martes, 25 de diciembre de 2012

A ver si en esta noche


Con los buenos amigos cristianos no sólo discuto sobre las diferencias entre judaísmo y cristianismo; también buscamos los puentes que nos unen. Uno de ellos es la figura de Cristo: la fe en Jesús nos diferencia, pero la fe de Jesús nos une (creo que lo leí en algún libro de Shalom Ben-Chorin).

Para todos ellos, y muy especialmente para Bruno L., transcribo este poema conmovedor de Miguel Arteche; para que no les abandone, es decir, para que no le abandonen:
  
Este es el fin del Cristo abandonado,
el fin de la lanzada, el clavo y el vinagre,
el nunca más de la Resurrección,
el siempre de la muerte en el Sepulcro,
el fin del pan que multiplica
la sangre, el fin del buen ladrón y Magdalena,
el fin del hombre Lázaro sin muerte.
Este es el fin del traidor en Judas,
del cobarde en tu Juan,
el fin de la ramera perdonada,
la huida en mercader y a latigazos,
el balbucear del rico que entra al cielo
cada cien mil años, y el sisear del pobre
descoyuntado a huesos por el rico.
Esta es la fuga a noches en el asno,
el apagarse de la estrella,
el reventar de los belenes, el estallido
de la pregunta que no dice
José de Arimatea.
Este es el fin
del centurión y de los lirios
del campo (mirad los lirios del campo, y Salomón con toda
su gloria no pudo alimentarlos).
Este es el fin: buscadme ahora,
decidme ahora que no sea
el fin de la Palabra
(en el principio la Palabra, en el principio
las tinieblas que jamás
se van), y el río que a los mares
se va, según el Cristo, y el Cristo no regresa:
se va, se fue: lo dejo escrito
a ver si no es el fin, a ver si en esta noche

Tú no me has abandonado.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Ya no es ayer

 
 
 
Aunque nunca fui aficionado a las fiestas navideñas (y no por los motivos obvios), estos días, pasando las páginas del libro de Dussaud sobre la Serra do Barroso, en Tras-os-Móntes, he llorado literalmente la pérdida de la única referencia geográfica estable que he tenido; el único lugar del mundo que podía dotar para mí de sentido la palabra destierro .
 
Éstos eran los días de la matanza; del frío navajero del amanecer, camino del portal de los Bejarano para preparar las migas; de los niños peloteando en la plazuela chica mientras los adultos nos afanábamos sobre los restos del animal; de las heridas infantiles, por caída de bici o pedrada; de las comidas de treinta personas y de las sobremesas en que yo siempre terminaba dialogando a solas con Manolo Quinto, verdadero Dersu Uzala en esa provincia del ocaso; de los paseos en las burras (o simplemente con ellas) hasta el Búrdalo; de los ires y venires de Néstor, escapando un instante de su prisión autista para buscarme y que le alzase a mis rodillas; de los podencos callejeros merodeando los patios, esquivos y desconfiados como felinos, en busca de las sobras de los mondongos; de la poda en el corral, vigilado de cerca por media docena de curiosas gallinas y un par de orgullosos gallos extremeños; de la recogida de aceitunas en el olivar del molino, donde la humedad va traspasando las capas de piel hasta anclarse en los huesos; del olor a lumbre en la casa, pegado a las frías sábanas, a la piel caliente de quien las compartía contigo; de las partidas de cartas con mi tía abuela y de su paciente explicación de las cabañuelas; de los villancicos perdidos en la voz de falsete de tía Ángela, villancicos extraviados ya en el tiempo que aprendió de niña en el chozo itinerante de sus padres; de las visitas de rigor  a los hermanos y primos de mis abuelos en Santa Ana, Ruanes, Alcollarín o Guadalupe; de la puesta al día de mi cuadrícula de censo de aves y el recorrido de los caminos rurales en torno a Santa Cruz en busca de especies; de las excursiones a Miajadas para presentar mis respetos a los gitanos con los que compartía los décimos; y, por fin, al cerrarse el año, del cumpleaños de S., el niño siempre más celebrado y último siempre en celebrarse.
 
