viernes, 7 de diciembre de 2012

Pero ya que existe


Foto: W. Eugene Smith
 
 
Esta semana: Al-Assad ha utilizado armas químicas contra la población civil. El ejército egipcio lanza granadas contra los manifestantes en el palacio presidencial. Convocada huelga general en Túnez para el jueves próximo después del ataque a la sede de la UGTT por militantes islamistas de Ennahda, partido en el gobierno.

Llamada que no soy capaz de desatender. No existen las casualidades. La votación en Naciones Unidas coincidió con el 75 aniversario de la resolución 181, pero también con la intensificación de la represión en varios países árabes. He pedido una semana de reflexión que tras arduas negociaciones ha quedado reducida a tres días.

Habría sido mejor que el hombre no hubiera sido creado, dice el Talmud. Pero ya que existe, que sea virtuoso.

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Frente a una de las casas en proceso de desahucio, uno de los vecinos (español) sugiere repartir los pisos de los extranjeros desalojados entre los compatriotas sin vivienda. Se desencadena una discusión que va subiendo de tono. El hombre no atiende a razones. Cuanto más se tratan de explicar mis compañeros, más obcecado se muestra.

Por fin, ante uno de sus "porqués", le digo: "Amad al extranjero, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto" [Devarim, 10:19: aunque esto no se lo apunto]. Algo, algo que me hubiera gustado saber qué era, el recuerdo tal vez de una estancia en otro país, o las brasas sepultadas pero aún vivas de un sentimiento religioso, de una compasión por la suerte de los otros, le detuvo entonces. Quiero creerlo.

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M. y A., ambos separados, han decidido alquilar juntos. Ninguno de ellos puede permitirse ya mantener solo una vivienda con la que está cayendo. Es poco probable que M. vuelva a encontrar trabajo (aunque es un conseguidor; quién sabe). Por lo que se refiere a A., el ayuntamiento le ha contratado para impartir un curso de fotografía digital. Un respiro hasta el mes de abril.

De vez en cuando me cruzo con él y un grupo de alumnos por las calles del pueblo. Se me acerca, la cara iluminada, para darme explicaciones. "Hoy les llevo a fotografiar a la gente de los bares". Este pequeño trabajo le ha devuelto la vida.

La mudanza de A., sesenta y dos años, consiste en una maleta grande, dos bolsas medianas de mano, el arsenal de máquinas, objetivos y demás archiperres fotográficos con que se ha ganado la vida y una caja de cartón. La abre en la cocina y veo que son medicinas, decenas de cajas para todas sus dolencias, imaginarias y reales. Cuando M. y yo acabamos de ayudarle a guardar todo, a sacar las sábanas, a disponerle el baño, se sienta en la cama y se echa a llorar como un crío. "No sabéis lo que me está costando todo esto". M. y yo nos miramos en silencio, un silencio preñado de angustia.