viernes, 14 de diciembre de 2012

Hijos de Jeremías


Foto: Bill Brandt


El poema es de Juan Vicente Piqueras. No es mi estilo. De hecho, ni siquiera creo que se le pueda llamar poema; si se unen los versos por medio de simples puntos y seguidos, funciona a la perfección como un texto en prosa (claro que ahora se han inventado eso del poema en prosa, que al parecer no es exactamente lo mismo que la prosa poética). 

Pero al retrato de estos hijos de Jeremías no le falta una pincelada. Hasta me pregunto si no tendremos algún conocido común.


No conocen la paz, no pueden darla.
 Creen que son mejores que la vida que llevan
y el mundo, según ellos,

no merece la pena que les causa.

Su intimidad es un lento lamento,
un suspiro, un cansancio de condenado a vida.

No se embarcan ni luchan ni escapan, sólo esperan
que un golpe de fortuna
les restituya el reino que perdieron.
Son reyes destronados
e imponen al amor y a quien les ama
su amarga tiranía.
Pretenden que les den lo que les deben.

Sólo saben amar lo que no son,
el destino que dicen merecer.

Se deprimen, enferman, se enfadan con la vida.
Consideran que nadie ha sabido jamás
penetrar en el hondo misterio de sus almas,
encontrar su tesoro, amar su isla.

Eternos descontentos
con su destino, no lo cambiarían
por nada de este mundo.
Prefieren el lamento y sus refugios
a la íntima intemperie de intentar ser feliz.
Le han tomado cariño a su fracaso,
esa injusticia ajena,
y vagan por el mundo
predicando el prestigio sutil de la derrota,
creyendo que indignarse los convierte en más dignos,
escupiendo en el plato donde comen,
envenando el aire que respiran.