[Todas las fotos, de George Dussaud]
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

jueves, 20 de diciembre de 2012

Notas sobre Azerbaiyán


Tengo que confesar que sólo me dejé traer hasta aquí por Kobustán. Quería ver con mis propios ojos esos petroglifos de hace 40.000 años en un paisaje lunar. Me hubiera gustado poder ir a Nagorno Karabaj, aunque mis únicas referencias sobre la región proceden de la literatura soviética. Pero queda lejos, a pesar de que han pasado veinte años desde la guerra la zona no está por completo pacificada, y a G. no le tienta la idea de enfrentarse con un control militar cada cuatro kilómetros. También hubiera querido llegar a la región de Astara para ver los valles plantados de naranjales y kiwis, pero 300 kilómetros de viaje son muchos por estas carreteras.

Me consuelo de Bakú, feo y frío, pensando en Kobustán.

***

Apenas hablan otra cosa que azerí, una lengua de raíz turca. Eso limita mucho mi entretenimiento durante las horas en que mi acompañante está reunido. De modo que cuando me canso de ser silenciosa espectadora de un juego de nard (lo que nosotros conocemos por backgammon), evito el centro y me dedico a dar largos paseos por la orilla del Caspio, donde todo, desde el agua hasta la arena, los incomprensibles fragmentos de muro atravesados cada tanto en medio de la playa, las plataformas petrolíferas que jalonan la línea de costa, los rascacielos a mis espaldas, se conjuran en un gris ballena. Lo llamo así porque de ese color veo yo a las ballenas, que tal vez sean de otro color. Supongo que "plomizo" es un término que entenderían mejor otras personas. Una gasa de gris tan tupida que parece haber nacido de una reciente catástrofe nuclear.
 
 
 
 
***
 
Los viajes tienen estas cosas y estamos a los postres en Paul's, un restaurante que nos han recomendado, cuando se acerca una mujer en la cincuentena que obviamente lleva escuchándonos un buen rato. Habla un poco de español y un excelente francés. Nos pregunta de dónde somos, se presenta, nos pide permiso para sentarse a tomar el café con nosotros. Como G. es incapaz de pronunciar n-o y yo incapaz de resistirme a una conversación con un nativo, acabamos cerrando el restaurante a la una de la madrugada. Esto es lo que quiere: que saquemos de allí un paquete con un manuscrito, y lo hagamos llegar por correo postal a París a la dirección que nos apunta. Parece que seguimos en la era de los zamizdat.
 
***
 
Escribo agotada. Esta mañana, tomamos el autobús 105 hacia Kobustán, después de sacarnos de encima a varios taxistas que pretendían llevarnos hasta allí por el módico precio de 60 manat, algo así como cinco veces el precio del billete de autobús. G. se pone nervioso ante tanta presión, pero a mí me divierte oírles hablar tan rápido en un inglés compuesto por dos docenas de palabras (cheap, marvellous, quick, far, money, wait, return, good, night, hour; el resto, preposiciones distribuidas con gran imaginación entre los sustantivos y los verbos).
 
Los viajeros (ninguno de los cuales va a la zona de los petroglifos, sino a destinos más distantes y misteriosos) acaparan toda mi atención hasta que el animal se adentra en el paisaje desértico.
 
 
 

Quiero llegar hasta el sitio donde se encuentra la inscripción romana más oriental que se conoce, del siglo I EC. Imp(eratore) Domitiano / Caesare Aug(usto) / Germanic(o) / L(ucius) Iulius / Maximus (centurio) / leg(ionis) XII Ful(minatae). Algo así como: "En tiempos del Emperador Domiciano César Augusto Germánico, Lucius Iulius Maximus, centurión de la Legión XII Fulminata". Al parecer, la legión cayó en manos de los habitantes locales. Pero eso nos obligaría a un desvío de nuestra ruta. Y no es tanta mi obsesión con el mundo romano como para sacrificar la visita a los petroglifos.
 
No me arrepiento.
 
