sábado, 10 de noviembre de 2012

Sueltos sobre traducción

 


Descubro, gracias a mi amigo Gabriel C. Menocchio, una prueba de fuego para juzgar la calidad de una poesía: ¿resiste la traducción? Necesariamente despojada del ritmo y la musicalidad originales, más aún cuando el idioma de llegada pertenece a otra familia de lenguas, ¿aguanta el esqueleto en que se queda?

Cuando lo que se tiene en las manos es una imagen, la prueba es más sencilla: puedes volverla del revés, como hacía Cartier-Bresson con sus fotografías para verificar la calidad de la composición, o enfrentarla a un espejo, o despojarla del color (o añadírselo). No es posible examinar un poema del revés. Pero toda lengua lleva en sí una carga de profundidad más allá de su significado convencional (imágenes adheridas a las palabras, pares de conceptos que en una lengua desatan la contradicción y en otra conviven anodinamente, verbos que obligados a acompañar a un sustantivo que normalmente les es ajeno transforman su sentido).  Al verter un poema a otra lengua, le arrebatas no sólo ritmos y resonancias, sino su subconsciente; sólo funciona, en el peor de los casos, como idea, y sólo la metáfora que no era mero fuego de artificio conserva su poder evocador.


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Cuando la traducción lo es de poemas ajenos, se plantea además el viejo problema de la fidelidad. La cuestión no es tanto si se está o no siendo fiel (algo difícil de resolver a no ser que el autor esté vivo y podamos llamarle para preguntarle qué quería decir exactamente, o haya escrito abundantemente sobre sí mismo) como de qué forma serías más fiel. La práctica de la traducción técnica me ha inclinado, en caso de duda, a interpretar de la forma más literal posible. Incluso cuando las dudas son pocas, mi primer acercamiento al poema suele ser muy respetuoso con el original, hasta en aspectos secundarios a la elección de los términos, como las cesuras o el número de versos. Es muy corriente leer versiones en que el traductor, de forma inconsciente, se apropia del poema, lo reescribe de alguna forma como él lo hubiera escrito originalmente en su lengua. Abandona la condición de pasividad parcial (je est un autre). Un ejemplo famoso de estilización es la traducción que hizo Pope de La Ilíada. En las traducciones del inglés al español o al francés, es frecuente caer en la tentación de solemnizar el tono siempre menos dramático del inglés, de acercar el poema extranjero a nuestra propia tradición lírica.
 
Un ejemplo: El obediente (de los Epitafios de guerra de Rudyard Kipling). Original, versión primera, versión segunda (de Luis Cremades).

Daily, though no ears attended,
Did my prayers arise.
Daily, though no fire descended
Did I sacrifice.
Though my darkness did not lift,
Though I faced no lighter odds,
Though the Gods bestowed no gift,
None the less,
None the less, I served the Gods!


Todos los días, aunque ningún oído atendiese
pronunciaba mis oraciones.
Todos los días, aunque ningún fuego descendiese
ofrecía mis sacrificios.
Aunque mi oscuridad no se dispersase,
aunque el destino no me fuera más propicio,
aunque los Dioses no concediesen dádiva alguna,
a pesar de todo
a pesar de todo serví a los Dioses.

Cada día, aunque ningún oído atendiese,
mis oraciones surgían.
Cada día, aunque ningún fuego descendiese,
hice el sacrificio.
Aunque no se desvaneciera en mí la oscuridad,
aunque no enfrentase menores fuerzas,
aunque no concediesen los Dioses regalo alguno, a pesar de todo,
a pesar de todo, serví a los Dioses.




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Otro problema distinto es cuando llegas a la conclusión definitiva de que la traducción más o menos literal no es posible, porque tu propio idioma es incapaz de sugerir el subconsciente del de partida. Normalmente, sucede cuando el poeta está además apoyándose con pocas limitaciones en su lengua para trasladar su propio lenguaje privado (lo que los lingüistas llaman "idiolecto").

En estos casos, recurro a un procedimiento mental que consiste en alejarse del poema, a esas alturas ya más o menos memorizado, y pensar en él en los términos menos convencionales posibles: como lo haría un niño de tres años en su universo pre-gramatical de acciones, sujetos y objetos sin ataduras sintácticas. Trato de "oír", un poco como el perro de la viñeta de Gary Larson ("Ginger! Ginger! Ginger!" - infra), entre la algarabía de sonidos, la voz que destaca. O lo pienso en forma de imágenes, de pensamiento desprovisto aún de palabras (en las que necesariamente habrá que hacer el viaje de vuelta).  Hay quien piensa que este ángulo de ataque no es posible, que el lenguaje condiciona de tal forma nuestro pensamiento que la disociación es imposible; no lo creo (y, para mi tranquilidad, tampoco lo cree Steven Pinker).


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No siempre da sus frutos. Y en este punto es cuando comprendes que Babel, la maldición que Dios nos envió para que los hombres fuéramos incapaces de entendernos los unos a los otros, ha ganado la batalla, y debemos rendirnos a la infidelidad. Sea: "Beautiful translations are like beautiful women, that is to say, they are not always the most faithful ones" (George Steiner, After Babel).