido de una reciente catástrofe nuclear.
 
 
 
 
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Los viajes tienen estas cosas y estamos a los postres en Paul's, un restaurante que nos han recomendado, cuando se acerca una mujer en la cincuentena que obviamente lleva escuchándonos un buen rato. Habla un poco de español y un excelente francés. Nos pregunta de dónde somos, se presenta, nos pide permiso para sentarse a tomar el café con nosotros. Como G. es incapaz de pronunciar n-o y yo incapaz de resistirme a una conversación con un nativo, acabamos cerrando el restaurante a la una de la madrugada. Esto es lo que quiere: que saquemos de allí un paquete con un manuscrito, y lo hagamos llegar por correo postal a París a la dirección que nos apunta. Parece que seguimos en la era de los zamizdat.
 
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Escribo agotada. Esta mañana, tomamos el autobús 105 hacia Kobustán, después de sacarnos de encima a varios taxistas que pretendían llevarnos hasta allí por el módico precio de 60 manat, algo así como cinco veces el precio del billete de autobús. G. se pone nervioso ante tanta presión, pero a mí me divierte oírles hablar tan rápido en un inglés compuesto por dos docenas de palabras (cheap, marvellous, quick, far, money, wait, return, good, night, hour; el resto, preposiciones distribuidas con gran imaginación entre los sustantivos y los verbos).
 
Los viajeros (ninguno de los cuales va a la zona de los petroglifos, sino a destinos más distantes y misteriosos) acaparan toda mi atención hasta que el animal se adentra en el paisaje desértico.
 
 
 

Quiero llegar hasta el sitio donde se encuentra la inscripción romana más oriental que se conoce, del siglo I EC. Imp(eratore) Domitiano / Caesare Aug(usto) / Germanic(o) / L(ucius) Iulius / Maximus (centurio) / leg(ionis) XII Ful(minatae). Algo así como: "En tiempos del Emperador Domiciano César Augusto Germánico, Lucius Iulius Maximus, centurión de la Legión XII Fulminata". Al parecer, la legión cayó en manos de los habitantes locales. Pero eso nos obligaría a un desvío de nuestra ruta. Y no es tanta mi obsesión con el mundo romano como para sacrificar la visita a los petroglifos.
 
No me arrepiento.
 
 
 
 
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Mientras G. se ducha me tumbo en la cama con el paquete que nos dieron ayer. No lleva ninguna indicación, ni dirección de remite ni nombre del remitente. Lo palpo con deseo. ¿Lo abriría? No, me digo; no sería elegante. No, porque estará escrito en azerí y de poco serviría. No, pero... pero ¿y si no estuviera escrito en azerí? ¿Y si lo estuviera pero pudiera deducir algo? Me contentaría con conocer la caligrafía. Pero supón que lo escribieron a máquina o a ordenador. Sí, lo abriría para comprobar todo eso. Entonces recuerdo la promesa que me hice a los siete años, cuando sorprendí a mi madre  leyendo lo que yo guardaba celosamente en una carpeta (listas de superhéroes inventados, cuentos, prolijas descripciones de la Salamandra Negra -mi alter ego- y sus trances, las claves secretas con que jugaba a los espías con C.). N-o.
 
Por fortuna, calmo mi curiosidad gracias a un mapa de medio metro cuadrado del que pronuncio en voz alta todos y cada uno de los nombres sugerentes en el camino que lleva a Gabala, la gran ciudad que se encontraba justamente a mitad de la Ruta de la Seda.
 
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Anoche soñé que estaba escondida en una de las cuevas de Kobustán. En el exterior, al alcance de mi oído pero no de mi vista, hay un tiroteo entre bandas mafiosas, un cóctel de armenios, azeríes y rusos, que no haría sino empeorar si me descubren. Pero el sueño se empeña en retroceder en el tiempo. Al cabo de un rato, las bandas se han convertido en legiones romanas (no obstante, sigue siendo prudente mantenerse a cubierto). Y en su tramo final, las legiones han trocado en dos pueblos prehistóricos, los mismos que han labrado estas figuras que me miran, miro, desde la bóveda de esta cueva.