 
 
 
***
 
Mientras G. se ducha me tumbo en la cama con el paquete que nos dieron ayer. No lleva ninguna indicación, ni dirección de remite ni nombre del remitente. Lo palpo con deseo. ¿Lo abriría? No, me digo; no sería elegante. No, porque estará escrito en azerí y de poco serviría. No, pero... pero ¿y si no estuviera escrito en azerí? ¿Y si lo estuviera pero pudiera deducir algo? Me contentaría con conocer la caligrafía. Pero supón que lo escribieron a máquina o a ordenador. Sí, lo abriría para comprobar todo eso. Entonces recuerdo la promesa que me hice a los siete años, cuando sorprendí a mi madre  leyendo lo que yo guardaba celosamente en una carpeta (listas de superhéroes inventados, cuentos, prolijas descripciones de la Salamandra Negra -mi alter ego- y sus trances, las claves secretas con que jugaba a los espías con C.). N-o.
 
Por fortuna, calmo mi curiosidad gracias a un mapa de medio metro cuadrado del que pronuncio en voz alta todos y cada uno de los nombres sugerentes en el camino que lleva a Gabala, la gran ciudad que se encontraba justamente a mitad de la Ruta de la Seda.
 
***
 
Anoche soñé que estaba escondida en una de las cuevas de Kobustán. En el exterior, al alcance de mi oído pero no de mi vista, hay un tiroteo entre bandas mafiosas, un cóctel de armenios, azeríes y rusos, que no haría sino empeorar si me descubren. Pero el sueño se empeña en retroceder en el tiempo. Al cabo de un rato, las bandas se han convertido en legiones romanas (no obstante, sigue siendo prudente mantenerse a cubierto). Y en su tramo final, las legiones han trocado en dos pueblos prehistóricos, los mismos que han labrado estas figuras que me miran, miro, desde la bóveda de esta cueva.

martes, 18 de diciembre de 2012

Desdémona

 



Otelo y Desdémona (en el libreto de la ópera de Verdi):


Desdémona: "Le amé por sus desgracias".
Otelo: "La amé por haberlas compadecido".


Otelo habla a Brabantio (la traducción del texto de Shakespeare, de Pérez de Ayala)

 
"Mi habla es ruda, no tiene el don de las blandas frases apacibles (...). Su padre y yo éramos amigos. Me invitaba a su casa con frecuencia y pedía que le contase la historia de mis fortunas, sitios y batallas que hube de pasar. Le referí mi vida entera, desde mis días infantiles, a su entero placer y talante. Le hablé de desastrosas aventuras y emocionantes accidentes por tierra y en la mar; de peligros graves en que libré por un cabello, sobre la mortal brecha; de cómo fui apresado por el insolente enemigo y vendido en esclavitud; de mi liberación y de mis largas jornadas; de las cavernas enormes y los desiertos estériles; de los rudos subterráneos y de las rocas y montes cuyas sienes tocan el cielo (yo hablaba, hablaba, eso fue todo); de los caníbales que se devoran entre sí; de los antropófagos y otros hombres cuya cabeza nace más abajo de los hombros. Y oyéndome Desdémona, que estaba presente, se inclinaba con aire meditabundo. Huía a veces, porque los menesteres caseros la requerían. Pero volvía presto y con solícito oído devoraba mi discurso. Como yo lo observase, tomé a mi cuenta una hora favorable y acerté a conseguir que ella me rogase en su corazón que aquello que a retazos me había oído se lo contase por entero. Consentí, y no pocas veces gocé de sus lágrimas al narrar algún trance desastroso que mi juventud había sufrido. Tal es mi historia. En pago de mis venas me dio un mundo de sollozos… Me amó por mis desventuras; la amé por haberlas compadecido. No otras fueron las artes de encantamiento que empleé”.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Cual



Escribe un paisano en el exilio ovetense, José Luis García Martín: "Donde terminan las palabras empieza la verdadera conversación. Yo no paro de hablar porque tengo mucho que callar. Escribo para ocultar un secreto".
 
Toda la vida de X. estuvo cubierta bajo un manto de secretos que se fue dejando echar encima. A los cuarenta años, el manto era tan pesado que no había forma de quitárselo de encima. ¿Cómo desenmadejarse ahora? Porque no había un solo aspecto de su vida que se librase de la impostura, desde el nombre que figuraba en su pasaporte hasta el oficio que decía desempeñar, desde sus domicilios hasta sus aficiones públicas. Su vida era en realidad dos avenidas paralelas, una de las cuales corría bajo la superficie imantada, por los vaivenes subterráneos de la otra. Por eso conversaba, discutía, callejeaba, escribía sin parar. 

