jueves, 22 de noviembre de 2012

La manera del espíritu


Polignoto. Bailarines y acróbatas (Museo Nacional de Nápoles)


"Todo estaba en el caos cuando la Mente surgió y puso orden" (Anaxágoras).

He pensado mucho y durante mucho tiempo sobre esta idea. Algo escribí sobre la opinión que me merecía la deriva del arte cuando abandona su asidero en la realidad, cuando quien lo practica se toma a sí mismo como única referencia válida y el mundo exterior se convierte en un caleidoscopio sin sentido aparente. También en el arte el sueño de la razón, el abandono de la Mente, genera monstruos.
 
Estos días, leyendo el libro de Edith Hamilton, he encontrado elegantemente explicadas las diferencias entre la manera de la mente y la manera del espíritu, y sus consecuencias en las formas del arte.
 
Frente al arte griego, un arte a la manera de la mente, unificador de lo que hay fuera y lo que hay dentro, la evolución del arte oriental (egipcio, hindú) estuvo caracterizada por la manera del espíritu, por el arrobamiento místico:
"La manera del espíritu consiste en retirarse del mundo de los objetos a la contemplación del mundo interior, y no necesita de una correspondencia entre lo que ocurre en el exterior y lo que ocurre en el interior. No la mente sino el espíritu es su propio lugar, y puede hacer un infierno del cielo, un cielo del infierno. Cuando la mente se retira dentro de sí misma y prescinde de los hechos, sólo crea un caos.
(...) Atente a los hechos es el lema de la mente; un sentido de los hechos es su característica sobresaliente. En la proporción en que predomina el espíritu, desaparece este sentido.
(...) El efecto práctico de la divergencia, desde luego, se hace inmediatamente obvio en el ámbito intelectual ... En el arte, aunque menos obvio inmediatamente, no es menos decisivo. En la proporción en que predomina el espíritu, las formas reales y el aspecto de las cosas se vuelven insignificantes, y cuando el espíritu reina supremo ya no tienen ninguna importancia.
(...) [En la manera del espíritu], [l]a realidad, la permanencia y la importancia son sólo del mundo interior, en que toda verdad es absolutamente conocida por ser experimentada, y donde el que lo desea puede alcanzar el dominio completo. Éste es el dogma fundamental de los Upanisads: 'Lo infinito es el Yo. El que percibe esto es amo y señor del mundo'". 
***
 

En este sentido, el arte occidental siguió el camino de Oriente, al menos desde la caída de Roma. Y probablemente algo antes: basta con comparar las estatuas de la República o del Alto Imperio, a punto de echarse a andar, con las formas estilizadas del Bajo Imperio. Regresó al camino perdido en el Renacimiento, cuando los hombres volvieron a redescubrir la belleza del mundo y a pintar lo que veían con sus propios ojos. ¿Y hoy? Me temo que hemos vuelto a la manera del espíritu y a su consecuencia en el arte: dueño y señor el mundo interior, prescindible la referencia del mundo real, cerrados de nuevo los ojos de la mente, todo vale, porque todo es Yo.