miércoles, 14 de noviembre de 2012

De una dama y de un caballero

 
 
Llega la Dama, una de los mejores pianistas vivas. Se prodiga poco (una cincuentena de conciertos al año, un disco cada año y medio) y está totalmente alejada de los círculos glamourosos y del marketing de las casas discográficas, que poco a poco se empeñan en hacernos creer que una condición indispensable para ser un buen pianista clásico es ser guapo. Rara vez concede entrevistas.
 
A pesar de que una parte de su repertorio habitual no entra entre mis favoritos (Mozart por doquier, Berg, Schoenberg, Boulez, Webern), no hay un solo intérprete vivo, con excepción de Pollini y de Murray Perahia, que me mueva a desplazarme. Cinco conciertos en España en marzo, pero no estaré aquí. Así que he indagado su calendario de conciertos europeos anteriores a mi partida y elegido el que más me gustaba: Bach (BWV846 y BWV859), Schoenberg (Seis pequeñas piezas para piano, op. 19), Schumann (Waldszenen, Sonata para piano nº 2 en Sol menor op.22, Cantos del amanecer).  Espero que las seis pequeñas piezas de Schoenberg sean realmente pequeñas. Londres, 15 de enero.

Mitsuko Uchida interpretando mi Kreisleriana favorita de Schumann:


video
 
 
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De la condena a vivir encerrado dentro de su propia cabeza por culpa de una enfermedad que iba conquistando su cuerpo miembro a miembro, Tony Judt hizo no una, sino tres obras. Ill fares the land y Thinking the Twentieth Century son el canto del cisne de este historiador judío y londinense afincado en Nueva York siempre comprometido con los ideales socialdemócratas. Llama a una renovación del discurso de lo común y condena duramente la trahison des clercs.

Pero la perla se esconde en The Memory Chalet, una recopilación de ensayos que fue publicando en The New York Review (donde aún pueden leerse varios de ellos). Judt los dictó después de que le diagnosticaran ELA. Qué diferencia con las autobiografías megalomaníacas de Amis o Hitchens: a Judt le cuesta escribir en primera persona. Un caballero.

Una vez pregunté a Ingo H., hamburgués nieto de un oficial de las SS, cuáles pensaba él que eran las causas más viscerales del odio de buena parte del pueblo alemán hacia los judíos. El cosmopolitismo, contestó; la ausencia de un arraigo territorial que ellos interpretaban como falta de patriotismo, o como simple traición.  La identificación de los judíos en torno a un libro, más que por medio de una lengua común o una patria física, les parecía sumamente sospechosa y ajena. 

Recordé esta conversación leyendo Edge People.  Acostumbrado a cambiar de país con alguna frecuencia, me sentí muy identificado con esta declaración: "I prefer the edge: the place where countries, communities, allegiances, affinities, and roots bump uncomfortably up against one another—where cosmopolitanism is not so much an identity as the normal condition of life".