Se recordaba a sí mismo a ese personaje, "Cual", que habla en los poemas de Chantal Maillard:

 
Cual asomado a otro.
Articulado.
Extrañado.
Entrañado.
Extrañado.
Entrañado.
Hastiado.
 
y
 
Cual extrañado ante otro .
Extrañado de ser otro ante otro.
Estima la quietud de la sombra,
bajo un pino. La ocupa.
Aprende a menguar con ella.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Hijos de Jeremías


Foto: Bill Brandt


El poema es de Juan Vicente Piqueras. No es mi estilo. De hecho, ni siquiera creo que se le pueda llamar poema; si se unen los versos por medio de simples puntos y seguidos, funciona a la perfección como un texto en prosa (claro que ahora se han inventado eso del poema en prosa, que al parecer no es exactamente lo mismo que la prosa poética). 

Pero al retrato de estos hijos de Jeremías no le falta una pincelada. Hasta me pregunto si no tendremos algún conocido común.


No conocen la paz, no pueden darla.
 Creen que son mejores que la vida que llevan
y el mundo, según ellos,

no merece la pena que les causa.

Su intimidad es un lento lamento,
un suspiro, un cansancio de condenado a vida.

No se embarcan ni luchan ni escapan, sólo esperan
que un golpe de fortuna
les restituya el reino que perdieron.
Son reyes destronados
e imponen al amor y a quien les ama
su amarga tiranía.
Pretenden que les den lo que les deben.

Sólo saben amar lo que no son,
el destino que dicen merecer.

Se deprimen, enferman, se enfadan con la vida.
Consideran que nadie ha sabido jamás
penetrar en el hondo misterio de sus almas,
encontrar su tesoro, amar su isla.

Eternos descontentos
con su destino, no lo cambiarían
por nada de este mundo.
Prefieren el lamento y sus refugios
a la íntima intemperie de intentar ser feliz.
Le han tomado cariño a su fracaso,
esa injusticia ajena,
y vagan por el mundo
predicando el prestigio sutil de la derrota,
creyendo que indignarse los convierte en más dignos,
escupiendo en el plato donde comen,
envenando el aire que respiran.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Un engaño piadoso

 
Arnold Böcklin. Autorretrato

Leo sobre Mar Saba y el fragmento que cita Stroumsa de la supuesta carta de Clemente de Alejandría (sobre el evangelio secreto de Marcos). Un alarde de erudición. Pero lo que me hiela la sangre es llegar al párrafo en que Cristo pronuncia estas palabras:
 
"Ahora lo sé: mi vida ha sido sólo trampa, cartón y nada. / Tú me has despertado y quiero agradecértelo, Señor de las Tinieblas. / El agua de la fuente que sonaba en la noche arrullando mi sueño, / la mano que besaba de niño antes de irme a dormir, / el rumor de los árboles al amanecer, / los labios que decían quererme… / Todo era verdad y sólo yo, escondido del mundo detrás de mi sonrisa, / de mis vanos milagros y de la sombra del Padre, / sólo yo era mentira, un engaño piadoso. / No he resucitado, sólo he regresado un instante / de donde no se vuelve / para poder decíroslo".
 
No logro dormir después de leerlo. A eso de las tres regreso a la cama. Cuando por fin caigo, sueño con monasterios tallados en las duras montañas del desierto de Judea; con versos sueltos que procuro recordar en cuanto despierto pero que húyen al querer fijarlos en mi memoria; con una casa diminuta y recién encalada de donde sale un niño que no es ninguno de los míos y sin embargo es mío. Sueño que imploro piedad y al tiempo que pronuncio las palabras me hago consciente de que el implorado no puede tenerla. Los timbrados acaban de nacer y yo preparo la pasta de cría en una casa al sur de Francia que he alquilado hace poco tiempo. Supongo que ha sido este último fragmento piadoso el que me ha permitido descansar al fin.  

domingo, 9 de diciembre de 2012

Uomini


Foto: Imogen Cunningham


Me divierte el horror con que mis conocidos mayores de cincuenta años hablan de su próstata. Qué pensarían si llevaran veintipico años acudiendo puntualmente a un ginecólogo (no es mi caso).
 
