viernes, 16 de noviembre de 2012

Boicot Israel: notas para el escéptico (I)



 

Uno ha dudado mucho acerca de la conveniencia de redactar estas notas sobre los argumentos que maneja el movimiento Boicot Israel dentro y fuera de España (las campañas del movimiento BDSInnovative Minds y Palestine Solidarity Campaign, o la puesta en marcha por el British Committee for Universities for Palestine) por dos razones.

En primer lugar, porque corres el riesgo de encontrarte encerrado en un compartimento con un compañero de viaje poco agraciado. Pongamos por caso un lunático como Yigal Amir, un miembro del Tea Party como Glenn Beck o incluso alguien de aspecto más respetable, como el ultraderechista flamenco Filip Dewinter. Y tú no quieres tener que compartir la tartera con ninguno de ellos.

En segundo lugar porque, al remangarse para entrar en el fango de los argumentos, te encuentras actuando de involuntario altavoz de una corriente donde no predomina la cordura. Hay que hacer un alarde de imaginación para entender en la campaña contra la cocina israelí en Hondarribia, en el boicot de los libros de procedencia israelí aprobado por el consejo escocés de West Dundartonshire (con su divertido desmentido), en la presión ejercida para impedir el concierto en Jerusalén de Renée Fleming con la Filarmónica de Israel o en la prohibición de participar en el Solar Decathlón de 2010 al equipo finalista israelí del Ariel College, una "estrategia no violenta que no se dirige a las ciudadanas y ciudadanos israelíes, sino a las instituciones israelíes que promueven la violación sistemática de los derechos fundamentales del pueblo palestino" (así es como el movimiento BDS se define a sí mismo).

¿Entonces? El hartazgo de algunos argumentos, que podrían resumirse en tres:

Los judíos han ocupado una tierra que no les pertenece, un trozo del mundo al que no les unía más que cierta fantasía religiosa ("el año que viene en Jerusalén") y una genealogía remota e incierta. Que la ocupación traiga causa de la Solución Final, un hecho desgraciado que tuvo lugar en territorio europeo y que extinguió del mismo la cultura judía, no justifica que sus consecuencias hayan de pagarlas sus legítimos moradores: los palestinos.

En esa tierra, los judíos han permutado su papel secular de víctimas por el de verdugos. Han reproducido las prácticas que caracterizaban el apartheid sudafricano. En la Palestina ocupada, las cosas son aún peores: el Estado sionista (una expresión tan común como tautológica) despliega en ellos políticas de exterminio similares a las nazis, y Gaza es un trasunto del gueto de Varsovia. En una extraña pirueta, más sofisticada que la negación directa del Holocausto, los judíos se convierten así en traidores a su propia memoria, y los verdaderos herederos de ésta resultan ser los palestinos.

A pesar de ello, los judíos gozan de impunidad. Esta impunidad se explica por la posición de poder que ocupan en los medios de comunicación (a través de los cuales son capaces de difundir las versiones de la realidad que les son favorables) y por la particular influencia que ejercen sobre las elites occidentales (europeas, estadounidenses), de cuyo núcleo forman parte.

Veamos el grado de verdad que encierra cada uno de ellos.