viernes, 9 de noviembre de 2012

Memorabilia. Boulevard Pasteur

 


Por la mañana trabajaba en una oficina de la avenida George V. Lo recuerdo con espanto: no madrugaba desde que iba al colegio. El último turno para salir a comer era a la una y media. No había que pelearse: a las doce, todos los estómagos de la oficina empezaban a orquestarse menos el mío. A esas horas, lo más que me apetece tomarme es un café. En su defecto, un vino. En defecto de vino, un whisky. Pero no un boeuf bourguignon, por el amor de Dios. Al suplicio de tener que comer había que sumar otro lag cultural: la sobremesa, ya de vuelta en la oficina, empezaba a las dos y media. Y aún quedaban tres horas largas de trabajo por delante, cabeceando entre papeles. Y lo que era peor: a las seis salía con un hambre canina y tenía que engañar a mi cuerpo para no caer por mi propio pie en el despropósito horario.

Esta era la parte más sencilla, sin embargo, pues una vez en la calle era (continúa siéndolo) difícil que nada me distrajera de mi obligación principal, que no era otra que permanecer en ella el mayor tiempo posible. Fiel a la tradición paterna, sólo consiento en recogerme cuando ya he gastado todo el dinero que llevo encima o el cuerpo me pide a gritos un poco de reposo. O un Alka-Seltzer. O cualquier otra actividad a la que no sea prudente entregarse en plena calzada. Llegado ese punto, regresaba, normalmente a pie, a la residencia de enfermeras del Boulevard Pasteur, que en verano alquilaba sus cuartos a transeúntes y trabajadores de paso como yo. Antes respetaba las dos paradas de rigor: la primera, para saludar a mi amigo (y ocasional amante) Prosper, a la sazón empleado en la embajada de Togo en París; la segunda, para dejarme invitar en un bar jamaicano cercano a la plaza de Breteuil por su dueña, una tal Martine que, sospecho, abría poco antes de llegar yo a la noche y cerraba antes de que volviera a pasar por su puerta a la hora del desayuno. No recuerdo nada de Martine salvo una piel muy negra, unos pechos enormes, un trasero de volumen acorde, una risa escandalosa y grave, y su propensión a ilustrar con proverbios cualquier punto de la conversación.

El novio de Martine, Ismael, abultaba aproximadamente la mitad que ella. Era el único del clan que parecía querer afrancesarse. Trabajaba de comercial en un concesionario de la Peugeot, se afanaba por corregir en su propia persona la desmedida afición de sus compatriotas por la ropa de color, las pulseras, anillos, colgantes, relojes de oro (o simplemente dorados) y había iniciado un lento y engorroso tratamiento para alisarse el pelo. 

Diluviaba una noche de junio. Entró Ismael con el pelo encrespado por la humedad. Me plantó un beso en la boca. Se rió ella fingiendo despreocupación. Le señaló el pelo, que con el calor del local se había cardado aún más. Chassez le naturel, il revient au galop, le disparó Martine.
 
***
 
14 de julio. No sé cómo iniciamos la conversación, aquella alemana que vivía también en la residencia y yo, con un grupo de bomberos. Caía una lluvia de fuegos artificiales sobre el río y estaban reunidos allí medio París y medio Estados Unidos. Sí sé cómo la acabamos. La experiencia de la expulsión era una vieja conocida mía. Ella se tuvo que marchar anticipadamente de París porque no quedaba una sola cama en la ciudad por menos de doscientos francos la noche. Yo conseguí que me alojara G., un diplomático sueco que, vaya usted a saber por qué, se sabía de memoria toda la poesía de Justo Jorge Padrón. Por las tardes íbamos a la plaza de los Vosgos a charlar por los soportales, o visitábamos una librería que había en el Marais. Pero cuando caía la noche, echaba de menos los bares jamaicanos y al apuesto africano.




G. se fue a principios de agosto y me dejó usufructuar el apartamento. A mí y, sin su expreso consentimiento, a los amigos que, de vuelta de sus interraíles, paraban en la ciudad para saludarme. Para saludarme y animados, habrá que sospecharlo, por la posibilidad de pasar unos días de balde en ella. Pues, además de dormir gratis, yo invitaba todos los días. Una invitación que consistía invariablemente en salir de najas de la terraza en cuanto el camarero desaparecía para rellenar la bandeja en el interior. 

Hasta que nos pillaron, claro. Por fortuna, uno de los amigos que se había beneficiado de mi hospitalidad estaba ya de vuelta en Madrid. Le pedí que me hiciera un giro de 20.000 pesetas. Porque ésa, ni más ni menos, era la cantidad que nos habíamos gastado en la terraza de La Coupole el día en que ninguno nos dimos cuenta de que había un tercer camarero fuera del alcance de nuestra vista. Para colmo, se apellidaba Hernández. Lo sé porque el encargado se lo dijo delante de nosotros: "Buen trabajo, Hernández".

***

Volví de uno de los viajes a Ginebra haciendo escala (ferroviaria) en París. Demasiado tarde para coger el Puerta del Sol, demasiado tarde para improvisar una cena con algún conocido. Pero no demasiado tarde para ir al jamaicano. Cené rápido alguna porquería en la propia estación, dejé el equipaje en la consigna y reproduje el trayecto que había recorrido tantas veces veinte años atrás. No había ni sombra de él. Ni siquiera era ya un bar, o un pequeño negocio. Era una tienda de Orange. En un ataque de ira y nostalgia a partes iguales, volví sobre mis pasos y me dirigí a Montparnasse, pensando en vengar mis días de pobreza con unas copas legalmente consumidas en La Coupole. La terraza estaba cerrada. Dentro, ya no se podía fumar. No sé quién dijo lo contrario, pero no llevaba razón: nunca, nunca regresar a los sitios en que uno ha sido feliz.