El otro día, hablando con Manolo Galicia, se me ocurrió el cuento de terror para hombres más breve del mundo:

"Dése la vuelta, dijo el urólogo".
 
 
***
 
Suspiro por dos ciudades tan distintas. Sé que en cualquiera de ellas sería feliz. Suspiro por dos hombres tan distintos, sólo que en este caso sé que ninguno de ellos me haría feliz. En el primer caso mi amor es activo: viajo a ellas tanto como puedo. En el segundo, pasivo: me dejo querer, pero protejo la frontera con uñas y dientes.
 
***
 
Luz Almodóvar es fea como un demonio, y sin embargo arrasa en su entorno masculino. Obviamente, no podía preguntarle de forma directa en qué radicaba el secreto de su éxito. Sin embargo, el otro día fui involuntario testigo directo: consiste en no ponerle puertas al campo. No es mi estilo, aunque reconozco que tampoco es sensato mantener el perímetro electrificado.    
 
***
 
Leo en algún sitio la expresión "hemofílicos de la vanidad", personas cuyo ego sangra desproporcionamente (en forma de insulto, lamento, indignación) al menor rasguño, un rasguño que no cicatriza nunca. Sin esfuerzo me vienen a la cabeza tres o cuatro nombres. Es una enfermedad que arrasa entre los hombres andropáusicos.
 
***
 
"Cómo me gustaría que te gustasen las mujeres". Me quedo pensando en ello, en por qué no es así. No tengo ningún prejuicio teórico. Tampoco me provoca una repugnancia instintiva el pensarlo, como le ocurre a muchos otros heterosexuales. Es, simplemente, que el mundo masculino, dentro y fuera de la cama, me sigue pareciendo el retablo de las maravillas, y yo una espectadora que con gusto se deja engañar por Chanfalla y Chirinos.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Pero ya que existe


Foto: W. Eugene Smith
 
 
Esta semana: Al-Assad ha utilizado armas químicas contra la población civil. El ejército egipcio lanza granadas contra los manifestantes en el palacio presidencial. Convocada huelga general en Túnez para el jueves próximo después del ataque a la sede de la UGTT por militantes islamistas de Ennahda, partido en el gobierno.

Llamada que no soy capaz de desatender. No existen las casualidades. La votación en Naciones Unidas coincidió con el 75 aniversario de la resolución 181, pero también con la intensificación de la represión en varios países árabes. He pedido una semana de reflexión que tras arduas negociaciones ha quedado reducida a tres días.

Habría sido mejor que el hombre no hubiera sido creado, dice el Talmud. Pero ya que existe, que sea virtuoso.

***

Frente a una de las casas en proceso de desahucio, uno de los vecinos (español) sugiere repartir los pisos de los extranjeros desalojados entre los compatriotas sin vivienda. Se desencadena una discusión que va subiendo de tono. El hombre no atiende a razones. Cuanto más se tratan de explicar mis compañeros, más obcecado se muestra.

Por fin, ante uno de sus "porqués", le digo: "Amad al extranjero, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto" [Devarim, 10:19: aunque esto no se lo apunto]. Algo, algo que me hubiera gustado saber qué era, el recuerdo tal vez de una estancia en otro país, o las brasas sepultadas pero aún vivas de un sentimiento religioso, de una compasión por la suerte de los otros, le detuvo entonces. Quiero creerlo.

***
 
M. y A., ambos separados, han decidido alquilar juntos. Ninguno de ellos puede permitirse ya mantener solo una vivienda con la que está cayendo. Es poco probable que M. vuelva a encontrar trabajo (aunque es un conseguidor; quién sabe). Por lo que se refiere a A., el ayuntamiento le ha contratado para impartir un curso de fotografía digital. Un respiro hasta el mes de abril.

De vez en cuando me cruzo con él y un grupo de alumnos por las calles del pueblo. Se me acerca, la cara iluminada, para darme explicaciones. "Hoy les llevo a fotografiar a la gente de los bares". Este pequeño trabajo le ha devuelto la vida.

La mudanza de A., sesenta y dos años, consiste en una maleta grande, dos bolsas medianas de mano, el arsenal de máquinas, objetivos y demás archiperres fotográficos con que se ha ganado la vida y una caja de cartón. La abre en la cocina y veo que son medicinas, decenas de cajas para todas sus dolencias, imaginarias y reales. Cuando M. y yo acabamos de ayudarle a guardar todo, a sacar las sábanas, a disponerle el baño, se sienta en la cama y se echa a llorar como un crío. "No sabéis lo que me está costando todo esto". M. y yo nos miramos en silencio, un silencio preñado de angustia.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Varia

 



No puedo dibujar ni una mesa. Lo que dibujo, cuando lo hago, no es el objeto, sino la representación tantas veces vista del objeto, que imito torpemente. El otro día me preguntaba, entre sueños, si no haría lo mismo con la escritura. Por la mañana me abalancé a comprobarlo. No; qué inmenso alivio. 
 
***
 
Hoy he soñado que criaba en casa huevos de esturión y caballitos de mar. Mejor no interpretar los sueños.

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Estos días hago un poco el gamberro. Ayer se cruzaron los dos en la escalera, uno saliendo, otro llegando a casa. Ambos sospecharon, pero ninguno se atrevió a lanzarme la pregunta directa.

***

¿De dónde procede este optimismo? De que todo me parece milagroso y todos los días me asombro de ello.

***

Leo en el Canto XI la célebre respuesta de Aquiles a Ulises, cuando éste le dice que no debe echar en falta la vida, puesto que ahora reina entre los muertos:

 
Ne cherche pas à m'adoucir la mort, noble Ulysse,
J'aimerais mieux être sur terre un thète au service d'un paysan,
fut-il sans patrimoine et presque sans ressource,
plutôt que de régner ici parmi les ombres consumées.
 
 
 
No vemos nunca el momento de irnos. Y, si fuera posible, nunca veríamos el momento de regresar.
 
***
 
Todos los hechos que se relatan en Julio César (pensaba el otro día cuando salíamos de ver la película de los Taviani) son ciertos. Shakespeare debió de conocer muy bien las fuentes y se atuvo a ellas. Pero en sus manos el asesinato se convierte en una tragedia de temas clásicos: el honor, la tiranía, la traición, la lealtad, el amor por la patria. Conceptos más digeribles, por fácilmente reconocibles en el entorno, que los de reforma agraria, extensión de la ciudadanía, oligarquía, y que no admiten grises: se traiciona o no se traiciona, no hay término medio.
 
Por eso dentro de mil años César será no el que fue, sino el retrato de Suetonio, versión Shakespeare. Lo mismo Bruto o Casio. Luego ¿a qué la gloria, si sólo está unida a un nombre y no a un hombre?
 
***
 
No es la primera vez que me alaban el comportamiento encendido. Me hace gracia la fama de buenos amantes que nos atribuyen. De ser así, debe existir alguna relación entre el Talmud y la pasión sexual. Y, la verdad, no veo cuál.
 
***
 
S: Para mi cumpleaños no quiero una bicicleta ni una play, sino un pájaro.
PJ: Me parece muy bien. ¿Qué pájaro querrías?
S: No como los que tenemos. Uno que hable.
PJ: ¿Un yaco?
S: Me gustan más las cacatúas.
PJ: ¿Y eso?
S: Parecen chicas, y a mí me gustan las chicas.
PJ: ¿Si se llamasen cacatúos también te parecerían "chicas"?
S: No tanto. [Se queda pensando] Pero sí: por el moñito.
PJ: Está bien, una cacatúa. ¿Por qué quieres un pájaro que hable?
S: Para contarle mis secretos y que pueda entenderme.
 
***
 
Dentro de un año mi vida se parecerá a ésta en muy pocas cosas. A algunas personas esto les provoca un estado de ansiedad y zozobra. A mí, una infinita curiosidad.
 

domingo, 2 de diciembre de 2012

Territorios peligrosos

 
Foto: Edward S. Curtis
 
Los límites. Me doy cuenta ahora de lo importantes que son. En la educación que recibí, tanto en la casa paterna como en la escuela donde pasé quince años (heredera directa de la Institución Libre de Enseñanza), las expresiones despectivas hacia una persona por razón otra que su falta de cualidad moral o de coherencia intelectual estaban seriamente reprimidas. En los dos espacios en que me eduqué hubiera resultado algo más que escandaloso referirse a una persona como "puto negro", "maricón de mierda", "maldita zorra", "sucio judío", "moro asqueroso" o "cerdo catalán". Hubiera provocado la censura y el desprecio de mi padre y de mis maestros.
 
No se trataba sólo de mantener las formas; había en el fondo de ese límite insobornable una postura ética muy definida, a la vez base y consecuencia de ese autocontrol. Intus et in cute, solía decir mi padre, para señalarme que los principios debían tener un reflejo en las formas y que éstas, por otro lado, no podían ser mera fachada sin correspondencia alguna con las convicciones internas.
 
Ahora veo en los míos cómo se refuerzan recíprocamente los dos ámbitos. Un chico acostumbrado a observar ciertos límites en la expresión acaba por interiorizar las razones que los justifican. Y una vez que esas razones están bien asentadas, lo cual sucede muy temprano si uno hace las cosas bien, sentirá una aversión espontánea hacia el lenguaje que las traicione.
 
Cuando uno se permite ciertos usos del lenguaje se adentra sin ser demasiado consciente en un territorio peligroso. Porque el "puto negro", ofensivo para el sujeto aludido pero inocuo en un mundo aproximadamente igualitario, con toda la carga subterránea de prejuicio y desprecio que lleva implícita, facilitará que brote la semilla  de la segregación racial cuando las circunstancias acompañen, del mismo modo que el "sucio judío" allanará el camino a  pogromos venideros o la expresión "maldita zorra", pronunciada alegremente sin aparentes consecuencias durante unos años, permitirá un salto más fácil a una somanta de hostias.
 
No, no hay que dar un paso más allá hasta la ridícula corrección política tan en boga. De hecho, hay que huir de ella como de la peste porque, paradójicamente, revela una concepción similar en la que las personas se definen en su esencia por el sexo, la religión, el tono de piel o las preferencias de cama. Que es justamente la trampa que se trata de evitar. Pues la naturaleza de las personas es la misma, cualesquiera que sean sus accidentes. Aristóteles.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Con setenta años de retraso


Cisjordania, noviembre de 2012
  

Toda la prensa publica estos días las fotografías de los palestinos celebrando el reconocimiento como Estado observador de las Naciones Unidas.
 
***
 
Escribiría un artículo sobre el particular que podría titularse algo así como “Con setenta años de retraso”.

Comenzaría recordando que la resolución 181 preveía dos estados; que al estado palestino le correspondía según aquella división un territorio mayor al que podría aspirar hoy en la previsión más optimista (además de la capitalidad compartida de Jerusalén); y que si los países árabes y los grandes terratenientes sirios, iraníes y libaneses que poseían la mayor parte de la tierra cultivable, los Sursuqs, Twaynis y Mudawwar, no hubieran sido tan cerriles, los palestinos tendrían hoy la suerte de contar con un vecino con una economía pujante y un capital humano de excepción.
 
En lugar de ello, mientras los judíos celebraban el reconocimiento como Estado bailando y cantando en todas las ciudades y kibbutzim, Golda Meir rompía a llorar en el balcón de la Sojnut en Jerusalén, y cientos de cartas atravesaban el Atlántico comunicando la buena nueva, los árabes se armaban hasta los dientes y recibían de los británicos autorización para entrar en el territorio que aún estaba bajo su mandato. Unos meses después de la resolución los ejércitos de cinco países árabes atacaban Israel.
 
Celebran, y me alegro. Pero setenta años después de lo que podrían haberlo hecho, exactamente cuando lo hicieron los judíos. Cuánta sangre y cuánto dolor se podría haber ahorrado.

***

Lo escribiría, sí, pero no encontraría periódico en España dispuesto a publicarlo.

Jerusalén, noviembre de 1947


Tel Aviv, noviembre de 1947